Elogio al barman.

by samuelr77

“Cantinero que todo lo sabes, he venido a pedirte un consejo…”
Canción: “ El cantinero” .
José Alfredo Jiménez .

Agua, aire, tierra y fuego, los cuatro elementos se sienten en la garganta. En el bar el mundo gira, los pensamientos se agolpan, las emociones se encienden. El que quiere gritar, grita, el enamorado se derrama en un beso, el moribundo mira directamente a los ojos de la muerte y sonríe, el poeta aúlla. En medio de este remolino, un hombre misterioso permanece en paz, su condición lo sitúa por encima del instante, quizá porque sabe ha descubierto la fórmula mágica que, al menos por unas horas, alivia todos los males.

El barman es un ser misterioso, su trato diario con la gente, esa lejanía en la que habita todo el tiempo, le ha dotado de una sensibilidad mística. Su oído es fino como el de un lobo, sus ojos, siempre despiertos, saben distinguir la temperatura de las miradas. Su estampa callada y enigmática revela que es un hombre de respuestas pero también de preguntas.

Si bien es un personaje reciente en la historia, sus antepasados son ilustres: es descendiente directo de los antiguos sacerdotes ancestrales, de esos seres impenetrables que eran dueños de los secretos del mundo natural y del mundo espiritual. Estos oficiantes legendarios se situaban en la frontera de dos realidades y abrían las compuertas de la percepción a través de bebidas espirituosas. Estas bebidas contienen la posibilidad de revelarle al hombre su verdadera voz, y llevarlo al otro plano de la conciencia, a otra dimensión. Aún hoy estos brebajes fatales nos hacen hablar lenguas intraducibles y nos deparan momentos de larga reflexión, mientras hacen girar la tierra a velocidades insospechadas.

El barman es el heredero directo de esos secretos, de esas fuerzas; es un sacerdote inconsciente de su investidura; un sacerdote al revés, cuyo signo no es lo santo, sino lo profano. Su espíritu inmemorial está entrenado para la mágica labor de repartir el elixir sagrado en dosis justas y medidas. No es casualidad que las bebidas queden siempre por encima de ellos mismos a manera de ídolos que habitan en un plano superior, como pequeños dioses líquidos a la espera de hablar a través del hombre que los beba.

En el ámbito del bar los brebajes son sagrados y sólo pueden ser tocados por las manos elegidas, profanar esta ley sería un verdadero sacrilegio. El barman es por lo tanto un privilegiado, es el único que tiene el poder de acercarse al gran altar en busca del liquido primordial y entregar al hombre común los secretos del vino y las verdades del sueño y del olvido. El barman es un sacerdote audaz y verdadero que nos lleva hasta al otro lado de la vida, allá donde el mundo se transforma según nuestros ángeles y nuestros demonios.

En sus manos todo cobra sentido por unos breves instantes, la niebla se disipa de los ojos del que bebe, el tiempo deja de pesar en la mirada, los fantasmas huyen, la música es un bálsamo, la risa aparece debajo de las mesas, el corazón es una sonaja de llena de monedas nuevas. Cuando la noche termina, el sacerdote declara silenciosamente que la vida puede seguir su marcha; entonces, la gente deja el bar con la sensación de haber sacado de su corazón una espina ardiente que les impedía andar ligeramente por la vida.

El barman tiene además otra cualidad: es también un químico cimarrón, un científico salvaje que busca la fuente de la felicidad; es un hechicero, y sabe que la tierra destila líquidos primordiales que nos hacen descubrir nuestro propio rostro, es el alquimista que busca incansablemente la fórmula oculta que nos libre de la tristeza. En tanto médium, ha heredado los elementos mágicos, los símbolos y los misterios que curan al hombre de todos sus males aunque sea por unas horas. Su labor no es una panacea, es el sueño de una panacea.

