SAMUEL RODRIGUEZ

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. " Borges.

Category: Retratos y lugares

Futbol para amar.

Un poco de fútbol pa estar a tono con el ritmo del mundo.

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Carta a Jaime Sabines.

A los poetas les gusta jugar a  la muerte.

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Elogio al barman

 

 

“Cantinero que todo lo sabes, he venido a pedirte un consejo…”

 “ El cantinero” .

José Alfredo Jiménez .

Agua, aire, tierra y fuego, los cuatro elementos se sienten en la garganta. En el bar el mundo gira, los pensamientos se agolpan, las emociones se encienden. El que quiere gritar, grita, el enamorado se derrama en un beso, el moribundo mira directamente a los ojos de la muerte y sonríe, el poeta aúlla. En medio de este remolino, un hombre misterioso permanece en paz, su condición lo sitúa por encima del instante, quizá porque sabe ha descubierto la fórmula mágica que, al menos por unas horas, alivia todos los males.

El barman es un ser misterioso, su trato diario con la gente, esa  lejanía en la que habita todo el tiempo,  le ha dotado de una sensibilidad mística. Su oído es fino como el de un lobo, sus ojos, siempre despiertos, saben distinguir la temperatura de las miradas. Su estampa callada y enigmática revela que es un hombre de respuestas pero también de preguntas.

Si bien, es un personaje reciente en la historia, sus antepasados son ilustres: es descendiente directo de los antiguos sacerdotes ancestrales, de esos seres impenetrables que  eran  dueños de los secretos del mundo natural y del mundo espiritual. Estos oficiantes legendarios se  situaban en la frontera de dos realidades y abrían las compuertas de la percepción a través de bebidas espirituosas. Estas bebidas contienen en su espíritu la posibilidad de revelarle al hombre su verdadera voz y llevarlo al otro plano de la conciencia, a otra dimensión. Aún hoy estos brebajes fatales nos hacen hablar lenguas intraducibles y nos deparan momentos de larga reflexión, mientras hacen girar la tierra a velocidades insospechadas.

El barman es el heredero directo de esos secretos, de esas fuerzas; es un  sacerdote inconsciente de su investidura, un sacerdote al revés, cuyo signo no es lo santo, sino lo profano. Su espíritu inmemorial está entrenado para la mágica labor de repartir el elixir sagrado en dosis justas y medidas. No es casualidad que las bebidas queden siempre por encima de ellos mismos a manera de ídolos que habitan en un plano superior, como pequeños dioses líquidos a la espera de hablar a través del hombre que los beba.

En el ámbito del bar los brebajes son sagrados y sólo pueden ser tocados por las manos elegidas, profanar esta ley sería un verdadero sacrilegio. El barman es por lo tanto un privilegiado, es el único que tiene el poder de acercarse al gran altar en busca del liquido primordial y entregar al hombre común los  secretos del vino y  las verdades del sueño y del olvido. El barman un sacerdote audaz y verdadero que nos lleva hasta al otro lado de la vida, allá donde el mundo se transforma según nuestros ángeles y nuestros demonios.

En sus manos todo cobra sentido por unos breves instantes, la niebla se disipa de los ojos del que bebe, el tiempo  deja de pesar en la mirada, los fantasmas huyen, la música es un bálsamo, la risa aparece debajo de las mesas, el corazón es una sonaja de llena de monedas nuevas. Cuando la noche termina, el sacerdote declara silenciosamente que la vida puede seguir su marcha, entonces, la gente deja el bar con la sensación de haber sacado de su corazón una espina  ardiente que les impedía andar ligeramente por la vida.

El barman tiene además otra cualidad: es también un químico cimarrón, un científico salvaje que busca la fuente de la felicidad; es un hechicero, y sabe que la tierra destila líquidos primordiales que nos hacen descubrir nuestro propio rostro, es el alquimista que busca incansablemente la fórmula oculta que nos libre de la tristeza. En tanto médium, ha heredado los elementos mágicos, los símbolos y los misterios que  curan al hombre de todos sus males aunque sea  por unas horas. Su labor no es una panacea, es el sueño de una panacea.

