SAMUEL RODRIGUEZ

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. " Borges.

Category: Retratos y lugares

En busca de Mario Benedetti III. ( final)

El sabor del alcohol ardía en mi lengua, me envenenaba. Ese amanecer nocturno que se abría en el horizonte era una navaja afilada que rasgaba mi garganta como la de aquel prisionero en ese cuento de Borges en el que los cautivos corrían su última carrera con un tajo mortal en el cuello. Montevideo se cerraba como un aguacero interminable, pronto tendría que partir y regresar a Buenos Aires y perder para siempre la sombra de Benedetti.

Deambulé por el amanecer, mis pies doloridos se deslizaban tristemente sobre la nada igual que un moribundo que pisoteara las últimas flores de la tierra. La ciudad  despertaba, un lento bostezo de sangre subía desde Las Ramblas, inundaba los colores del día, me ahogaba en una marea iridiscente y terrible a un tiempo. De pronto me di cuenta que estaba solo,  que no conocía a nadie ni nadie me conocía, que estaba en la ciudad sin futuro, acorralado por el mar y por un vasto continente, preso de las voces de un poeta moribundo que estaba en una lejanía inalcanzable a pesar de su inminente cercanía sideral.  Caminé desolado, deshabitado de mi mismo, envuelto en una tristeza profunda y sin sentido.  Me detuve en la peatonal Sarandí,  el día se enarbolaba en el cielo sudamericano como si fuera el instante antes del fin del mundo.

Un vendedor de libros viejos se instalaba anacrónicamente en la calle, parecía inmortal. Era un oráculo imposible que se hacia poco reconocible a las miradas impacientes, estaba ahí,  reventando el silencio de la mañana. Me acerqué derrotado, tome un libro cualquiera, lo acaricié como a una pequeña niña indefensa que buscara en mi mirada a un padre ausente.

Vos sos escritor, me dijo una voz muy parecida a un arroyo nuevo. Me sorprendí que la voz provenía de un hombre bastante mayor que estaba  a un lado mío y que yo en principio no había notado. Recuerdo que su rostro era un camino de veredas abiertas que se congregaban en torno a unos ojos tan vivos que parecían eternos. Si, escribo cuando se puede, contesté sorprendido. Lo supe por la forma en que tomás el libro; esas cosas se notan, me dijo.

¿Qué hacés en Montevideo?, me preguntó con curiosidad sincera.  Sos extranjero, ¿no?,  ¿Colombiano?  Un poco mas arriba: México, le respondí amablemente. México, México, un país que duele. ¿Vos sabés que ahí tienen un genio? Rufino Tamayo, no ese Diego, ni esa Frida, Tamayo es el genio. En ese momento supe que seríamos amigos.

Dante Ferrer Saravia, no olvidaré ese nombre. Me tomó del brazo como un padre; caminamos un poco por la calle, me dijo que era pintor, que tenia casi noventa años, que la pintura era el lenguaje más largo hacia los caminos de la memoria.  Le dije que había ido a Montevideo en busca de Benedetti, algo en mí buscaba en el fin del mundo un poco de certidumbre poética, necesitaba saber si la poesía seguía viva. Le conté el infierno de la noche anterior, de la danza ebria sobre la agonía del poeta, le conté de mi camino por un Montevideo tenebroso en donde la ausencia de Mario ya se sentía en cada uno de los ladrillos muertos de la ciudad. Dante hizo una pausa, me miró a los ojos y dijo:  Mario no murió ni en la dictadura, ni los milicos de mierda pudieron matarlo, sigue vivo, está en la calle mientras la recorres, en los versos de un escritor novato que se pierde entre rimas imposibles, esta en los llantos de todos los exiliados del mundo, en la rebeldía natural que brota de nuestra tierra irrefrenablemente . No se si vivirá un año más, se que su cuerpo no cabe en la garganta de la muerte. Al buscarlo por la ciudad  lo que encontrase fue su poesía, esa poesía oscura y luminosa que  aprendió a escribir en la horas más negras de este país inverosímil ; en este fin del mundo, como tu lo llamas, los poetas son la presa y el cazador al mismo tiempo  y eso es lo que tú encontraste, no busques más.

