SAMUEL RODRIGUEZ

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. " Borges.

Libros y noche.

Estos son mis corsarios,son una llama fluorescente que ilumina para mi el rastro de la vida por la tierra. Les debo tanto; su voz canta y las tormentas se encienden. Su voz derrumba los miles de muros infames que nos rodean.

Borges, Sabines, Nietzsche, Kazantzakis, Saramago, Pessoa, Poe, Kafka, Conan Doyle, Wilde, Homero, Elias.

En ellos el espíritu revienta como el amanecer y las palabras entonces son espinas que razgan el manto oscuro de la muerte.

De los que leen es la esperanza, la noche y el desasosiego.

 

Feliz dia del libro.Edgar_Allan_Poe_portrait_B.jpg1467242919822.jpg800px-Nietzsche1882.jpgHomero © Araldo de Luca-Corbis.jpgNikos_Kazantzakis.jpg800px-Oscar_Wilde_portrait.jpg200px-Elias041.jpg220px-Pessoa_1928_Foto_BI.png

Sin retorno.

Ir más allá de las palabras, intuirnos en el abismo.

Carta a Dios.

 

 A Héctor.

         Padre Nuestro que estás en el cielo, allá, cerca de  la lluvia y de los misiles, como te  dijo aquel poeta que olvidaste en el exilio. Espero que esta oración llegue hasta ti a pesar del ruido insoportable que como  humanos  provocamos con nuestras  pequeñas tragedias cotidianas.  Me atrevo a escribirte, Dios mío, a pesar de que me resultas inalcanzable; debo decirte que me conmueve más  la efímera  vida de una rosa en el jardín de mí casa que florece enfrentándose directamente a la hostilidad de la vida,  que  la magnificencia infinita que promueves en las iglesias y en  tus conventos  milenarios.

Sin embargo, hoy  desperté con el firme deseo de escribirte y de hacer una oración, ya ves, la vida de nosotros los hombres es un largo corredor de contradicciones. Te escribo quizá porque no tengo mucho que hacer este día, o porque en realidad me gustan las oraciones. Tú  no puedes  penetrar en el  misterio de la oración  y me da  lástima pensarlo,  tu nunca haces oración allá desde  tus cielos, no lo necesitas, estas en la eternidad, en la gloria, en la paz infinita, vives rodeado de cánticos y de  luz. Esto de las oraciones es para nosotros que somos frágiles y  vulnerables, ¡vaya cárcel la tuya!. Deberías intentarlo, la meditación es dulce como una fruta, es la posibilidad de viajar  desde  la fuerza del espíritu, ¡casi como tú!. Uno  cierra los ojos y de pronto entra en el poderoso mar de la vida que se revela desde dentro, el mundo entra por los sentidos y uno se siente libre por un segundo de la cárcel de las apariencias. Deberías intentarlo, sólo que para eso debes hacer lo imposible, Dios mío, debes aceptar tu fragilidad.

En esta tarde azul como los ojos de un lago, me  ha  dado por  orar y  hablarte directamente. Espero que no  tomes en cuenta mi impertinencia, además,  nosotros soportamos las tuyas, como eso de  asustarnos con  fines del mundo y Apocalipsis devastadores que nos hielan la sangre  y  nos lanzan a la angustia de un final inminente y total. Entonces,   permite dirigirme a ti como un hombre y no como un mero feligrés  sujeto a tu misteriosa voluntad.

Así que tu sabrás disculpar mi impertinencia.  Y me gustaría ser generoso por una vez y  no pensar  en mi. Estoy lleno de amor, me diste  ojos para ver  la estela de la luna devorando el sabor del cielo  nocturno, me diste gente que me ama, que piensa en  mi cuando penetra en el misterio de la montaña , me diste el color de mis desiertos y los ojos de mi madre, me diste la paz de las estrellas solitarias que tocan a mi ventana en  las noches más densas,  me diste las palabras que me revelan los secretos más  hondos del hombre, me diste la música, me diste la risa de mi padre y  las manos de mis amigos. Hoy quiero pedirte por aquel  del quien  cruelmente te has olvidado, no se si porque en realidad te gusta que te adulen o  eres un poco irresponsable con tus ocupaciones, en verdad no lo se.

