John Huston o la mirada ebria.

by samuelr77

 

El cine es capaz de enmarcar los problemas de la civilización, de hacerlos presentes y  exponerlos en  una visibilidad manifiesta que se parece mucho a la vitalidad de la realidad en su estado activo. Una de estas miradas privilegiadas es la del mítico director estadounidense John Huston ( Missouri, EUA. 1906). Su mirada  tienen la virtud de depositarnos en el epicentro  vibrante de los problemas civilizatorios y si apuramos un poco la idea, en el epicentro de nuestros problemas milenarios. Su mirada ebria es comparable al arpón del capitán Acab en su perpetua búsqueda por la bestia blanca.

No hay limpieza en la mirada de este director, su intención es arrojarnos directamente a un conflicto que a menudo incluye a la naturaleza como gran protagonista; sin embargo, en la visión de Huston,  la naturaleza no es vista como un sitio de reposo sino como una elevación demoniaca que hace pedazos cualquier dispositivo civilizatorio. En su filme “La reina de África” (The African Queen. J. Huston 1951) asistimos a la presentación de esta lucha, somos participes de un espectáculo cósmico enmarcado en la mirada vigorosa del director. El filme no es un ejercicio de preciosismo intelectual, ni de seducción cinematográfica, estamos más bien ante la aparición de un conflicto sumamente sugerente, ante el nacimiento de una tragedia que al mismo tiempo es inmemorial y que logra capturar hondamente el centro del conflicto.  Algo de delirio tiene la mirada de Huston, algo de antropólogo, algo de vagabundo y algo de chamán; sus personajes habitan en un mundo  convulso que se desvanece justo al dar el siguiente paso, caminan por sendas inestables que se abren como bocas de serpiente mientras el conflicto se revela en toda su potencia.

Los protagonistas principales, el interminable Bogart y la imponente Hepburn, están falsamente instalados en el corazón de África. Él deambula por el rio, bordeando cualquier problema, su labor es la de un comerciante de poca monta,  no penetra en ningún peligro, no se afecta con la exuberancia del lugar más allá de pequeños placeres momentáneos; su vida vaga entra la nada y el olvido.  Hepburn, por su parte, esta instalada en un espacio  que abre la civilización occidental en medio de la exuberancia de la selva, su relación con su medio es una relación ficticia, un espacio nebuloso que no promete sino  lo falso, la vitalidad de la selva no penetra en ella, más bien se experimenta como negación. Su personaje nos hacen pensar en las palabras de Nietzsche en “ Mas allá del bien y del mal” cuando expresa que el nihilista radical es aquel que prefiere “morir sobre el lecho de una nada segura, que vivir sobre una realidad incierta”. Siguiendo a Nietzsche, el personaje se ahoga en la mentira  que ella misma y su hermano, un misionero anglicano,  han creado impidiéndoles habitar en la verdad de su instante.

Ambos personajes  no han sido forzados a habitar lo envolvente de la selva, ese sitio incalculable del que brota una vitalidad que propone luchas disolventes. En la primera parte del filme nuestros protagonistas habitan cómodamente en una mentira, en un vacío autoinducido que les proporciona una cierta seguridad  funcional aunque decididamente frágil, uno desde el cinismo, ella desde la fe.  Ambos personajes, tanto el de Bogart, como el de Hepburn no han experimentado lo convulso la selva, el sitio privilegiado del que brota un empuje efervescente  y  que crea  un conflicto que se traduce en la dicotomía, Naturaleza/Civilización. El director  Huston tiene el acierto de declarar la victoria de la Naturaleza, tanto de la incontestable naturaleza salvaje del corazón de África, como de la naturaleza interior de los personajes.  Si bien el corazón de África propone luchas disolventes que se revelan en toda su fuerza, forzando a los protagonistas a habitar en lo hostil, Huston lo muestra no sólo como un sitio de eterna lucha, sino como un dios perverso que ofrece azarosa y simultáneamente crueldad y benevolencia.  Al mismo tiempo, conforme avanza el filme, los instintos empiezan a reclamar su lugar en el mundo, desbordado los parapetos civilizatorios de los protagonizas, hasta lograr generar una armonía trascendental entre  la naturaleza exterior e interior del tal manera que al remontar el rio las pasiones se hacen presentes, inaugurando un tiempo nuevo en el ser de los protagonistas: el tiempo de lo auténtico que emerge de lo problemático.

El filme tiene un sabor muy particular que nos recuerda lejanamente  a “ El corazón de las tinieblas” de Conrad y a  ciertos pasajes del inicio de nuestra “Doña Bárbara” ( 1943)  de Fernando de Fuentes y Miguel M. Delgado. En estas tres obras la naturaleza se revela como un reflejo del interior, tan complejo y  problemático como el exterior, en  la frontera de ambas se instala precariamente la moral, la civilización, la razón, el yo.

“La reina de África” es un intento por navegar en el abismo, un intento consiente e impostergable.  La mirada de John Huston existe en la embriaguez que supone la vista del vacío, el director cree en los instintos como guías impredecibles que vehiculan a los protagonistas entre la selva y el abismo, y que logran derribar la fragilidad de los mitos civilizatorios.

El cine se muestra como ese necesario enfrentamiento a nosotros mismos, a nuestros problemas milenarios, y hace visible aquello que estará siempre por encima de la civilización y que el arte  logra  intuir y mostrar por claroscuros  en el fondo agridulce de una mirada  ebria, la mirada de John Huston.

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