SAMUEL RODRIGUEZ

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. " Borges.

Category: Arte y música

José Alfredo Jiménez: la voz y el abismo.

José Alfredo Jiménez: trovador, sacerdote mexicano del tequila y de las canciones. Su voz es la entrada al abismo, es un temblor a punto de nacer, es el despertar a una tragedia inminente. Su poesía es árida y salvaje, oscura como un diálogo mortal, lacerante como una maldición. Cantar sus canciones es ser consumidos por la fascinación de un incendio repentino, es flotar eternamente entre la niebla de un páramo sin nombre.

José Alfredo Jiménez es el aullido que enciende la noche, es el cometa ebrio que vaga por un universo sombrío hasta chocar de frente contra el destino, es el lobo herido que tiene su amorío fugaz con la luz de luna, es el evangelista de la tragedia, un poeta imposible que aprendió a engañar a la muerte mientras se acuesta con ella. El día es su enemigo, sus ojos se acostumbraron a leer la penumbra; eligió la noche para desbordarse, para maldecir al azar, para levantarse como una torre de misterios que parece indestructible y que se derrumba invariablemente cuando el día despierta.

Como buen profeta de la tragedia, rasga con su voz el velo de todos los templos posibles. Su espíritu entendió mejor que nadie que cualquier sitio puede ser el lugar donde se ofrece un ritual por las penas de la vida diaria, que México es el gran Monte de la Calavera y se hace visible cuando alguien canta, de modo que en cada esquina hay una muerte y una crucifixión, una resurrección y un coro de lamentos. Su música es la voz más pura de nuestra gente. Nadie como él para entender que no le tememos a Dios ni al diablo, que no le tememos a la muerte ni a la vida, que a lo que le tememos verdaderamente es a la pérdida. El mexicano siempre está perdiendo algo: al amor, a la mujer, a sus tierras, a sus máscaras. Nuestra historia nacional y nuestros traumas surgen de la pérdida, y José Alfredo lo expresa en un huracán de suspiros; no puede hacer más.

Entre música y tragos, sus canciones son el hierro candente que marca la piel de quien las escucha. La cantina o la parranda son el teatro perfecto, el confesionario veraz y el sitio de la verdadera penitencia. En esta atmósfera de humos trasnochados, donde el alcohol y el desamor son a un tiempo salvación y perdición, José Alfredo levanta la voz: las emanaciones de su espíritu se convierten entonces en un canto colectivo que se eleva desde las entrañas de nuestro país. Es el hombre-espectro que le canta al héroe bocabajo, ese ser ajeno al ritmo del mundo, a nosotros que escuchamos el rumor de las edades y que sólo podemos avanzar hacia abajo, hacia lo hondo de la tierra, resignados, doloridos, ahogados en nuestro propio llanto. El héroe que José Alfredo describe está en el límite del tiempo, afuera, allá lejos, donde los elementos se agolpan y se confunden, donde la sangre da de beber a los jilgueros, donde la existencia es un llano en llamas o un diluvio inesperado.

Una intuición vibrante resuena en esta música de neblina y confesiones: el mar enardecido de la vida no ha sido lo suficientemente poderoso como para hundirnos. José Alfredo lo sabe, se vuelca en sus canciones, sufre, reclama, pero no se mueve; resiste. Esa resistencia nos recuerda decididamente a Arthur Schopenhauer cuando explica que la añoranza y el dolor de la poesía no describen a un sólo ser efímero y fugaz, sino que son el suspiro de toda una especie que se condensa, se oscurece y se arroja a la vida en un haz de luz tan mágico como doloroso.

Los poemas que este hombre lanza contra el mundo tienen un efecto existencial poderosísimo: nos enseñan a resistir en el vacío, a hacernos fuertes en la inclemencia de la nada. Las canciones de José Alfredo Jiménez son el aliento punzante de nuestra especie, una especie que aprendió a respirar en el ritmo incontenible de la música.

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Ritmos rojos.

Las horas,

los minutos,

marcan el ritmo del día.

 

Tus ojos,

tus silencios,

el roce de tus manos,

marcan el ritmo de mi sangre.

Catrinas y revoluciónes.

En esta efervesencia y esta macro moda por La Catrina, no está de mas intentar una contra moda.

Verán, La Catrina es muy apetecible estéticamente, no es para menos, fue dibujada por un artista imponente: José Guadalupe Posada. Sin embargo, nuestra generación lo entiende todo al revés. Esta figura nace como una critica a la alta burguesía mexicana, aquella que deseaba una invasión francesa para que nuestro país pudiera dejar atrás su pasado indígena mismo que los avergonzaba. La Catrina viste a la última moda parisina, y desea en su interior el sometimiento total y la anulación de las clases populares. Posada criticaba esta banalidad ” mucha ropa parisina, pero están en los huesos” decía el artista para explicar su obra.

Rivera la retoma en su famosa “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” en este mundo alucinante, Rivera coloca en un primerisimo plano y cerrando la composición a una campesina vestida de amarillo quien reta con la mirada a una Catrina que ocupa fatalmente el centro del cuadro.

Rivera desplaza la vitalidad hacia la mirada de la campesina, insinuando que la mirada de la Catrina es en realidad el falso centro del cuadro.