Me gustaría  pedirte  por los rebeldes de Siria que hoy sufren el acoso de la codicia y la maldad de las armas, no se si  su causa  sea justa o no, se que  son arrasados por las armas más crueles que  surgen de la perfección de la guerra; permíteme decirte algo, nos diste una habilidad suprema para dañarnos de la manera más  terrible. Tus grandes teólogos dicen que somos una parte de ti y eso me parece una idea bellísima, ¿a quién no le gustaría ser parte del creador del  universo?,   dueño de la mas alta hermosura y proveedor de los bienes  del cielo y  de los más preciados dones terrenales;  sin embargo  si es verdad que somos parte de ti, si eso es verdad, entonces tienes cáncer, Dios mío.  Si eso es verdad, entonces estas sumamente enfermo,  si somos una parte de ti y no hemos hecho  más pelear y matarnos e inventar armas cada vez más destructivas entonces  algo grave y horrendo debe estar pasándote. Si  lo piensas un poco  y te asustas por lo que creaste empezaras a hacerte en verdad amigo mío.

También quiero pedirte por los indocumentados que atraviesan  nuestro país,  que se enfrentan a este terrible dragón que se llama México, que sufren  el embate de nuestras autoridades y la maldad de  nuestros  compatriotas. Debe ser terrible ser un fantasma silencioso, debe ser terrible andar por un país como este,  lleno de sangre y furia, y no tener mas  aliado que la fe,  y la fortuna.  En  este caso les deseo fortuna a  los indocumentados,  la fe quizá les traerá mas amargura. Te pido por ellos, que tu rebaño  deje de ocuparse por   cosas innecesarias como la construcción de iglesia, que   los lleves por el camino del  bien   también a ellos que creen que están salvados,  y  acudan en auxilio  de  aquellos que en verdad  les necesitan. Y  que jamás se nos olvide que nosotros también somos peregrinos  en esta vida, que  pasamos hoy como un  viento y mañana no estamos,  que aprendamos a leer nuestro destino en el destino de esos hombres fugaces que buscan el pan  lejos de su tierra. Nos da mucha vergüenza lo que ocurre en este país, ayúdanos a abrir los ojos, a ver  el terrible mal que entre  todos hemos provocado y sobre todo ayúdanos, Dios abismo, a despertar  de este  absurdo sueño  de siglos.  Esto es urgente  porque como dijo el poeta Sabines, la  eternidad se nos acaba.

Te pido también por  las madres que esperan a hijos que  ya nunca llegarán,  por aquel viajero que  vaga  y espera con ansia la vuelta a casa, por el que hoy pasa hambre y frío y  sed , por  aquel que vive tan  preocupado  de si mismo que nunca tiene tiempo de pensar que el otro también existe, por la viuda y por el  niño  que rueda por la calle buscando el fuego de  la vida  y que despreciamos   todos los días sin darnos cuenta. Te pido todo esto no en tu nombre porque justo ahora recuerdo que nunca lo has querido revelar; cuando Moisés,  uno de tus hijos predilectos, te preguntó tu nombre para  tener la  decencia y educación de saber con quién estaba tratando decidiste   no decirlo y  tuvimos  que conformarnos con un parco y misterioso:  “Yo soy el que soy.” Sabes , para nosotros el nombre es muy importante,  uno da su nombre  a la persona en quién confía,  a la que ama, con la que trata, algunos no tenemos mucho más que nuestro nombre. Lo  tenemos para  pensar en aquel amamos, para honrar a nuestros padres, para soñar  con el nombre de  esa persona que nos  habla de amor. El  nombre es para nosotros más importante de lo que tu crees, pero si no lo quieres revelarlo espero que tengas razones muy poderosas. Quizá alguna día decidas confiar en nosotros y nos  reveles tu  nombre y tu rostro sin el peligro de quedar fulminados , no sabes como nos gustaría verte a los ojos y saber en verdad  de que se trata ser tus hijos.