Las bebidas que mezclan llevan en su esencia fuerzas poderosas: El vino, sol en gotas de sangre antigua; el vodka, rebelde fuego helado, triste sonrisa transparente; el whisky, arroyo de lágrimas que rompen el invierno; el mezcal y su dolores; el tequila, llanto que  hiere como una espina mortal;  el aguardiente, fugaz y agreste como una amante rebelde;  la cerveza, dama antigua que enamora  sin permiso; el ron, hijo del mar y de la selva; el pisco, agua  de luna nueva.

Todo esto se combina hasta llegar a la garganta del hombre y hablarle de su destino. La verdad es que ciertas dosis de alcohol nos ayudan a flotar sobre las horas negras de la vida.

El Barman es un alquimista de hoy, sus manos combinan líquidos primordiales en nombre de la felicidad  momentánea. Es un extranjero en su propia tierra que  aprendió a jugar con el agua  que  destilan el sol, la luna y el corazón de la uva. Su  labor es necesaria para la continuidad de la especie. Sus brebajes llenan de silencios al que grita,  dan fuerza al que llora, provocan que el débil se sienta invencible unos instantes y pueda enfrentar su  lucha eterna contra la muerte mientras dure la noche de copas.

La magia de nuestro personaje acaba cuando cae la noche. Su presencia se disipa, se pierde, se borra de la mente de los demás. Sus cualidades de sacerdote desaparecen, el filósofo que habla a través de él cae en el olvido, el alquimista pierde sus poderes cuando aparece la primer luz de la mañana.

La noche lo traerá de vuelta y ríos de alcohol lo investirán de poderes, de palabras y de  símbolos que vienen desde las voces más profundas del pasado.

Posdata:

En mi vida he conocido multitud de barman, sin embargo, ahora mismo vienen tres a mi memoria. Los recuerdo como se recuerda a una esfinge, como se recuerda a un ídolo de barro que se desvanece lentamente en la memoria.

En Lima Perú conocí a un barman cuyo nombre he olvidado. Era un hombre anciano, sus manos, sin embargo, se movían con la naturalidad de una gacela que danza en lo profundo de una pradera. Tenía algo de sacerdote, no es casual que rigiera con sonrisa serena la barra de un bar llamado “La Gloria”. Hablé con él durante algo más de una hora. El bar apenas abría, era una de esas tardes grises que le dan a Lima un sabor a dulce tristeza. Me habló como hablan los sacerdotes, seguro y lejano a un tiempo. Hablaba alto, retando al viento. Detrás de él, una legión de licores lo protegían, eran en realidad un ejército de fantasmas listos a atacar el instante.

Otro barman viene a mi memoria. Gobernaba con mirada de hierro la barra del bar de un hotel en la fría Chicago. Era un hombre laborioso y preciso, un moderno alquimista entregado a la perfección del trago en cuestión. Su mirada de hielo calculaba la dosis justa, sus manos trabajaban por la pulcritud y el placer; no denotaba el más mínimo interés por su alrededor. El trago requería toda su concentración y toda su entrega.  Trate de forzar unas palabras con él, se limitó a ponderar las bebidas del sur de Estados Unidos, y a remarcar la preeminencia de los cócteles sobre los destilados en el gusto de los caballeros de la zona.  Era, sin duda, un trabajador de lo misterioso, un filósofo hermético.

Un tercer barman cierra este círculo. Desde su bar andaluz, Fuensanta le anuncia al mundo que es dueña de las llaves de la luz y de la sombra. Algo de hechicera tiene la mujer, sus ojos negros desnudan el instante. Sus manos aprendieron el milagro de la delicadeza. Cuando sirve un trago lo hace desde la certidumbre de que la magia existe; cuando se bebe el vino de Fuensanta, una leve estela de luz enciende el atardecer. Es la mejor amiga del vino, el vino es su duende, su talismán, ambos se han enamorado y me han enamorado a mí. Tanto que, aunque no estoy en ese bar, siempre estoy ahí, perviviendo en lo auténtico, en la magia de lo verdadero.

(En la foto: Fuensanta y  yo)

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Mumbai

I

Boca que se abre, mundo que revienta.

En las calles de Mumbai el silencio es el dios ausente, desterrado, frágil y moribundo como el amanecer en la playa de la muerte.

Miles de lunas ebrias atraviesan el instante. Las miradas se cristalizan, las calles se pueblan de ópalos vivos recién desenterrados.

Miles de lunas ebrias atraviesan el instante. Las miradas fluyen, las calles se inundan de agua viva para la sed de la memoria.