Una serena llovizna purificó el casco viejo de la ciudad, la lluvia entró en mi corazón, en mis huesos;  la voz de Dante se fundía con el ritmo azul de la llovizna, un huracán de misterios se revolvía sobre nosotros dócilmente, llenando de calma  el rostro de las cosas cercanas.  Pasamos unas horas juntos, caminando por un Montevideo renovado, hablando de cosas simples,  y de cosas profundas que en las palabras del pintor se transformaban en imágenes místicas y mágicas.

Me despedí de Dante al atardecer, lo vi alejarse por una calle sin nombre, con su paso lento y firme como un viento apacible.

Su voz aún resuena en mi memoria, su voz trae a mis recuerdos el recorrido de mis pasos  en el límite incierto de un Apocalipsis individual y mi encuentro con la poesía en carne viva aquel  verano sudamericano en el que Mario Benedetti me presentó a Dante Ferrer Saravia.

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En busca de Mario Benedetti II.

La tarde caía sobre la ciudad como una cortina de lamentos que hacían eco en la profundidad del último cielo del año. La canción “Aprendizaje” de Sui Generis, subía desde un punto indeterminado de la calle: “viento del sur, quiero saber donde debo ir”. Frente a mí estaba el mítico “Café Brasilero”, que según el pescador y su alma, era el sito donde Mario Benedetti iba a beber con su sombra. Por un momento me quedé aspirando  los  suspiros del atardecer; entré al café buscando un fantasma, buscando a un poeta agonizante con la esperanza simple, pura y vana de darle un abrazo para que me dijera que la poesía aún vale la pena.

El “Café Brasilero”  se parece mucho a la cola de un piano,  el concierto imposible de la ciudad resuena dentro, un murmullo casi imperceptible sube desde las mesas, desde las huellas imborrables del piso, incendia los oídos con un fuego inmarcesible que sin embargo nunca acaba por disolvernos del todo.  Un par de chicas altas y esbeltas regían la barra como dos catedrales Neoclásicas que se elevaban bellamente sobre la nostalgia del paisaje.

Esperé en la barra imaginando mi encuentro con Mario; las chicas sonreían a los comensales, se sentaban junto a mi, discutían entre ellas, se reían del mundo, regeneraban la atmósfera del viejo café con sus sonrisas interminables y pasajeras. La noche avanzaba con lentitud etérea. Los parroquianos entraban al café sosegadamente, como si quisieran esconderse del mundo . Yo esperaba en la esperanza y en la espera, de un momento a otro la llegada de Mario reventaría en las olas del Río de la Plata.

Y, ¿Mario a qué hora toma el café? Le pregunte a una de las chicas, ¿Mario? ¿Qué Mario? Respondió ella. Mario Benedetti, me dijeron que acá venia a tomar el café. El que viene acá es Galeano, a Mario no lo vimos nunca.

La frase me dejó congelado, un abismo de incertidumbre se abrió bajo mis pies. El pescador me había engañado, el café era frecuentado por Eduardo Galeano, un respetable escritor uruguayo, que a mi no me había interesado nunca. Y así derrotado, con las bolas rotas, salí del café a relamer mi tristeza.

Me hundí en alcohol por las calles, la marea de la noche me ahogaba en su deriva interminable. Bebí con rabia, desordenadamente; bebí con extraños, entregué mi dinero a desconocidos con los que brindé  a la salud del poeta ausente, brindé por la muerte de la poesía, por el fuego que arde en la piel de los dioses muertos. Las calles se convirtieron en un gran río turbio de agua infame. Me recuerdo vagamente bebiendo en una banca del casco viejo, tomando alcohol barato con una grupo de chinos que reían estrepitosamente;  recuerdo que los reté a beber, eran como la gran estatua de una deidad oriental con mil ojos  y mil manos que se movían en el caos milenario, todos bebían y reían amontonados en la banca, era yo contra ellos, su fuerza contra la mía, su voluntad contra mi locura.  Esas risas intoxicaban la paz del fin del mundo, reían como enfermos que gozan su propia enfermedad, recuerdo que los insultaba, le rociaba cerveza en los pies, sus risas infames no paraban, me alejé de ellos mientras los injuriaba con todas mis fuerzas. Aquellos miles de ojos hambrientos aún pueblan mis pesadillas.

