Ave, César.

by samuelr77

 

El descenso a los abismos es uno de los grandes argumentos de la historia. Las culturas han provisto al imaginario colectivo de leyendas sobre el tema del descenso a lo oscuro, a la hostilidad de los infiernos. Incluso, se puede trazar una línea literaria muy sugerente sobre las grandes obras de la literatura que narran a héroes que se atrevieron a enfrentarse con los estertores del inframundo.

Desde el artero Ulises hasta el melancólico Meursault de “ El extranjero” , los héroes de occidente han sido tragados por el gran pez de la vida que abre sus tremendas fauces para devorarlos vivos. Es entonces cuando el héroe mide el contenido de su carácter y logra concretar el deseo de más vida que lleva en sí la cultura a la que representa.

En su más reciente filme, los hermanos Coen lanzan una versión sumamente original sobre el tema del descenso a los abismos. En una escena en particular, un personaje actúa una rutina acuática en donde es tragada por un gran pez, por una ballena que acto seguido la expulsa por un imaginario espiráculo hasta que la cámara y la actriz casi se tocan en lo alto en un movimiento tan mágico como original. Este baile, en apariencia banal, puede entenderse como una metáfora de las intenciones del filme. Si bien en otros filmes de los mismos directores, la relación de los protagonistas con los abismos es sumamente asfixiante, en ¡ Ave, Cesar! ( Hnos. Coen, 2016), el tono roza en lo cómico y es en realidad una corrosiva burla que encierra en lo profundo una intuición universal : lo que es un paraíso para unos, puede ser un abismo para otros. El hecho de que la figura de Jesús, el gran representante de la inmersión en occidente, permee como una sombra sobre todo el film, confirma nuestras sospechas.

Así, los personajes principales son arrancados violentamente de sus mundos originales para ser depositados en un mundo extraño, en un mini abismo en el que tendrán que aprender a sobrevivir luego de adaptarse a las locuras particulares del pequeño infierno en cuestión. Detrás de cada descenso aparece como responsable directo o indirecto una figura ambigua, demoniaca y santificada a un tiempo; un pequeño demiurgo que es encargado de promover el cuidado de la armonía preestablecida que no puede ser rota más que por el mismo.

En ¡Ave, César! nadie sabe lo que ocurre, la información genera una alta dosis de confusión, el medio para conectarse con la verdad es inexistente, todo es paro y arranque, prueba y error. En este mundo nebuloso quien tiene más poder tiene mayor angustia y esa angustia genera una necesidad de control que cuando se ve en peligro acelerara los mecanismo de dominio hasta convertir el filme en una extraña poética de la infelicidad colectiva.

La heroicidad pervertida que aquí es presentada es lo que logra re ordenar el mundo, sin embargo esto produce presupuestos muy malos para la libertad y para el uso de la voluntad propia. En el prólogo a la versión francesa de su libro “El hombre unidimensional” Hebert Marcuse realiza una revisión crítica sobre la sociedad estadounidense, expresa que una sociedad en la que se disciplina irreflexivamente a quien no somete todas las dimensiones de su existencia a la voluntad de el status quo imperante, esta destinada a la asfixia intelectual y por ende a la autodestrucción.

La crítica de Marcuse y su presencia en el filme no es casual. El robo de la voluntad es el verdadero descenso a los abismo que el hombre de nuestro tiempo experimenta. La perdida de la voluntad en nombre de una armonía preestablecida genera una destrucción y miseria existencial que es a todas luces dirigida por industrias perversas como en ciertos aspectos de la industria cinematográfica en Estados Unidos o la de la televisión en nuestro país.

Los Coen nos cuentan la historia de nuestros avatares con una sonrisa cáustica en el rostro que guarda dentro de sí el sonido de los males de nuestros tiempos.

 

 

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