II

En el templo de Ganesh la gente serpentea, la turba maldita se transforma en aliento de vida, el dios sonríe; mi cuerpo se adhiere al fluir de la vida. Las ofrendas se incrustan en el rostro de la muerte, una flor deshojada pende del cuello de Ganesh, el dios  canta su victoria.

Occidente tiembla.

En un templo sin nombre, un pequeño dios aguarda en la puerta, su ojos agujeran la piel del día, nada puede detenerlo. Él es el fin del mundo, por eso aguarda a la puerta del templo, por eso viste andrajos, por eso su boca se llena de hambre. Permanece inmóvil, casi inerte, sabe que es invencible.

III

Desde la Isla Elefanta, un león rojo reposa las edades, esta listo a  cargar sobre su espalda el peso de la noche.

IV

La playa de Mumbai es una mujer salvaje que se traga el veneno que brota de mi voz.

Una revelación se acerca, Mumbai es la ciudad profecía.

¿Por quién doblan las campanas?

Ayer encontraron los restos del medico argentino Jorge Mario Roitman, desaparecido por la dictadura cívico-militar argentina el 2 de diciembre de 1976. Según las investigaciones, Roitman fue arrebatado de su familia bajo la sospecha de haber realizado cirugías e intervenciones medicas a lo miembros de la resistencia argentina, así como de hacerles llegar material clínico. ( https://elpais.com/…/2017/12/26/arge…/1514316589_479549.html )

No he podido dejar de pensar en su muerte desde que leí la nota ¿Por qué me afecta hoy aquí la muerte de este hombre? ¿Por qué esta noticia es capaz de cimbrar mi realidad asi como conmover y absorber de tal manera mis pensamientos?

Pienso en el poema de John Donne, ¿Por quién doblan las campanas? cuando dice que la muerte de cualquier hombre nos empobrece, cuando lanza a la eternidad la imposibilidad de ser una isla existencial y la necesidad imperiosa de reconocer en mí a mis semejantes.

Unos trabajadores de construcción que trabajaban cerca al hospital Posadas en el gran Buenos Aires encontrar los huesos del doctor a 60 cm del suelo Y es que los huesos de los luchadores sociales son tercos y no son fácilmente deglutidos por la maldad y por la muerte, resisten en las sombras y cuando son descubiertos siguen lanzando su mensaje libertario. Por eso son tan odiados por el poder y por esto mismo, son parte de nuestra conciencia.

Su muerte fue muy cruel, la dictadura deseaba eliminar la humanidad de sus enemigos a través de la tortura, su salvajismo fue un atentado demoledor contra el individuo, contra la libertad de conciencia. Perpetraron muchas atrocidades, pero no lograron borrar la memoria y la lucha por la libertad.

https://www.youtube.com/watch?v=NhsUcmV32HY

En busca de Mario Benedetti III. ( final)

El sabor del alcohol ardía en mi lengua, me envenenaba. Ese amanecer nocturno que se abría en el horizonte era una navaja afilada que rasgaba mi garganta como la de aquel prisionero en ese cuento de Borges en el que los cautivos corrían su última carrera con un tajo mortal en el cuello. Montevideo se cerraba como un aguacero interminable, pronto tendría que partir y regresar a Buenos Aires y perder para siempre la sombra de Benedetti.

Deambulé por el amanecer, mis pies doloridos se deslizaban tristemente sobre la nada igual que un moribundo que pisoteara las últimas flores de la tierra. La ciudad  despertaba, un lento bostezo de sangre subía desde Las Ramblas, inundaba los colores del día, me ahogaba en una marea iridiscente y terrible a un tiempo. De pronto me di cuenta que estaba solo,  que no conocía a nadie ni nadie me conocía, que estaba en la ciudad sin futuro, acorralado por el mar y por un vasto continente, preso de las voces de un poeta moribundo que estaba en una lejanía inalcanzable a pesar de su inminente cercanía sideral.  Caminé desolado, deshabitado de mi mismo, envuelto en una tristeza profunda y sin sentido.  Me detuve en la peatonal Sarandí,  el día se enarbolaba en el cielo sudamericano como si fuera el instante antes del fin del mundo.