Por lo tanto   he decidido no pedir todo esto por tu  nombre,  permíteme pedirlo por cosa  más  cercanas,  más mías,  por la justicia, por la dignidad, por  la paz, por la  imaginación, por el sexo, por la música, por esas ganas locas de vivir que se agitan en las venas de los adolescentes,  por  la fuerza de un niño, por la paz de los ancianos. Y sobre todo  por ese último don que nos queda para andar por el mundo, que es nuestro último refugio y  nuestro primer deseo: el amor.

Salud, Dios mío, esperamos que algún día despiertes, que no sea demasiado tarde.  Nos estamos dando cuenta que empezamos a estar mejor sin ti.

images.jpeg

Misterio resuelto.

Quise escribir un poema sobre la rama al quebrarse.
Después entendí que era el árbol el que en ese momento escribía un poema sobre mí.

“Silencio” o la poética de lo ausente.

“Silencio” o la poética de lo ausente.

Martin Scorsese es un alma atormentada, su mirada nos arroja despiadadamente a un estado de alerta;  su cine esta hecho de inquietud, de fiebre. Asistir a  la obra de Scorsese es aventurarse a un estado de sitio, a un lugar sin límites, a un  despoblado existencial que abre en el espectador la posibilidad del vacío. Lo que admiramos en Scorsese es esa voluntad de refinar el lenguaje cinematográfico para posteriormente ponerlo al servicio de la historia y es esto lo que al final de cuentas emociona al espectador. Cuando un director cuenta su historia y al contarla se compromete con un lenguaje que convierte a cualquier instante en un instante privilegiado, entonces logra la tan preciada intimidad con la mirada del espectador.

“Silencio”, su más reciente filme, bebe directamente de la emoción de lo grandes maestros de la épica cinematográfica como Kurosawa o Roland Joffé; también,  lejanamente,  nos llega un delicioso y perturbador eco del Nazarín de Buñuel.  El filme sigue la estela de trabajos anteriores del director neoyorkino como “La última tentación de Cristo”, “Kundun”, o los inicios de “Pandillas de Nueva York”. En estos filmes resurge una y  otra vez  aquella frase de Nikos Kazantzakis,( tan admirado por Scorsese) : “Desde mi juventud, mi angustia primera, la fuente de todas mis alegrías y de todas mis amarguras fue esta: la lucha incesante entre la carne y el espíritu.”  En “Silencio” esta batalla se recrudece, se magnifica, se vuelve insoportable.  Sus personajes, un par de misioneros jesuitas de Portugal, son arrojados violentamente al Japón feudal del siglo XVII, se verán obligados a luchar la despiadada batalla el espíritu y buscarán sobrevivir al silencio de la divinidad hasta desgarrar su voluntad y dejarla desnuda, descubriendo así su propia humanidad.

Scorsese se conecta con todo aquel que ha intentado resistir a las alarmas del mundo haciendo un rodeo desde la fe, sólo para encontrarse consigo mismo. Los personajes responden a una ausencia, como buenos representantes del Siglo XVII, los años gloriosos del Barroco, se orientan en la existencia siguiendo la huella de un abandono; esa ausencia, encarnada en el personaje de Liam Nelson, el padre Cristovao Ferreira, marca el ritmo de la cinta, provocando  un incremento de la voluntad de los protagonistas. Cuando esta ausencia se transforma en presencia y se descubre en toda su humanidad, el sentido se desploma arrojando a nuestros personajes a un final tan desolador como insoportable. Más afortunado que el  Nazarín de Buñuel, el personaje principal, el sacerdote Sebastiao Rodrigues, esperó la caída de su ídolo de barro para precipitarse con él, rompiendo así el silencio que le aquejaba; Nazarín, en cambio acabó su rol enfrentado al sonido y la furia de la nada existencial con una piña y sólo una piña como única recompensa de su interminable viaje.

