“Silencio” o la poética de lo ausente.

by samuelr77

“Silencio” o la poética de lo ausente.

Martin Scorsese es un alma atormentada, su mirada nos arroja despiadadamente a un estado de alerta;  su cine esta hecho de inquietud, de fiebre. Asistir a  la obra de Scorsese es aventurarse a un estado de sitio, a un lugar sin límites, a un  despoblado existencial que abre en el espectador la posibilidad del vacío. Lo que admiramos en Scorsese es esa voluntad de refinar el lenguaje cinematográfico para posteriormente ponerlo al servicio de la historia y es esto lo que al final de cuentas emociona al espectador. Cuando un director cuenta su historia y al contarla se compromete con un lenguaje que convierte a cualquier instante en un instante privilegiado, entonces logra la tan preciada intimidad con la mirada del espectador.

“Silencio”, su más reciente filme, bebe directamente de la emoción de lo grandes maestros de la épica cinematográfica como Kurosawa o Roland Joffé; también,  lejanamente,  nos llega un delicioso y perturbador eco del Nazarín de Buñuel.  El filme sigue la estela de trabajos anteriores del director neoyorkino como “La última tentación de Cristo”, “Kundun”, o los inicios de “Pandillas de Nueva York”. En estos filmes resurge una y  otra vez  aquella frase de Nikos Kazantzakis,( tan admirado por Scorsese) : “Desde mi juventud, mi angustia primera, la fuente de todas mis alegrías y de todas mis amarguras fue esta: la lucha incesante entre la carne y el espíritu.”  En “Silencio” esta batalla se recrudece, se magnifica, se vuelve insoportable.  Sus personajes, un par de misioneros jesuitas de Portugal, son arrojados violentamente al Japón feudal del siglo XVII, se verán obligados a luchar la despiadada batalla el espíritu y buscarán sobrevivir al silencio de la divinidad hasta desgarrar su voluntad y dejarla desnuda, descubriendo así su propia humanidad.

Scorsese se conecta con todo aquel que ha intentado resistir a las alarmas del mundo haciendo un rodeo desde la fe, sólo para encontrarse consigo mismo. Los personajes responden a una ausencia, como buenos representantes del Siglo XVII, los años gloriosos del Barroco, se orientan en la existencia siguiendo la huella de un abandono; esa ausencia, encarnada en el personaje de Liam Nelson, el padre Cristovao Ferreira, marca el ritmo de la cinta, provocando  un incremento de la voluntad de los protagonistas. Cuando esta ausencia se transforma en presencia y se descubre en toda su humanidad, el sentido se desploma arrojando a nuestros personajes a un final tan desolador como insoportable. Más afortunado que el  Nazarín de Buñuel, el personaje principal, el sacerdote Sebastiao Rodrigues, esperó la caída de su ídolo de barro para precipitarse con él, rompiendo así el silencio que le aquejaba; Nazarín, en cambio acabó su rol enfrentado al sonido y la furia de la nada existencial con una piña y sólo una piña como única recompensa de su interminable viaje.

Más allá de intentar un film de época o de proponer un choque de civilizaciones, “Silencio” se incrusta despiadadamente en nuestro presente,  se impacta en nuestro cuerpo como un golpe bajo, rompe nuestra resistencia y nos deposita en nuestra actualidad, en este acontecer  desolador en el que estamos destinados a enfrentarnos a nuestra propia humanidad en un mundo sin direcciones ni objetivos, harto de nihilismo y enfermo de ausencia de sentido. Esa es la lucidez del artista, esa es su fuerza y su maldición. La clarividencia de Scorsese es brillantemente acompañada por la fotografía de Rodrigo Prieto, quien a su vez logra el cometido de elevarnos espiritualmente  desde su lente como añoraban los artista más grandes del Barroco.

Presenciar un filme como “Silencio” es abrirse a un vacío, es luchar con esas ausencias que determinan nuestros pasos sobre la tierra; al enfrentarnos a la obra de un director como Scorsese corremos el peligro de  aprender a vivir sin nuestras ficciones y a andar por la tierra con el peso de lo humano, demasiado humano sobre nosotros.

 

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