Un vendedor de libros viejos se instalaba anacrónicamente en la calle, parecía inmortal. Era un oráculo imposible que se hacia poco reconocible a las miradas impacientes, estaba ahí,  reventando el silencio de la mañana. Me acerqué derrotado, tome un libro cualquiera, lo acaricié como a una pequeña niña indefensa que buscara en mi mirada a un padre ausente.

Vos sos escritor, me dijo una voz muy parecida a un arroyo nuevo. Me sorprendí que la voz provenía de un hombre bastante mayor que estaba  a un lado mío y que yo en principio no había notado. Recuerdo que su rostro era un camino de veredas abiertas que se congregaban en torno a unos ojos tan vivos que parecían eternos. Si, escribo cuando se puede, contesté sorprendido. Lo supe por la forma en que tomás el libro; esas cosas se notan, me dijo.

¿Qué hacés en Montevideo?, me preguntó con curiosidad sincera.  Sos extranjero, ¿no?,  ¿Colombiano?  Un poco mas arriba: México, le respondí amablemente. México, México, un país que duele. ¿Vos sabés que ahí tienen un genio? Rufino Tamayo, no ese Diego, ni esa Frida, Tamayo es el genio. En ese momento supe que seríamos amigos.

Dante Ferrer Saravia, no olvidaré ese nombre. Me tomó del brazo como un padre; caminamos un poco por la calle, me dijo que era pintor, que tenia casi noventa años, que la pintura era el lenguaje más largo hacia los caminos de la memoria.  Le dije que había ido a Montevideo en busca de Benedetti, algo en mí buscaba en el fin del mundo un poco de certidumbre poética, necesitaba saber si la poesía seguía viva. Le conté el infierno de la noche anterior, de la danza ebria sobre la agonía del poeta, le conté de mi camino por un Montevideo tenebroso en donde la ausencia de Mario ya se sentía en cada uno de los ladrillos muertos de la ciudad. Dante hizo una pausa, me miró a los ojos y dijo:  Mario no murió ni en la dictadura, ni los milicos de mierda pudieron matarlo, sigue vivo, está en la calle mientras la recorres, en los versos de un escritor novato que se pierde entre rimas imposibles, esta en los llantos de todos los exiliados del mundo, en la rebeldía natural que brota de nuestra tierra irrefrenablemente . No se si vivirá un año más, se que su cuerpo no cabe en la garganta de la muerte. Al buscarlo por la ciudad  lo que encontrase fue su poesía, esa poesía oscura y luminosa que  aprendió a escribir en la horas más negras de este país inverosímil ; en este fin del mundo, como tu lo llamas, los poetas son la presa y el cazador al mismo tiempo  y eso es lo que tú encontraste, no busques más.

Una serena llovizna purificó el casco viejo de la ciudad, la lluvia entró en mi corazón, en mis huesos;  la voz de Dante se fundía con el ritmo azul de la llovizna, un huracán de misterios se revolvía sobre nosotros dócilmente, llenando de calma  el rostro de las cosas cercanas.  Pasamos unas horas juntos, caminando por un Montevideo renovado, hablando de cosas simples,  y de cosas profundas que en las palabras del pintor se transformaban en imágenes místicas y mágicas.

Me despedí de Dante al atardecer, lo vi alejarse por una calle sin nombre, con su paso lento y firme como un viento apacible.

Su voz aún resuena en mi memoria, su voz trae a mis recuerdos el recorrido de mis pasos  en el límite incierto de un Apocalipsis individual y mi encuentro con la poesía en carne viva aquel  verano sudamericano en el que Mario Benedetti me presentó a Dante Ferrer Saravia.

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En busca de Mario Benedetti II.

La tarde caía sobre la ciudad como una cortina de lamentos que hacían eco en la profundidad del último cielo del año. La canción “Aprendizaje” de Sui Generis, subía desde un punto indeterminado de la calle: “viento del sur, quiero saber donde debo ir”. Frente a mí estaba el mítico “Café Brasilero”, que según el pescador y su alma, era el sito donde Mario Benedetti iba a beber con su sombra. Por un momento me quedé aspirando  los  suspiros del atardecer; entré al café buscando un fantasma, buscando a un poeta agonizante con la esperanza simple, pura y vana de darle un abrazo para que me dijera que la poesía aún vale la pena.