Más allá de intentar un film de época o de proponer un choque de civilizaciones, “Silencio” se incrusta despiadadamente en nuestro presente,  se impacta en nuestro cuerpo como un golpe bajo, rompe nuestra resistencia y nos deposita en nuestra actualidad, en este acontecer  desolador en el que estamos destinados a enfrentarnos a nuestra propia humanidad en un mundo sin direcciones ni objetivos, harto de nihilismo y enfermo de ausencia de sentido. Esa es la lucidez del artista, esa es su fuerza y su maldición. La clarividencia de Scorsese es brillantemente acompañada por la fotografía de Rodrigo Prieto, quien a su vez logra el cometido de elevarnos espiritualmente  desde su lente como añoraban los artista más grandes del Barroco.

Presenciar un filme como “Silencio” es abrirse a un vacío, es luchar con esas ausencias que determinan nuestros pasos sobre la tierra; al enfrentarnos a la obra de un director como Scorsese corremos el peligro de  aprender a vivir sin nuestras ficciones y a andar por la tierra con el peso de lo humano, demasiado humano sobre nosotros.

 

silenceonlinepayoff1-sheet-1200x675.jpg

Los ojos de Miguel.

A  Manuel Lara Villagordo y Raúl Yusta. 

         “¿Qué es tu mirada, qué es una mirada? Triste luz descarriada, paz sin dueño.” Jaime Sabines, poeta mexicano, parece describir en el tiempo la mirada de Miguel Hernández.  En el encuentro de los poetas, en la mirada de Miguel y en las palabras de Sabines, aparece  una palabra milenaria, una palabra vibrante, necesaria, incomoda, llena de vida y de potencia; en los ojos de Miguel y bordeando todas las muertes posibles, la palabra “resistencia” se eleva como un presagio sobre las horas negras de la vida.

Al inicio el libro “1984” de George Orwell, el protagonista  Winston escribe notas en un papel, palabras sueltas, palabras que en apariencia expresan sólo  estado de inquietud personal; sin embargo, la importancia de esas palabras se revela mientras avanzamos en la novela, mientras nos internamos en las intenciones espirituales de Orwell. Si somos pacientes, descubriremos la tremenda irrupción de fuerza que emanan de esas palabras sueltas. En la novela, Winston sufrirá el acoso incontestable de un poder absoluto; Orwell, sin embargo, cree en la palabra escrita como un símbolo de resistencia en un mundo enfermo de poder. En esas palabras, trazadas por necesidad en el borde de un diario habita la continuidad de la vida, son semillas que reventarán en grandes árboles indómitos capaces de regenerar a espíritus caídos. La palabra entonces es escudo  y lanza contra los ejércitos malditos, es la lumbrera que hiere la tiniebla, es la armadura del espíritu, es la barca constante que atraviesa el río del infierno.

Escribimos con Winston cuando el mundo se viene encima, entonces la palabra es la habitación del espíritu, una habitación que nadie  puede construir sino aquel que tiene en sus ojos la furia y el duende que impulsaron a los poemas de Miguel Hernández.

Los poemas de Miguel Hernández son esas palabras sueltas en el gran libro de la historia del Siglo XX, esas palabras que escaparon a la muerte, a la asfixia social, esas palabras que despiertan en la lengua sílabas nunca antes dichas pero que pareces eternas.  Aún hoy resuenan en las trincheras de la España herida, es tan hondo el misterio de la poesía que  leer  a Miguel Hernández es vencer una y otra vez a los demonios del olvido.  En el desierto de este momento histórico tan tenaz, la voz de los poetas, de lo poetas verdaderos, esos que han sido condenados al lodo y a la sangre, hacen temblar a los cimientos de la tierra, de tal manera que los ojos de un poeta muerto son mas verdaderos que las palabras infames de los nuevos tiranos. La incertidumbre poética ha de darle de beber al mundo, o el mundo no será.