Recuerdo que entré a un bar, conversé largamente con una chica de ojos esquivos, me había visto horas antes hablando con el  artesano drogado; me dijo que Mario Benedetti moriría muy pronto, que mi búsqueda era inútil, que no debía perturbar la paz del moribundo, me dijo que la poesía sólo sirve a las almas sencillas, a los que no tienen ambiciones verdaderas;  me pidió que la acompañara a Punta del Este, ahí encontraríamos a sus amigos en una casa grande y fresca, y beberíamos hasta saciarnos. Me besó en la penumbra, yo la besé con rabia, nuestras manos se perdieron en las cuevas de nuestras noches. La gente nos retrataba mientras bailaban estúpidamente a nuestro derredor. Era el baile de la muerte de Mario, la danza de la muerte de la poesía; me sentí indigno, enfermo, miserable y pobre.  Bésame, perra, le decía, lo repetía como un mantra, como si el lenguaje en mí hubiera muerto y sólo me quedaran en la lengua esas dos palabras miserables: bésame, perra, bésame. La chica reía presa del alcohol, el bar era un ataúd abierto, la voz ebria de la gente se confundía con el aullido de los cerdos en la pocilga.

En algún punto de la ciudad, Mario Benedetti agonizaba en una cama que se hundía en las carnes de la muerte.

Desperté con la aurora, tirado en una banca cercana a la peatonal Sarandí. Ante mis ojos se abría mi último día en Montevideo. Las huellas de la noche me dolían en todo el cuerpo, una mujer entrada en años pasó a mi lado, llevaba dos cafés en la mano, uno fue para mi.

 

El oleaje del día me encontraría revestido  de nuevas   esperanzas.

 

Continuará…

 

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En busca de Mario Benedetti I.

El 2008 llegaba a su fin, yo me encontraba en Montevideo Uruguay, caminando por Las Ramblas, perdido en el borde del fin del mundo. En dos días debía regresar a Buenos Aires a terminar un curso de arte y filosofía que había emprendido meses atrás. No tenía demasiado tiempo para buscar a Mario Benedetti, su vida terminaba y a mi el buquebus me esperaba implacable en el Río de La Plata.

Dos cosas me habían llevado a Montevideo: el libro ” La Tregua” y una bella cantante de ópera que había conocido meses atrás en Buenos Aires. Ambos partiríamos de regreso a nuestros países  al terminar nuestros respectivos cursos y decidimos viajar a Uruguay en busca de un época de oro para la memoria.

“La Tregua” es una novela de flores muertas; es una novela que produce en el espíritu una dulce asfixia. Así es Montevideo también, una dulce asfixia imposible.  Durante mi estancia en la ciudad “La Tregua” se convirtió en mi guía, en mi Virgilio de tinta que me enamoraba y me hería a cada instante. Buscaba las huellas de Laura Avellaneda y de Martín Santomé, buscaba a ese hombre que se fundía en ambos personajes. Buscaba el rostro de Mario Benedetti.

Recorrí Montevideo, me enredé en sus calles que se mueren lentamente en el fin de la tierra; aquí la luz del sol no es como en otros sitios,  aquí la luz del sol se desliza por las calles, las atrapa en un calor dulce que sube por el cuerpo de quien las transita,aquí la luz del sol es una miel densa, inagotable, primigenia. Es tan lenta la luz del sol en Montevideo.

Un pescador hilaba esperanzas en el río. Me acerqué a él; una noche antes la cantante me había dado un concierto íntimo con alguna aria de la Edad Media justo ahí, en el hueco de una roca de este río salobre  que siempre desemboca en el desconsuelo.   Hoy estaba yo solo con mi búsqueda imposible. ¿Conoce a Mario Benedetti? le pregunté al pescador a quemarropa, así ridículamente,  como acontece todo por acá en un absurdo total que sin embargo esta permitido por la cercanía manifiesta del fin de mundo. El pescador me miraba confundido, y,  ¿éste pelotudo?  la frase  parecia brotar como un géiser desde el fondo de sus ojos. ¿Qué si conoce a Mario Benedetti? El pescador seguía confundido, luego de un par de segundos me dijo, que si, que Mario a menudo pasaba a un café ahí por la calle de Ituzangó.  No podía creer en mi suerte, había recorrido toda la ciudad, me había  subido la fiebre, me había perdido por unas calles ruinosas, había enfrentado a un par de chantas que seguían a unas alemanas desquiciadas; en una plaza conversé con artesano ciego y drogado que me dijo que Benedetti era una invención literaria, que en realidad no existía; y ahora el pescador me revelaba que Mario Benedetti iba a tomar café  a un lado de mi hostal. Regresé a mi cuarto con la esperanza reluciente. Caminé las calles del centro nuevamente; algo hiere mi memoria cada vez que recuerdo esas caminatas, ahi, perdido en una ciudad taciturna, buscando a un poeta moribundo, el mundo parecia tan cargado de bellezas que aún hoy me es imposible soportarlo.

