En busca de Mario Benedetti I.

by samuelr77

El 2008 llegaba a su fin, yo me encontraba en Montevideo Uruguay, caminando por Las Ramblas, perdido en el borde del fin del mundo. En dos días debía regresar a Buenos Aires a terminar un curso de arte y filosofía que había emprendido meses atrás. No tenía demasiado tiempo para buscar a Mario Benedetti, su vida terminaba y a mi el buquebus me esperaba implacable en el Río de La Plata.

Dos cosas me habían llevado a Montevideo: el libro ” La Tregua” y una bella cantante de ópera que había conocido meses atrás en Buenos Aires. Ambos partiríamos de regreso a nuestros países  al terminar nuestros respectivos cursos y decidimos viajar a Uruguay en busca de un época de oro para la memoria.

“La Tregua” es una novela de flores muertas; es una novela que produce en el espíritu una dulce asfixia. Así es Montevideo también, una dulce asfixia imposible.  Durante mi estancia en la ciudad “La Tregua” se convirtió en mi guía, en mi Virgilio de tinta que me enamoraba y me hería a cada instante. Buscaba las huellas de Laura Avellaneda y de Martín Santomé, buscaba a ese hombre que se fundía en ambos personajes. Buscaba el rostro de Mario Benedetti.

Recorrí Montevideo, me enredé en sus calles que se mueren lentamente en el fin de la tierra; aquí la luz del sol no es como en otros sitios,  aquí la luz del sol se desliza por las calles, las atrapa en un calor dulce que sube por el cuerpo de quien las transita,aquí la luz del sol es una miel densa, inagotable, primigenia. Es tan lenta la luz del sol en Montevideo.

Un pescador hilaba esperanzas en el río. Me acerqué a él; una noche antes la cantante me había dado un concierto íntimo con alguna aria de la Edad Media justo ahí, en el hueco de una roca de este río salobre  que siempre desemboca en el desconsuelo.   Hoy estaba yo solo con mi búsqueda imposible. ¿Conoce a Mario Benedetti? le pregunté al pescador a quemarropa, así ridículamente,  como acontece todo por acá en un absurdo total que sin embargo esta permitido por la cercanía manifiesta del fin de mundo. El pescador me miraba confundido, y,  ¿éste pelotudo?  la frase  parecia brotar como un géiser desde el fondo de sus ojos. ¿Qué si conoce a Mario Benedetti? El pescador seguía confundido, luego de un par de segundos me dijo, que si, que Mario a menudo pasaba a un café ahí por la calle de Ituzangó.  No podía creer en mi suerte, había recorrido toda la ciudad, me había  subido la fiebre, me había perdido por unas calles ruinosas, había enfrentado a un par de chantas que seguían a unas alemanas desquiciadas; en una plaza conversé con artesano ciego y drogado que me dijo que Benedetti era una invención literaria, que en realidad no existía; y ahora el pescador me revelaba que Mario Benedetti iba a tomar café  a un lado de mi hostal. Regresé a mi cuarto con la esperanza reluciente. Caminé las calles del centro nuevamente; algo hiere mi memoria cada vez que recuerdo esas caminatas, ahi, perdido en una ciudad taciturna, buscando a un poeta moribundo, el mundo parecia tan cargado de bellezas que aún hoy me es imposible soportarlo.

 

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