Kurosawa, el arte y el ahora.

by samuelr77

El film “Sueños” del director japonés Akira Kurosawa inicia con un cortometraje tan bello como perturbador. La toma se abre sobre una antigua casa de la que sale un niño, llueve, pero hay sol. El niño se resguarda en el umbral de la puerta, tras él sale la madre. El niño duda entre si salir al bosque o quedarse en casa. Tiene un dilema. La madre le da la orden de quedarse en casa y le advierte que en el bosque habita un peligro extrañísimo y casi incomprensible; le dice que en los días de sol y lluvia los hombres-zorro celebran una ceremonia de bodas y no les gusta ser observados so pena de castigo a quien lo haga.

El castigo, como veremos más adelante, es la muerte por suicidio. La ceremonia de los zorros ocurre en lo profundo del bosque, ahí donde el hombre se pierde y se confunde, ahí donde la vida surge de manera arrasadora, donde emergen los sueños, y el hombre es sólo parte y no señor de la naturaleza. El bosque es esa zona inocente y salvaje de donde no debimos salir pero que una vez que regresamos nos impide volver tal y como llegamos.

El niño, inconsciente ante el peligro, es motivado por la misteriosa advertencia de la madre y se lanza al bosque en busca de los hombres-zorro. Ha dejado atrás su casa, esa construcción milenaria que lo protegía de la hostilidad y determinaba su relación con el mundo, y que sin embargo le resultaba insuficiente para entenderlo en su plenitud. Al internarse en el bosque ha dejado atrás ese universo cerrado que le impide ir más allá, que si bien lo protege , acota sus deseos y limita su visión. La madre misma, al explicarle los riesgos que le supone el bosque, restringe la experiencia vital del niño, pero al mismo tiempo lo moviliza y le propone tácitamente una ruptura con el refugio milenario que significa la casa.
El niño toma la determinación de escapar de la tradición, se aventura en el bosque; al desobedecer la orden de su madre sobreviene el rompimiento. Al transgredir la orden de la madre, el niño es lanzado a lo exterior donde, para sobrevivir, es imperativo apropiarse de sí mismo. Sabemos que es un niño, quizá se pierda, quizá caiga en el intento, no tiene noción de que lo vendrá enseguida, sin embargo ha creado su propio juego. En lo profundo del bosque, allá lejos de la tradición, donde el hombre esta solo con lo natural y con sus pasiones, observa la ceremonia de los zorros, entiende que ha llegado al punto de no retorno.

 

Los hombres-zorro danzan en el bosque, surgen de entre la niebla, vienen de un tiempo originario, anterior a la casa de la madre, de lo profundo de la conciencia. El niño se sabe en un mundo misterioso, lejano y cercano a un tiempo, ha visto lo que en casa de su madre no está permitido ver,  está en la belleza viva. Así, en lo abierto, ve la posibilidad de movimiento, de vida en movimiento, lo contrario al orden cerrado. De pronto es descubierto, los hombres-zorro se dan cuenta que son observados; el niño huye, la mirada fugaz del zorro lo ha puesto frente a su destino, ¿qué hacer? El niño decide regresar a la casa, esto es imposible, ha roto con las reglas de la madre y la casa es ahora un lugar inaccesible. No puede volver a entrar, esta confinado a lo exterior como antes lo estuvo a lo interior.

 

Al romper con su orden primero ha roto también con su derecho a ser acogido nuevamente, su mundo una vez más se ha vuelto un dilema, está fuera de la tradición y no puede permanecer en pureza vital que le sugiere el bosque, abandonado en sí mismo se sabe solo y confundido. La madre le anuncia lo terrible que quizá no lo es tanto: debe sacrificarse, le entrega un sable; el niño la mira contrariado, la madre le dice que para evitar la muerte debe ir en busca del perdón de los zorros del bosque pero que no puede regresar a casa. Contrariamente al mito de Adán y Eva, el niño es expulsado al paraíso, en donde tendrá que enfrentarse a la vida y la muerte, arrojado como un delincuente pero con la posibilidad de permanecer si logra encontrar la respuesta a los enigmas que le surjan.

 

En la última escena el niño camina perdido en un bosque de flores, cerca de la montaña un arcoíris se dibuja en el panorama, un huracán de colores acaricia la mirada, la hierba del campo es un poema; una ligera llovizna refresca el mundo. En medio de este paisaje de ensueño el niño camina con un sable en la mano, sabe que debe buscar a los hombres- zorro para ofrecer disculpas, sabe que si no los encuentra debe suicidarse. Lo bello y lo terrible se entrecruzan, se mezclan, se confunden, el niño va tomado de la mano de la muerte mientras la vida en su plenitud lo envuelve. El niño está en la vida, pero también está en la muerte, cada paso que da es habitado por la construcción y la destrucción, su destino es un claroscuro constante, su mirada se encuentra plena de tiniebla y claridad, de sueños y pesadillas, de la voz trémula de la muerte y de la larga respiración de la vida. El mundo se ha revelado al fin tal y como es. Ya no se revela nebulosamente en la pasividad de la tradición, no hay un Dios creador que ejerza de gran apertura, y que nos arrastre frenéticamente con su caída, estamos en el movimiento constante del bosque, en donde el hombre debe ser dueño de si, y esta obligado a encontrar su propio camino. El niño deambula por el campo abierto, donde todo se mueve hacia lo eterno y donde todo es temporal.
El niño de Kurosawa es la representación del artista contemporáneo, ese que vive un mundo único y quizá más verdadero que la rigidez de la tradición, ese que habita en el inmarcesible bosque del movimiento, está en lo real que sueña, donde la belleza no corresponde a otro plano de la realidad sino que surge y se funde con las fuerzas vivas que pueblan la vida.

 

El artista de hoy se han lanzado desesperadamente a una búsqueda terrible, la tradición le resulta insuficiente para entender el mundo, ha visto lo que antes estaba prohibido, ahora debe andar en el filo de la locura, en el filo de la sangre y buscando continuamente los estertores de la muerte. Estas fuerzas se agitan dentro de él, ya no como una posibilidad llegar a un trasmundo; hoy estas fuerzas se entrecruzan en su propio destino para que de una vez por todas el hombre logre apropiarse de su ahora.

La conquista del ahora demanda un rompimiento con las visiones reduccionistas de la realidad, el artista contemporáneo es ese niño terrible que esta destinado a deambular en soledad por el páramo de la existencia, encontrando sus verdades mientras conversa vívidamente con los estertores de la destrucción y de la belleza terrible y arrasadora que lo rodea. El arte ha entrado en el dilema de la finitud que sin embargo proporciona un toque de honestidad y vitalidad como pocas veces visto en la historia.

Estamos en la era del arte del ahora, es momento de acudir ante la presencia de los hombres-zorro y dilucidar de una vez el dilema de la vida o de la muerte para poder continuar nuestro camino hacia la madurez.

Salud.

 

sueños1

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