En busca de Mario Benedetti II.

by samuelr77

La tarde caía sobre la ciudad como una cortina de lamentos que hacían eco en la profundidad del último cielo del año. La canción “Aprendizaje” de Sui Generis, subía desde un punto indeterminado de la calle: “viento del sur, quiero saber donde debo ir”. Frente a mí estaba el mítico “Café Brasilero”, que según el pescador y su alma, era el sito donde Mario Benedetti iba a beber con su sombra. Por un momento me quedé aspirando  los  suspiros del atardecer; entré al café buscando un fantasma, buscando a un poeta agonizante con la esperanza simple, pura y vana de darle un abrazo para que me dijera que la poesía aún vale la pena.

El “Café Brasilero”  se parece mucho a la cola de un piano,  el concierto imposible de la ciudad resuena dentro, un murmullo casi imperceptible sube desde las mesas, desde las huellas imborrables del piso, incendia los oídos con un fuego inmarcesible que sin embargo nunca acaba por disolvernos del todo.  Un par de chicas altas y esbeltas regían la barra como dos catedrales Neoclásicas que se elevaban bellamente sobre la nostalgia del paisaje.

Esperé en la barra imaginando mi encuentro con Mario; las chicas sonreían a los comensales, se sentaban junto a mi, discutían entre ellas, se reían del mundo, regeneraban la atmósfera del viejo café con sus sonrisas interminables y pasajeras. La noche avanzaba con lentitud etérea. Los parroquianos entraban al café sosegadamente, como si quisieran esconderse del mundo . Yo esperaba en la esperanza y en la espera, de un momento a otro la llegada de Mario reventaría en las olas del Río de la Plata.

Y, ¿Mario a qué hora toma el café? Le pregunte a una de las chicas, ¿Mario? ¿Qué Mario? Respondió ella. Mario Benedetti, me dijeron que acá venia a tomar el café. El que viene acá es Galeano, a Mario no lo vimos nunca.

La frase me dejó congelado, un abismo de incertidumbre se abrió bajo mis pies. El pescador me había engañado, el café era frecuentado por Eduardo Galeano, un respetable escritor uruguayo, que a mi no me había interesado nunca. Y así derrotado, con las bolas rotas, salí del café a relamer mi tristeza.

Me hundí en alcohol por las calles, la marea de la noche me ahogaba en su deriva interminable. Bebí con rabia, desordenadamente; bebí con extraños, entregué mi dinero a desconocidos con los que brindé  a la salud del poeta ausente, brindé por la muerte de la poesía, por el fuego que arde en la piel de los dioses muertos. Las calles se convirtieron en un gran río turbio de agua infame. Me recuerdo vagamente bebiendo en una banca del casco viejo, tomando alcohol barato con una grupo de chinos que reían estrepitosamente;  recuerdo que los reté a beber, eran como la gran estatua de una deidad oriental con mil ojos  y mil manos que se movían en el caos milenario, todos bebían y reían amontonados en la banca, era yo contra ellos, su fuerza contra la mía, su voluntad contra mi locura.  Esas risas intoxicaban la paz del fin del mundo, reían como enfermos que gozan su propia enfermedad, recuerdo que los insultaba, le rociaba cerveza en los pies, sus risas infames no paraban, me alejé de ellos mientras los injuriaba con todas mis fuerzas. Aquellos miles de ojos hambrientos aún pueblan mis pesadillas.

Recuerdo que entré a un bar, conversé largamente con una chica de ojos esquivos, me había visto horas antes hablando con el  artesano drogado; me dijo que Mario Benedetti moriría muy pronto, que mi búsqueda era inútil, que no debía perturbar la paz del moribundo, me dijo que la poesía sólo sirve a las almas sencillas, a los que no tienen ambiciones verdaderas;  me pidió que la acompañara a Punta del Este, ahí encontraríamos a sus amigos en una casa grande y fresca, y beberíamos hasta saciarnos. Me besó en la penumbra, yo la besé con rabia, nuestras manos se perdieron en las cuevas de nuestras noches. La gente nos retrataba mientras bailaban estúpidamente a nuestro derredor. Era el baile de la muerte de Mario, la danza de la muerte de la poesía; me sentí indigno, enfermo, miserable y pobre.  Bésame, perra, le decía, lo repetía como un mantra, como si el lenguaje en mí hubiera muerto y sólo me quedaran en la lengua esas dos palabras miserables: bésame, perra, bésame. La chica reía presa del alcohol, el bar era un ataúd abierto, la voz ebria de la gente se confundía con el aullido de los cerdos en la pocilga.

En algún punto de la ciudad, Mario Benedetti agonizaba en una cama que se hundía en las carnes de la muerte.

Desperté con la aurora, tirado en una banca cercana a la peatonal Sarandí. Ante mis ojos se abría mi último día en Montevideo. Las huellas de la noche me dolían en todo el cuerpo, una mujer entrada en años pasó a mi lado, llevaba dos cafés en la mano, uno fue para mi.

 

El oleaje del día me encontraría revestido  de nuevas   esperanzas.

 

Continuará…

 

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