Los ojos de Miguel parpadean en el instante, están ahí, como una luz descarriada, tocando las puertas del horizonte, entregándome en este mismo momento  el puro, el interminable deseo de más vida; y yo me hundo en ellos como me hundo en un vaso de vino nuevo madurado en la respiración de la luna mediterránea.

“..hay ruiseñores que cantan

encima de los fusiles

y en medio de las batallas.”

Sigue cantando en medio de las batallas ,encima de los fusiles; tu voz resuena poeta, hace daño y reinventa el mundo. ¿Qué es tu mirada, Miguel?

Miguel_hernandez.jpg

 

 

 

 

Sobre los misterios del Sacromonte y como encontrar a Dios en una tarde de otoño.

Encontré a Dios una tarde de otoño. No fue fácil, para encontrarlo tuve que rodear la ciudad de Granada y llegar hasta el legendario barrio del Sacromonte, que es, como saben, un límite del mundo. El Sacromonte es una profundidad expuesta al sol, para encontrarlo uno tiene que dejar atrás Granada, por más bella y misteriosa que sea la ciudad uno tiene irremediablemente que alejarse de ella, quizá hasta negarla un poco. Después, hay que entregar un poco  de sí mismo y mortificar el cuerpo por esas calles escarpadas y erráticas. Es mentira que uno visite este barrio, más bien uno es visitado por la esencia del lugar. El Sacromonte se traga al visitante. Dios no podía elegir un mejor lugar para vivir.

Las cuevas del Sacromonte se abren como un ojo a medias que examinan al que llega. Las gitanas que reciben al caminante son en realidad ángeles y arcángeles que nos acogen con una sonrisa y una invitación a ver el futuro como corresponde a seres de esta naturaleza. El par de euros que piden por sus servicios son un mero simulacro, esta bien dárselos, hemos entrado, igual que el euro,  al reino de lo fantasmal.

El aire en El Sacromonte se vuelve ligero, tan ligero que uno siente que respira por primera vez en su vida. El aire  brilla un poco en esas calles, y tiembla igual que un río de presagios que desemboca en el mar de la mirada. Para encontrar a Dios uno tiene que dejarse llevar por el camino, virar en  ciertas calles, subir cuestas, descender por valles, ir andando y llorando como el profeta de las escrituras. De pronto, en lo alto de una colina, aparece Dios sentado en un café, usa un sombrero de gángster americano y  tiene la mirada honda como el desconsuelo. El café se llama misteriosamente “El gato negro” esta  entre la nube y  la roca como rememorando el viejo Sinaí, se encuentra rodeado de parras de uva y suaves sombras musicales bajan a la calle en un ensueño que envuelve de esperanzas al visitante. La primera vez que lo visité tocaban Las Pasiones de Bach seguido de un largo concierto de Chavela Vargas. Previsiblemente Dios es el dueño del café.

Dios es un gitano muy elegante de mirada áspera y voz a fuego lento, mira como si estuviera siempre tramando algo, su mirada es retadora y mortal, quizá por lo gitano, pero quizá también por lo divino. No recuerdo como fue que me di cuenta de su naturaleza celestial, tal vez fue la suma de experiencias que viví en ese lugar, tan alejado del mundo y tan cerca de la noche,  tal vez fue la gravitación del Sacromonte que esta plagado de dioses. El hombre vestía una elegante bufanda de tonalidades café, saco y pantalón gris, el mencionado sombrero y un par de zapatos un tanto acabados pero con un lustre perfecto. Luego me enteré que el atuendo lo había elegido su novia, una sibilina chica francesa de cuello largo y cabello como de medusa. Efectivamente la novia de Dios tiene que ser francesa, esos modales y esos perfumes caros desentonan en muchos lugares pero siempre estarán en armonía con lo etéreo.

El primer contacto que tuve con Dios fue sumamente revelador: justo al entrar al café escuché de su boca una de las verdades más grandes de la existencia; conversaba con algunos de sus amigos, al pasar por su mesa escuché que decía en voz alta: “todos somos uno” mientras levantaba un dedo que se elevaba hasta lo infinito. ¿Qué otra cosa podría decir semejante personaje? Afirmaba en un solo movimiento la verdad de la existencia y la comunión del hombre con su medio, con sus semejantes y con la divinidad. Es que Dios tiene que decir cosas así, trasparentes, universales y siempre rozando lo incomprensible.

