“Birdman”, Rulfo y la locura: atisbos de redención.

by samuelr77

La locura llama a nuestra puerta, irrumpe salvajemente. Una vez que nos invade, hemos llegado a un límite, a un llano en llamas, ahí donde todo lo que parecía familiar queda borrado por el instinto incontrolable. La locura, sin embargo, no llega sola, detrás de ella, siguiendo una estela de lumbre, aparece una invitada imprevista: la misteriosa lucidez.

Sería muy aventurado afirmar que Alejandro González Iñárritu se inspira en la literatura de Juan Rulfo y que la incorpora a su más reciente film, “Birdman”. Ambos, sin embargo, se mueven en las mismas profundidades. Tanto Iñárritu como Rulfo dirigen nuestra atención hacia un punto crítico de la experiencia humana, hacia ese preciso momento en que una concentración de fuerzas poderosísimas ataca decididamente el centro de la existencia. En este punto, la histeria, a veces disfrazada de cinismo, otras de un dolor infinito, toma el instante y todo parece avanzar directamente hacia un abismo, ahí donde la razón ya no puede llegar. Sin embargo, en medio de esa densa oscuridad, un atisbo de lucidez aparece en el horizonte y un haz de luz ilustra el rostro de los protagonistas para llenar el mundo de verdad, aunque sea por unos breves momentos.

Riggan Thomson, el personaje interpretado por un magistral Michael Keaton, aparece ante el espectador en un palpable estado de neurosis, además, se encuentra sumido en una notoria decadencia que se acentúa conforme avanza el filme. El ojo de Alejandro González nos dirige entre la jungla de la locura y localiza el momento en que el mundo llega a un punto de no retorno. El famoso plano secuencia rastrea la aparición de lo cínico, de lo fatal, de lo instintivo, nos hace participes de altas concentraciones de dolor, decadencia, y malestar. Birdman no es un film sobre la locura, es la locura. Una locura, sin embargo, que no se consume en sí misma, una locura preñada de clarividencia. El protagonista se nos muestra continuamente en situaciones arrolladoras, la tensión se acumula hasta crear una atmósfera irrespirable que parece ahogarse en sí misma. Los duelos entre personajes se acumulan y se repiten, sin embargo en el momento justo, un relámpago de lucidez surge de pronto y la atmósfera se refresca con la súbita aparición de la frase sabia que ferozmente nos deposita de nuevo en el filo del conflicto.

“Birdman” es un mundo al límite que nos lleva directamente a un momento de revelación. La más notoria, cuando el protagonista atraviesa la avenida en ropa interior, y es blanco de la burla y el escarnio de un público vulgar sediento de espectáculos baratos. La escena sugiere una pesadilla y un punto de no retorno. Su carrera parece dirigirse a un inminente final; segundos después, ya en el teatro, nuestro personaje entrega una actuación portentosa que lo catapulta al reconocimiento público y lo sitúa en una nueva dimensión artística. Este modelo se repite en los puntos más intensos del film; las escenas y los personajes están plagados de muertes y resurrecciones, de caídas al abismo y recuperaciones magistrales.

En, “No oyes ladrar los perros”, Rulfo nos presenta una atmósfera similar, un mundo igualmente al límite. El personaje principal, un padre que carga a la espalda a su hijo en medio de la densa oscuridad de la montaña, es quien recibe y vehicula los restos de la locura. El cuento puede entenderse como una meditación sobre la lucidez que surge de un momento de extremo dolor. En un punto de la narración, el hombre, que va herido a la espalda del padre, llora y parece arrepentirse por los excesos de una vida entregada al robo y a la violencia. El hombre vuelve a la inocencia del niño que se refugia en la compasión paternal. Ésta vuelta atrás es también el regreso y la aparición de la lucidez, es el momento en que la cordura, al final del día, vuelve a tomar su lugar en el mundo. El desenlace del cuento, así como el final del filme, es contundente y nos informa que quizá la lucidez no repara el mundo, sin embargo, es capaz de ponernos a cuentas con nosotros mismos.

Rulfo y González no hacen más que seguir una intuición histórica que nos indica que luego de los grandes momentos de crisis aparecen también grandes momentos de creatividad, después de la locura tóxica que parece acabar con el aire, surge también el momento de la lucidez, de aquello que tiene la virtud de aclarar el pensamiento y hablarnos de las verdades más finas de la existencia. No es casual que después de la Revolución Mexicana aparecieran voces tan potentes como las de Octavio Paz, Jaime Sabines, José Gorostiza o el mismo Rulfo. No es casual que después de la caída de España en 1899 y la pérdida de Cuba, uno de los puntos más bajos de su historia moderna, aparecieran en el horizonte Buñuel, Dalí, Lorca, Picasso y Unamuno. “Birdman” inconscientemente apela a este juego de crisis y revoluciones, de muertes y resurrecciones, de caídas y amaneceres que son también el signo del hombre en la tierra.

La poética de “Birdman” nos hace participes de la ambigüedad de la existencia: después de un grave momento de oscuridad existe también la posibilidad de la clarividencia, esa posibilidad que nos abre la mirada para ver la vida nítidamente. Una lección indispensable para una sociedad como la nuestra, sedienta de cordura y nitidez.

El arte nos ofrece respuestas, respuestas que siempre han estado ahí, esperando a ser descubiertas en los íntimos hábitos de nuestra sangre. Están ahí, en la voz inmarcesible de Rulfo, en la mirada inquieta y reveladora de Alejandro González Iñárritu.

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