Carta a Jaime Sabines.

by samuelr77

Nos han hecho creer, que Jaime Sabines murió un 19 de Marzo de 1999 en algún hospital de la Ciudad de México. Yo creo que esto es falso. Es imposible que Jaime Sabines esté muerto; su poesía de semen, de sangre, de terror y enfrentamiento aparecen en la lengua del que ama, en el corazón en llamas de quien ha visto morir a su padre, en el humo del cigarro de los amantes, en el pasto de los cementerios.

Jaime Sabines no puede morir, no sabe como. Un día dejó de necesitar su cuerpo, pero eso es otra cosa. Jaime anda por las calles enamorando niñas, castigando curas, luchando su batalla contra la hipocresía de éste México insensato.

No te has muerto Jaime, no puedes morir. Un día nos dijiste que los amorosos son los que abandonan, los que cambian, los que olvidan; pero nunca nos dijiste que los amorosos son los que mueren. Estás condenado a andar entre nosotros, a vivirnos.

¡Mira que desaparecer en el inicio de la primavera!, un poeta que cierra los ojos justo cuando la vida despierta, es un poeta muy sabio, Jaime. Yo creo que quisiste dejar que la naturaleza hablara, con cantos y con flores como escribe Nezahualcóyotl. Y quizá, también, porque sabes que tu poesía es un poesía de inviernos, de cuevas, de oscuridades, una poesía de enfermedades que curan, de vientos helados que levaban al caído. Tu poesía es esa rosa frágil que no se marchita. Es esa piedra de sol iluminada por la luz moribunda de la última luna del siglo.

Está bien que te hayas ido en primavera, Jaime. Eres un hombre que conoce sus límites y tu límite reposa en la aparición total de la vida. Tus poemas se agitan en la muerte, la meditan, la penetran, la hieren. Ahí estás, noche y día, horadando la dulce y amarga y necesaria sombra de la muerte, por eso la primavera te hace huir, te lastima, te silencia irremediablemente.

Te confieso que cuando de verdad estoy mal, cuando la vida se me viene encima con golpes imparables, acudo a ti, a tu sabiduría agria, a tus palabras inmensas, a tus poemas imposibles, a tus versos que suenan como balas. Milagrosamente me recupero, porque eres autentico, porque hay verdad en lo que dices, y eso aligera mis pasos sobre la tierra.

Y es que yo aprendí a vivir leyendo tus poemas, Jaime. Aprendí a comer de los frutos de la noche, me enseñaste a pronunciar las palabras interminables del amor. Creí en ti, en la música asesina de tus versos, en la rabia que vomitabas contra lo fatalidad del dolor, en tus silencios graves, en tus ojos que tienen el poder de desnudar a los miserables. Viste la vida y nos contaste de ella. Yo me sentaba a tu lado, sin que me vieras, derrotando al tiempo y al espacio, y ahí, en tu regazo, me di cuenta que a los demonios propios es imposible darles muerte, entendí que la razón siempre se queda dormida justo cuando la vida se torna brusca, entendí también que el amor es una daga envenenada con la que todos los días nos suicidamos.

Ahora, por estas fechas, los políticos y las señoritas de sociedad se acuerdan de ti, conmemoran tu muerte, recitan tus poemas solemnemente como si fueras un santo en su cueva. Saben muy poco de ti; tu poesía se hunde en el lodo de la vida, es alegre y triste como un niño perdido, es una poesía libre, que hiere inocentemente, una poesía impura, agria, fatal como una puñalada por la espalda.

Los poetas no se mueren, Jaime, los matan los actos públicos, los matan las estatuas, las placas de honor, los mata la tristeza de un mitin político. Tú, sin embargo, resistes porque tu poesía la canta el desvalido, el pobre de bienes; tus poemas dan luz a los días de los desheredados, a los rechazados por las academias, tus poemas son esa lumbre incombustible que ilumina la soledad de un bosque. Cada vez que alguien respira un poema, tuyo, o de Miguel Hernández, o del invencible Whitman, despiertas de tu sueño, tu mirada se renueva y hasta los desdichados sienten nuevamente ganas de vivir.

No estás muerto, Jaime. No descanses en paz, poeta. No te permitimos la muerte. Ni ahora, ni nunca.

 

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