 

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Bisonte.

El gran Nezahualcóyotl escribió que por encima del canto del ave y de su amor por la naturaleza, amaba más a su hermano el hombre. Tremendos versos que están en los billetes de 100 pesos, con eso ya debería valer mas que cualquier mendigo dólar.

Sin embargo, no estoy de acuerdo con el poeta. La razón es la siguiente: hace días visité una granja Texana, inmensa y muy bien puesta. Tenia todos los animales del arca de Noé, según ellos, claro.

Entre los animales habitaba una mini manada de Búfalos , estaban ahí, milenarios, potentes, con una mirada honda como la noche del fin del mundo.

Borges ( Borgues, diría el animal de Fox) lo define así: Montañoso, abrumado, indescifrable,
rojo como la brasa que se apaga..

Estuve observándolos todo el tiempo que pude. En esos minutos, que para mi fueron siglos, me di cuenta que la belleza inmemorial de su especie supera por mucho a la miseria de civilización que hemos formado entre todos y que esta a punto de estallar como una mierda.

Si el búfalo sobrevive a la maldad de nuestra era, entonces me gusta pensar que no todo está perdido.

Como dice Borges: el tiempo no lo toca, ni la historia.
Que así sea.

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Juan Rulfo vive.

“No oyes ladrar los perros”, “Luvina”, “Anacleto Morones” y “Macario”, siempre me helaron la sangre. Me parecia estar leyendo los versos que se le escapaban a esta tierra enferma.

Juan Rulfo no es un escritor más, es el único que supo escuchar la tierra; la tierra con su muerte, con sus minerales, con su vitalidad y su miseria ciega.

Leerlo es entrar a un despoblado del que sólo se puede salir huyendo.

 

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Carta a Dios.

 

 A Héctor.

         Padre Nuestro que estás en el cielo, allá, cerca de  la lluvia y de los misiles, como te  dijo aquel poeta que olvidaste en el exilio. Espero que esta oración llegue hasta ti a pesar del ruido insoportable que como  humanos  provocamos con nuestras  pequeñas tragedias cotidianas.  Me atrevo a escribirte, Dios mío, a pesar de que me resultas inalcanzable; debo decirte que me conmueve más  la efímera  vida de una rosa en el jardín de mí casa que florece enfrentándose directamente a la hostilidad de la vida,  que  la magnificencia infinita que promueves en las iglesias y en  tus conventos  milenarios.

Sin embargo, hoy  desperté con el firme deseo de escribirte y de hacer una oración, ya ves, la vida de nosotros los hombres es un largo corredor de contradicciones. Te escribo quizá porque no tengo mucho que hacer este día, o porque en realidad me gustan las oraciones. Tú  no puedes  penetrar en el  misterio de la oración  y me da  lástima pensarlo,  tu nunca haces oración allá desde  tus cielos, no lo necesitas, estas en la eternidad, en la gloria, en la paz infinita, vives rodeado de cánticos y de  luz. Esto de las oraciones es para nosotros que somos frágiles y  vulnerables, ¡vaya cárcel la tuya!. Deberías intentarlo, la meditación es dulce como una fruta, es la posibilidad de viajar  desde  la fuerza del espíritu, ¡casi como tú!. Uno  cierra los ojos y de pronto entra en el poderoso mar de la vida que se revela desde dentro, el mundo entra por los sentidos y uno se siente libre por un segundo de la cárcel de las apariencias. Deberías intentarlo, sólo que para eso debes hacer lo imposible, Dios mío, debes aceptar tu fragilidad.

En esta tarde azul como los ojos de un lago, me  ha  dado por  orar y  hablarte directamente. Espero que no  tomes en cuenta mi impertinencia, además,  nosotros soportamos las tuyas, como eso de  asustarnos con  fines del mundo y Apocalipsis devastadores que nos hielan la sangre  y  nos lanzan a la angustia de un final inminente y total. Entonces,   permite dirigirme a ti como un hombre y no como un mero feligrés  sujeto a tu misteriosa voluntad.

