El Crimen Perfecto.

by samuelr77

En 1988,a la edad de 9 años cometí un robo; un hurto, dirían los entendidos en leyes. Un par de amigos y yo, conmovidos por el frío que hacia en el Enero regiomontano decidimos ir al Gigante” Las Torres” y sustraer furtivamente tres pares de guantes para los chicos que lavaban carros de casa en casa y con los que a veces jugábamos futbol.

Asi, y conscientes del crimen, entramos a la tienda, buscamos el botín y escondimos el pequeño robo entre nuestras ropas; recuerdo que mis padres nos habían llevado. La tensión era máxima, ahí estábamos tres niños con cara de pan, entre la caja registradora y el guardia, gravitando al lado de cientos de ojos distraídos de la tienda, perpetrando flagrantemente un robo. Bastaba una ligera revisión para despertar a las fuerzas de seguridad de la tienda, y así quedar estigmatizados de por vida como ladrones de guantes.

Sinceramente, los guardas de seguridad me tenían sin cuidado, sus panzas y nuestra practica diaria del futbol, nos daban decididamente una ventaja competitiva; el problema era mi padre, que en ese entonces era un tipo durísimo con una disciplina férrea y agridulce como buen norteño. Mis amigos y yo nos mirabamos nerviosos, estabamos ahí en la caja, pagando cualquier cosa, no podíamos evitar sentirnos pequeños Robin Hood, pequeños libertadores secreto, paladines de la justicia social, redentores de las masas oprimidas, guardianes de la libertad de los pueblos sudamericanos. El crimen ocurrió sin mayores contratiempos.

Salimos de Gigante con una ebria felicidad dificil de describir, fuimos unos putos héroes. Ese día entregamos los guantes, jugamos el partido, ganamos,bebimos refresco; todo parecía compaginarse para que nuestra felicidad fuera completa, después de todo habiamos realizado el crimen perfecto.

Unos años después, cuando Gigante quebró, mi amigo me buscó para decirme una frase memorable: ya ves, pendejo, los guantes!, Gigante quebró porque les faltaron guantes.
-Si pero se los regalamos a los pobres, dije yo queriendo justificarme.
– Si, pero no eran nuestros, eran de ese negocio. Pudimos haber ahorrado y pagarlos con nuestro dinero.
-Si, pero y la emoción de quitarle al rico para darle al pobre? (dije yo en un intento de justificarme), y ademas ganamos ese juego. ( desde entonces ya apuntaba maneras de romántico y mi amigo de cerdo capitalista)
-Si, verdad, les metimos una chinga, dijo mi amigo y el tema quedó cerrado de por vida.

He pensando mucho en el crimen perfecto desde entonces, jamás podré olvidar la cara del niño cuando le di sus guantes, no recuerdo si me dio las gracias, tampoco importa mucho, se los puso ensegudia y creo recordar que los usaba incluso en verano.

Respecto a “Gigante”, es verdad que me siento un poco responsable de su bancarrota, sin embargo, sentirse un pequeño Robin Hood en estos tiempos donde nadie mira a nadie, se siente de putisima madre.

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