El “Café Brasilero”  se parece mucho a la cola de un piano,  el concierto imposible de la ciudad resuena dentro, un murmullo casi imperceptible sube desde las mesas, desde las huellas imborrables del piso, incendia los oídos con un fuego inmarcesible que sin embargo nunca acaba por disolvernos del todo.  Un par de chicas altas y esbeltas regían la barra como dos catedrales Neoclásicas que se elevaban bellamente sobre la nostalgia del paisaje.

Esperé en la barra imaginando mi encuentro con Mario; las chicas sonreían a los comensales, se sentaban junto a mi, discutían entre ellas, se reían del mundo, regeneraban la atmósfera del viejo café con sus sonrisas interminables y pasajeras. La noche avanzaba con lentitud etérea. Los parroquianos entraban al café sosegadamente, como si quisieran esconderse del mundo . Yo esperaba en la esperanza y en la espera, de un momento a otro la llegada de Mario reventaría en las olas del Río de la Plata.

Y, ¿Mario a qué hora toma el café? Le pregunte a una de las chicas, ¿Mario? ¿Qué Mario? Respondió ella. Mario Benedetti, me dijeron que acá venia a tomar el café. El que viene acá es Galeano, a Mario no lo vimos nunca.

La frase me dejó congelado, un abismo de incertidumbre se abrió bajo mis pies. El pescador me había engañado, el café era frecuentado por Eduardo Galeano, un respetable escritor uruguayo, que a mi no me había interesado nunca. Y así derrotado, con las bolas rotas, salí del café a relamer mi tristeza.

Me hundí en alcohol por las calles, la marea de la noche me ahogaba en su deriva interminable. Bebí con rabia, desordenadamente; bebí con extraños, entregué mi dinero a desconocidos con los que brindé  a la salud del poeta ausente, brindé por la muerte de la poesía, por el fuego que arde en la piel de los dioses muertos. Las calles se convirtieron en un gran río turbio de agua infame. Me recuerdo vagamente bebiendo en una banca del casco viejo, tomando alcohol barato con una grupo de chinos que reían estrepitosamente;  recuerdo que los reté a beber, eran como la gran estatua de una deidad oriental con mil ojos  y mil manos que se movían en el caos milenario, todos bebían y reían amontonados en la banca, era yo contra ellos, su fuerza contra la mía, su voluntad contra mi locura.  Esas risas intoxicaban la paz del fin del mundo, reían como enfermos que gozan su propia enfermedad, recuerdo que los insultaba, le rociaba cerveza en los pies, sus risas infames no paraban, me alejé de ellos mientras los injuriaba con todas mis fuerzas. Aquellos miles de ojos hambrientos aún pueblan mis pesadillas.

Recuerdo que entré a un bar, conversé largamente con una chica de ojos esquivos, me había visto horas antes hablando con el  artesano drogado; me dijo que Mario Benedetti moriría muy pronto, que mi búsqueda era inútil, que no debía perturbar la paz del moribundo, me dijo que la poesía sólo sirve a las almas sencillas, a los que no tienen ambiciones verdaderas;  me pidió que la acompañara a Punta del Este, ahí encontraríamos a sus amigos en una casa grande y fresca, y beberíamos hasta saciarnos. Me besó en la penumbra, yo la besé con rabia, nuestras manos se perdieron en las cuevas de nuestras noches. La gente nos retrataba mientras bailaban estúpidamente a nuestro derredor. Era el baile de la muerte de Mario, la danza de la muerte de la poesía; me sentí indigno, enfermo, miserable y pobre.  Bésame, perra, le decía, lo repetía como un mantra, como si el lenguaje en mí hubiera muerto y sólo me quedaran en la lengua esas dos palabras miserables: bésame, perra, bésame. La chica reía presa del alcohol, el bar era un ataúd abierto, la voz ebria de la gente se confundía con el aullido de los cerdos en la pocilga.

En algún punto de la ciudad, Mario Benedetti agonizaba en una cama que se hundía en las carnes de la muerte.

Desperté con la aurora, tirado en una banca cercana a la peatonal Sarandí. Ante mis ojos se abría mi último día en Montevideo. Las huellas de la noche me dolían en todo el cuerpo, una mujer entrada en años pasó a mi lado, llevaba dos cafés en la mano, uno fue para mi.

 

El oleaje del día me encontraría revestido  de nuevas   esperanzas.

 

Continuará…

 

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