Al vestirte de La Catrina, demuestras un gusto sumamente refinado, traes a presencia a Posada y lanzas una nueva versión de la obra con tu gusto personal. Pero también debes estar conciente que al no tener presente que al usar el disfraz estas glorificando a una clase social nociva y destrucitva, estás arrancando la verdad de la obra original y destruyendo la memoria de un pueblo que se levantó desde la cenizas para iniciar una gran Revolución, que por si no lo sabias es en realidad la gran fiesta de este país.

Nuestra cultura es riquísima, pero es necesario proteger su memoria, el mercado todo lo licua en bien de algo tan simple como la apariencia.

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Balada Latinoamericana.

 

Cuanta noche,

los ojos no resisten el embate de las sombras.

 

Una manada de lobos aúlla bajo mis pies.

Van con los ojos cerrados,

preguntando el nombre del mundo.

 

Devoran las horas,

devoran los pensamiento de los que están por nacer.

Arrancan los brazos a los fuertes,

beben la sangre que le sobra a las iglesias,

cantan una canción de vidrios rotos.

 

Cuanta noche,

los ojos no resisten el embate de las sombras.

 

Los lobos ciegos no se cansan de romper el cielo.

Los lobos ciegos no se cansan de envenenar el viento.

 

Mi mundo es un poema roto,

sólo las cenizas en el fondo de todos los mares,

en el fondo de todos los abismos,

cuentan la verdad.

 

Me duelen los ojos,

no resisto tanta muerte.

 

Los lobos son tantos que no se alcanza a ver el suelo.

Tiemblo al pensar que yo los inventé.

Cuanta noche,

los ojos no resisten el embate de las sombras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En algún lugar de tu cuerpo.

 

En algún lugar de la noche un cuerpo de mujer me espera.

Me asecha en las calles de la ciudad,

aparece entre la hierba,

en alguna esquina.

 

Cuerpo de mujer,

laberinto que arde en sus propias paredes,

isla extraña a donde el mar no llega,

ave pasajera que vuela boca arriba,

fuego encendido por el aliento de la muerte la noche primera,

fin de este día,

agua dulce para la sed de la memoria.

 

Esta noche la ciudad intenta un suicido,

las estrellas tiemblan en silencio,

el rumor del río llora bajo los puentes.

Es entonces cuando aparece tu cuerpo.

Mis ojos heridos por el misterio que te nombra rompen la tiniebla sólo para verte,

para deletrearte como un ciego deletrea la hora de su muerte.

 

Tu cuerpo navega entre las horas como una barca en libertad.

 

Es tan amplio el mar pero cabe en tus ojos.

La  ciudad te piensa y se desarma.

El día se levanta, la noche se abre.

 

En algún lugar de tu cuerpo la noche me espera.

En la nostalgia de ti,

la noche me desea.

Diego de Velázquez.

Diego de Velázquez tenía un trabajo jodidisimo, tenia que hacer ver bien a toda la mierda esa de la Monarquia Española de la época, además de retratar a Papas, cortesanos, duques, condes, y todos esos cerdos enfermos de poder.

Los gobernantes viven del vicio de la imagen, sus inseguridades las paga el dinero público, el afán de poder hace que la infamia de su rostro se desborde sobre el mundo en una marea inmunda que invade todos los rincones de la vida diaria.

Velázquez sin embargo, bucea en la realidad de su època y logra rescatar la belleza épica y poética de la gente de calle. Sus retratos de bufones, enanos, borrachos y caminantes lo sitúan en un lugar de privilegio en el imaginario artístico; Velázquez ensancha el mundo, lo aumenta espiritualmente en una larga reflexión sobre la belleza del rostro humano sin precedentes por sus registros pictóricos y por sus alcances poéticos.

En contraposición a otros pintores de la época como por ejemplo Murillo, Velázquez no idealiza a su modelo, lo deja acontecer desde su propia humanidad dotándolo de un impulso luminoso que suavemente roza los cuerpos para hacer a sus modelos participes del mundo y dignos del arte, en una especie de pre impresionismo metafisico delirante y verdadero.

Los gobernantes tienen que gastarse 34 mil millones de pesos para generar simpatías, mismas que nunca consiguen, la mierda donde quiera es mierda; Velázquez exploraba las calles y hacia visible a dignidad del mundo, la relanzaba hasta el infinito, hasta el sitio donde la mirada despierta.

Si tú, lector, respondes con mayor prestancia a los estímulos del poder a través de los medios y no te conmueve el rostro del bufón Calabacillas, si te conmueve más la visita del Papa que apreciar la dignidad de la mujer friendo huevos, preocupante, te jodieron la educación y la sensibilidad.

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Goya.

Si bien, sus pinturas negras se consideran fantásticas, es notorio que La Romeria de San Isidro tiene más verdad en su tinta que La Pradera de San Isidro.

En la Romería, aparece la profundidad insondable de la miseria y la locura humana, una locura que nos pronuncia, que nos desnuda en una tensión macabra y veraz a un tiempo. Esos rostros nos describen, capturan nuestras angustias, nuestras incertidumbres, amplifican el dolor efervescente que atraviesa las edades como un rayo negro. La obra deja entrever que las ficciones religiosas tienen una parte febril, que hace emerger la desmesura; así la religión es superada por los instintos que arrollan el instante en un juego tenebroso. Goya nos revela nuestra propia humanidad en un movimiento lacerantemente y vivo, orgánico e inmortal, imposible y presente; su pintura es de una hondura inexplicable en la que extrañamente nos reconocemos.

Las obras se llevan veinte años de diferencia. La primera es parte de la historia relevante de la pintura, la segunda es eterna.

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