La siguiente vez que lo vi recibí otra señal, esta vez un poco más directa. Ese día pedí una cerveza Alhambra, sin embargo lo que me trajo fue una sangría acompañada de una ración de pan y queso, me molesté un poco por el descuido pero aun así probé la sangría, era dulce y fresca como el beso de una madre. Las Pasiones de Bach sobrecogían el ambiente y yo empezaba a sentirme transportado a las regiones celestes. Y es que en ese aparente equívoco habitaba una verdad como un templo. Es cierto lo que la sabiduría popular le atribuye a Dios, esa cualidad de saber mejor que nosotros lo que deseamos. La sangría es ahora una de mis mayores placeres. Creo que en realidad la cerveza se había terminado, no supo como explicarlo y en su infinita bondad transformó el agua en sangría. Así es como opera la divinidad.

Desde “El gato negro” se aprecia la Alhambra, que reposa suavemente sobre la colina Sabika.  La Alhambra parece una mujer que se recuesta en el paisaje y sus cabellos de tonalidades verdes y azules son peinados por el sonido del agua. Dios tiene esta vista, el café fue diseñado para observar el mundo desde lo alto, desde el punto en donde el mundo parece descansar sobre sí mismo.

En Semana Santa regresé al café de Dios, yo iba siguiendo la procesión nocturna de los gitanos, me encontraba entre la multitud que acompañaba al Cristo. El llanto de la gente crepitaba entre las lumbreras y le rompía la espalda al tiempo. El Sacromonte había cambiado, ahora se revelaba como un lugar de tempestades; las voces se confundían, la luz había huido. La zona parecía una gran tumba o el lugar donde nacen las tinieblas, las cuevas eran ahora pequeños abismos insondables listos a devorar el instante. En un momento especialmente extraño de la procesión en el que hubo un lapso de silencio, la música de un bar llamado “El Camborio” despedazaba la solemnidad del momento. Era una especie de entrada al infierno. La música estridente hería la penumbra. Avanzábamos lentamente, la procesión se dirigía a lo alto del cerro, en los rostros de la gente pervivía la confusión y el desconsuelo; una sensación muy parecida a la fiebre nos embriagaba y nos consumía a cada paso, por primera vez en mi vida sentí verdaderamente la anarquía de la masa.

Esperaba ver a Dios en su café, tomado del barandal, dirigiendo sobre los mortales una mirada colérica o bondadosa, vestido de blanco con su imperturbable novia francesa a un lado. Sin embargo, el café estaba cerrado, sumido en una oscuridad aún mayor, el café parecía  ahora una casa cualquiera. Una ciega tristeza insoportable resbalaba de sus ventanas.

El espectáculo de la procesión tenía algo de atroz, era un exceso de lamentos. Dios hizo bien en ausentarse, creo que le molestan las manifestaciones de dolor y culpa. Los turistas, la música de “El Camborio” y la irrupción de la masa cansan a cualquiera.

No volví a ver a Dios, sin embargo lo imagino en su café, huyendo de la gente cuando es necesario, lo imagino enamorando a la Alhambra, diciendo frases llenas de encanto,  pastoreando la tarde en su enramada de uvas, con su novia francesa, sus ojos bondadosos y severos, el cabello encanecido y ese sombrero de gángster que seguramente usa para ocultar la aureola.

Cuando la vida se llena de penumbras y los lamentos del día hieren el instante, pienso un poco en el Dios gitano, pienso que si existe alguien capaz de preparar una sangría que desenlace la felicidad, entonces la esperanza existe. Me vislumbro a menudo en ese café, contemplando la Alhambra, escuchando a ese Dios momentáneo y sintiendo las pulsaciones del mundo desde un pedazo de nube que esta ahí, vibrando con El Sacromonte para quien aún crea en lo imposible.