Las bebidas que mezclan llevan en su esencia fuerzas poderosas: El vino, sol en gotas de sangre antigua; el vodka, rebelde fuego helado, triste sonrisa transparente; el whisky, arroyo de lágrimas que rompen el invierno; el mezcal y su dolores; el tequila, llanto que hiere como una espina mortal; el aguardiente, fugaz y agreste como una amante rebelde; la cerveza, dama antigua que enamora sin permiso; el ron, hijo del mar y de la selva; el pisco, agua de luna nueva.

Todo esto se combina hasta llegar a la garganta del hombre y hablarle de su destino. La verdad es que ciertas dosis de alcohol nos ayudan a flotar sobre las horas negras de la vida.

El Barman es un alquimista de hoy, sus manos juegan con líquidos primordiales en nombre de la felicidad momentánea. Es un extranjero en su propia tierra que aprendió a conversar con el agua que destilan el sol, la luna y el corazón de la uva. Su labor es necesaria para la continuidad de la especie. Sus brebajes llenan de silencios al que grita, dan fuerza al que llora, provocan que el débil se sienta invencible unos instantes y pueda enfrentar su lucha eterna contra la muerte mientras dure la noche de copas.

La magia de nuestro personaje acaba cuando cae la noche. Su presencia se disipa, se pierde, se borra de la mente de los demás. Sus cualidades de sacerdote desaparecen, el filósofo que habla a través de él cae en el olvido, el alquimista pierde sus poderes cuando aparece la primer luz de la mañana.

La noche lo traerá de vuelta, y ríos de alcohol lo investirán de poderes, de palabras y de símbolos que vienen desde las voces más profundas del pasado.

Posdata:

En mi vida he conocido multitud de barman. Sin embargo, ahora mismo vienen tres a mi memoria. Los recuerdo como se recuerda a una esfinge, como se recuerda a un ídolo de barro que se desvanece lentamente en la memoria.

En Lima Perú conocí a uno cuyo nombre he olvidado. Era un hombre anciano, sus manos, sin embargo, se movían con la naturalidad de una gacela que danza en lo profundo de una pradera. Tenía algo de sacerdote, no es casual que rigiera con sonrisa serena la barra de un bar llamado “La Gloria”. Hablé con él durante algo más de una hora. El bar apenas abría, era una de esas tardes grises que le dan a Lima un sabor a dulce tristeza. Me habló como hablan los sacerdotes, seguro y lejano a un tiempo. Hablaba alto, retando al viento. Detrás de él, una legión de licores lo protegían; eran en realidad un ejército de fantasmas listos a atacar el instante.

Otro barman viene a mi memoria. Gobernaba con mirada de hierro la barra del bar de un hotel en la fría Chicago. Era un hombre laborioso y preciso, un moderno alquimista entregado a la perfección del trago en cuestión. Su mirada de hielo calculaba la dosis justa, sus manos trabajaban por la pulcritud y el placer; no denotaba el más mínimo interés por su alrededor. El trago requería toda su concentración y toda su entrega. Trate de forzar unas palabras con él, se limitó a ponderar las bebidas del sur de Estados Unidos, y a remarcar la preeminencia de los cócteles sobre los destilados en el gusto de los caballeros de la zona. Era, sin duda, un trabajador de lo misterioso, un filósofo hermético.

Un tercer barman cierra este circulo. Desde su bar andaluz, Fuensanta le anuncia al mundo que es dueña de las llaves de la luz y de la sombra. Algo de hechicera tiene la mujer, sus ojos negros desnudan el instante. Sus manos aprendieron el milagro de la delicadeza. Cuando sirve un trago lo hace desde la certidumbre de que la magia existe; cuando se bebe el vino de Fuensanta, una leve estela de luz enciende el atardecer. Es la mejor amiga del vino, el vino es su duende, su talismán. Ambos se han enamorado y me han enamorado a mí. Tanto que, aunque no estoy en ese bar, siempre estoy ahí, perviviendo en lo auténtico, en la magia de lo verdadero.

Don, Barman de The Whitehall Hotel, Chicago Illinois.
Foto por Pamela Nebiu.
pamelanebiu.tumblr.com
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