Así que tu sabrás disculpar mi impertinencia.  Y me gustaría ser generoso por una vez y  no pensar  en mi. Estoy lleno de amor, me diste  ojos para ver  la estela de la luna devorando el sabor del cielo  nocturno, me diste gente que me ama, que piensa en  mi cuando penetra en el misterio de la montaña , me diste el color de mis desiertos y los ojos de mi madre, me diste la paz de las estrellas solitarias que tocan a mi ventana en  las noches más densas,  me diste las palabras que me revelan los secretos más  hondos del hombre, me diste la música, me diste la risa de mi padre y  las manos de mis amigos. Hoy quiero pedirte por aquel  del quien  cruelmente te has olvidado, no se si porque en realidad te gusta que te adulen o  eres un poco irresponsable con tus ocupaciones, en verdad no lo se.

Me gustaría  pedirte  por los rebeldes de Siria que hoy sufren el acoso de la codicia y la maldad de las armas, no se si  su causa  sea justa o no, se que  son arrasados por las armas más crueles que  surgen de la perfección de la guerra; permíteme decirte algo, nos diste una habilidad suprema para dañarnos de la manera más  terrible. Tus grandes teólogos dicen que somos una parte de ti y eso me parece una idea bellísima, ¿a quién no le gustaría ser parte del creador del  universo?,   dueño de la mas alta hermosura y proveedor de los bienes  del cielo y  de los más preciados dones terrenales;  sin embargo  si es verdad que somos parte de ti, si eso es verdad, entonces tienes cáncer, Dios mío.  Si eso es verdad, entonces estas sumamente enfermo,  si somos una parte de ti y no hemos hecho  más pelear y matarnos e inventar armas cada vez más destructivas entonces  algo grave y horrendo debe estar pasándote. Si  lo piensas un poco  y te asustas por lo que creaste empezaras a hacerte en verdad amigo mío.

También quiero pedirte por los indocumentados que atraviesan  nuestro país,  que se enfrentan a este terrible dragón que se llama México, que sufren  el embate de nuestras autoridades y la maldad de  nuestros  compatriotas. Debe ser terrible ser un fantasma silencioso, debe ser terrible andar por un país como este,  lleno de sangre y furia, y no tener mas  aliado que la fe,  y la fortuna.  En  este caso les deseo fortuna a  los indocumentados,  la fe quizá les traerá mas amargura. Te pido por ellos, que tu rebaño  deje de ocuparse por   cosas innecesarias como la construcción de iglesia, que   los lleves por el camino del  bien   también a ellos que creen que están salvados,  y  acudan en auxilio  de  aquellos que en verdad  les necesitan. Y  que jamás se nos olvide que nosotros también somos peregrinos  en esta vida, que  pasamos hoy como un  viento y mañana no estamos,  que aprendamos a leer nuestro destino en el destino de esos hombres fugaces que buscan el pan  lejos de su tierra. Nos da mucha vergüenza lo que ocurre en este país, ayúdanos a abrir los ojos, a ver  el terrible mal que entre  todos hemos provocado y sobre todo ayúdanos, Dios abismo, a despertar  de este  absurdo sueño  de siglos.  Esto es urgente  porque como dijo el poeta Sabines, la  eternidad se nos acaba.

Te pido también por  las madres que esperan a hijos que  ya nunca llegarán,  por aquel viajero que  vaga  y espera con ansia la vuelta a casa, por el que hoy pasa hambre y frío y  sed , por  aquel que vive tan  preocupado  de si mismo que nunca tiene tiempo de pensar que el otro también existe, por la viuda y por el  niño  que rueda por la calle buscando el fuego de  la vida  y que despreciamos   todos los días sin darnos cuenta. Te pido todo esto no en tu nombre porque justo ahora recuerdo que nunca lo has querido revelar; cuando Moisés,  uno de tus hijos predilectos, te preguntó tu nombre para  tener la  decencia y educación de saber con quién estaba tratando decidiste   no decirlo y  tuvimos  que conformarnos con un parco y misterioso:  “Yo soy el que soy.” Sabes , para nosotros el nombre es muy importante,  uno da su nombre  a la persona en quién confía,  a la que ama, con la que trata, algunos no tenemos mucho más que nuestro nombre. Lo  tenemos para  pensar en aquel amamos, para honrar a nuestros padres, para soñar  con el nombre de  esa persona que nos  habla de amor. El  nombre es para nosotros más importante de lo que tu crees, pero si no lo quieres revelarlo espero que tengas razones muy poderosas. Quizá alguna día decidas confiar en nosotros y nos  reveles tu  nombre y tu rostro sin el peligro de quedar fulminados , no sabes como nos gustaría verte a los ojos y saber en verdad  de que se trata ser tus hijos.

