Sobre los misterios del Sacromonte y como encontrar a Dios en una tarde de otoño.

by samuelr77

Encontré a Dios una tarde de otoño. No fue fácil, para encontrarlo tuve que rodear la ciudad de Granada y llegar hasta el legendario barrio del Sacromonte, que es, como saben, un límite del mundo. El Sacromonte es una profundidad expuesta al sol, para encontrarlo uno tiene que dejar atrás Granada, por más bella y misteriosa que sea la ciudad uno tiene irremediablemente que alejarse de ella, quizá hasta negarla un poco. Después, hay que entregar un poco  de sí mismo y mortificar el cuerpo por esas calles escarpadas y erráticas. Es mentira que uno visite este barrio, más bien uno es visitado por la esencia del lugar. El Sacromonte se traga al visitante. Dios no podía elegir un mejor lugar para vivir.

Las cuevas del Sacromonte se abren como un ojo a medias que examinan al que llega. Las gitanas que reciben al caminante son en realidad ángeles y arcángeles que nos acogen con una sonrisa y una invitación a ver el futuro como corresponde a seres de esta naturaleza. El par de euros que piden por sus servicios son un mero simulacro, esta bien dárselos, hemos entrado, igual que el euro,  al reino de lo fantasmal.

El aire en El Sacromonte se vuelve ligero, tan ligero que uno siente que respira por primera vez en su vida. El aire  brilla un poco en esas calles, y tiembla igual que un río de presagios que desemboca en el mar de la mirada. Para encontrar a Dios uno tiene que dejarse llevar por el camino, virar en  ciertas calles, subir cuestas, descender por valles, ir andando y llorando como el profeta de las escrituras. De pronto, en lo alto de una colina, aparece Dios sentado en un café, usa un sombrero de gángster americano y  tiene la mirada honda como el desconsuelo. El café se llama misteriosamente “El gato negro” esta  entre la nube y  la roca como rememorando el viejo Sinaí, se encuentra rodeado de parras de uva y suaves sombras musicales bajan a la calle en un ensueño que envuelve de esperanzas al visitante. La primera vez que lo visité tocaban Las Pasiones de Bach seguido de un largo concierto de Chavela Vargas. Previsiblemente Dios es el dueño del café.

Dios es un gitano muy elegante de mirada áspera y voz a fuego lento, mira como si estuviera siempre tramando algo, su mirada es retadora y mortal, quizá por lo gitano, pero quizá también por lo divino. No recuerdo como fue que me di cuenta de su naturaleza celestial, tal vez fue la suma de experiencias que viví en ese lugar, tan alejado del mundo y tan cerca de la noche,  tal vez fue la gravitación del Sacromonte que esta plagado de dioses. El hombre vestía una elegante bufanda de tonalidades café, saco y pantalón gris, el mencionado sombrero y un par de zapatos un tanto acabados pero con un lustre perfecto. Luego me enteré que el atuendo lo había elegido su novia, una sibilina chica francesa de cuello largo y cabello como de medusa. Efectivamente la novia de Dios tiene que ser francesa, esos modales y esos perfumes caros desentonan en muchos lugares pero siempre estarán en armonía con lo etéreo.

El primer contacto que tuve con Dios fue sumamente revelador: justo al entrar al café escuché de su boca una de las verdades más grandes de la existencia; conversaba con algunos de sus amigos, al pasar por su mesa escuché que decía en voz alta: “todos somos uno” mientras levantaba un dedo que se elevaba hasta lo infinito. ¿Qué otra cosa podría decir semejante personaje? Afirmaba en un solo movimiento la verdad de la existencia y la comunión del hombre con su medio, con sus semejantes y con la divinidad. Es que Dios tiene que decir cosas así, trasparentes, universales y siempre rozando lo incomprensible.

La siguiente vez que lo vi recibí otra señal, esta vez un poco más directa. Ese día pedí una cerveza Alhambra, sin embargo lo que me trajo fue una sangría acompañada de una ración de pan y queso, me molesté un poco por el descuido pero aun así probé la sangría, era dulce y fresca como el beso de una madre. Las Pasiones de Bach sobrecogían el ambiente y yo empezaba a sentirme transportado a las regiones celestes. Y es que en ese aparente equívoco habitaba una verdad como un templo. Es cierto lo que la sabiduría popular le atribuye a Dios, esa cualidad de saber mejor que nosotros lo que deseamos. La sangría es ahora una de mis mayores placeres. Creo que en realidad la cerveza se había terminado, no supo como explicarlo y en su infinita bondad transformó el agua en sangría. Así es como opera la divinidad.

Desde “El gato negro” se aprecia la Alhambra, que reposa suavemente sobre la colina Sabika.  La Alhambra parece una mujer que se recuesta en el paisaje y sus cabellos de tonalidades verdes y azules son peinados por el sonido del agua. Dios tiene esta vista, el café fue diseñado para observar el mundo desde lo alto, desde el punto en donde el mundo parece descansar sobre sí mismo.

En Semana Santa regresé al café de Dios, yo iba siguiendo la procesión nocturna de los gitanos, me encontraba entre la multitud que acompañaba al Cristo. El llanto de la gente crepitaba entre las lumbreras y le rompía la espalda al tiempo. El Sacromonte había cambiado, ahora se revelaba como un lugar de tempestades; las voces se confundían, la luz había huido. La zona parecía una gran tumba o el lugar donde nacen las tinieblas, las cuevas eran ahora pequeños abismos insondables listos a devorar el instante. En un momento especialmente extraño de la procesión en el que hubo un lapso de silencio, la música de un bar llamado “El Camborio” despedazaba la solemnidad del momento. Era una especie de entrada al infierno. La música estridente hería la penumbra. Avanzábamos lentamente, la procesión se dirigía a lo alto del cerro, en los rostros de la gente pervivía la confusión y el desconsuelo; una sensación muy parecida a la fiebre nos embriagaba y nos consumía a cada paso, por primera vez en mi vida sentí verdaderamente la anarquía de la masa.

Esperaba ver a Dios en su café, tomado del barandal, dirigiendo sobre los mortales una mirada colérica o bondadosa, vestido de blanco con su imperturbable novia francesa a un lado. Sin embargo, el café estaba cerrado, sumido en una oscuridad aún mayor, el café parecía  ahora una casa cualquiera. Una ciega tristeza insoportable resbalaba de sus ventanas.

El espectáculo de la procesión tenía algo de atroz, era un exceso de lamentos. Dios hizo bien en ausentarse, creo que le molestan las manifestaciones de dolor y culpa. Los turistas, la música de “El Camborio” y la irrupción de la masa cansan a cualquiera.

No volví a ver a Dios, sin embargo lo imagino en su café, huyendo de la gente cuando es necesario, lo imagino enamorando a la Alhambra, diciendo frases llenas de encanto,  pastoreando la tarde en su enramada de uvas, con su novia francesa, sus ojos bondadosos y severos, el cabello encanecido y ese sombrero de gángster que seguramente usa para ocultar la aureola.

Cuando la vida se llena de penumbras y los lamentos del día hieren el instante, pienso un poco en el Dios gitano, pienso que si existe alguien capaz de preparar una sangría que desenlace la felicidad, entonces la esperanza existe. Me vislumbro a menudo en ese café, contemplando la Alhambra, escuchando a ese Dios momentáneo y sintiendo las pulsaciones del mundo desde un pedazo de nube que esta ahí, vibrando con El Sacromonte para quien aún crea en lo imposible.

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