Por lo tanto   he decidido no pedir todo esto por tu  nombre,  permíteme pedirlo por cosa  más  cercanas,  más mías,  por la justicia, por la dignidad, por  la paz, por la  imaginación, por el sexo, por la música, por esas ganas locas de vivir que se agitan en las venas de los adolescentes,  por  la fuerza de un niño, por la paz de los ancianos. Y sobre todo  por ese último don que nos queda para andar por el mundo, que es nuestro último refugio y  nuestro primer deseo: el amor.

Salud, Dios mío, esperamos que algún día despiertes, que no sea demasiado tarde.  Nos estamos dando cuenta que empezamos a estar mejor sin ti.

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Los ojos de Miguel.

A  Manuel Lara Villagordo y Raúl Yusta. 

         “¿Qué es tu mirada, qué es una mirada? Triste luz descarriada, paz sin dueño.” Jaime Sabines, poeta mexicano, parece describir en el tiempo la mirada de Miguel Hernández.  En el encuentro de los poetas, en la mirada de Miguel y en las palabras de Sabines, aparece  una palabra milenaria, una palabra vibrante, necesaria, incomoda, llena de vida y de potencia; en los ojos de Miguel y bordeando todas las muertes posibles, la palabra “resistencia” se eleva como un presagio sobre las horas negras de la vida.

Al inicio el libro “1984” de George Orwell, el protagonista  Winston escribe notas en un papel, palabras sueltas, palabras que en apariencia expresan sólo  estado de inquietud personal; sin embargo, la importancia de esas palabras se revela mientras avanzamos en la novela, mientras nos internamos en las intenciones espirituales de Orwell. Si somos pacientes, descubriremos la tremenda irrupción de fuerza que emanan de esas palabras sueltas. En la novela, Winston sufrirá el acoso incontestable de un poder absoluto; Orwell, sin embargo, cree en la palabra escrita como un símbolo de resistencia en un mundo enfermo de poder. En esas palabras, trazadas por necesidad en el borde de un diario habita la continuidad de la vida, son semillas que reventarán en grandes árboles indómitos capaces de regenerar a espíritus caídos. La palabra entonces es escudo  y lanza contra los ejércitos malditos, es la lumbrera que hiere la tiniebla, es la armadura del espíritu, es la barca constante que atraviesa el río del infierno.

Escribimos con Winston cuando el mundo se viene encima, entonces la palabra es la habitación del espíritu, una habitación que nadie  puede construir sino aquel que tiene en sus ojos la furia y el duende que impulsaron a los poemas de Miguel Hernández.

Los poemas de Miguel Hernández son esas palabras sueltas en el gran libro de la historia del Siglo XX, esas palabras que escaparon a la muerte, a la asfixia social, esas palabras que despiertan en la lengua sílabas nunca antes dichas pero que pareces eternas.  Aún hoy resuenan en las trincheras de la España herida, es tan hondo el misterio de la poesía que  leer  a Miguel Hernández es vencer una y otra vez a los demonios del olvido.  En el desierto de este momento histórico tan tenaz, la voz de los poetas, de lo poetas verdaderos, esos que han sido condenados al lodo y a la sangre, hacen temblar a los cimientos de la tierra, de tal manera que los ojos de un poeta muerto son mas verdaderos que las palabras infames de los nuevos tiranos. La incertidumbre poética ha de darle de beber al mundo, o el mundo no será.

Los ojos de Miguel parpadean en el instante, están ahí, como una luz descarriada, tocando las puertas del horizonte, entregándome en este mismo momento  el puro, el interminable deseo de más vida; y yo me hundo en ellos como me hundo en un vaso de vino nuevo madurado en la respiración de la luna mediterránea.

“..hay ruiseñores que cantan

encima de los fusiles

y en medio de las batallas.”

Sigue cantando en medio de las batallas ,encima de los fusiles; tu voz resuena poeta, hace daño y reinventa el mundo. ¿Qué es tu mirada, Miguel?

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