Música y verdad.

by samuelr77

El poder de la música abre en nosotros otro ser: el verdadero, el intranquilo, el angustiado, el soñador, el furioso; el que irrumpe para actuar en medio de la hipocresía de la realidad.

No es casual que la experiencia de la música esté presente en las costumbres guerreras y sexuales de los pueblos antiguos. En tanto seres necesitados de verdad, estamos destinados a musicalizarnos para ir más allá de nuestros límites naturales. La música es ese misterio que nos acerca a las verdades del mundo. Nuestro ser, ese espectro indefinible, se ve atrapado en una cantidad ominosa y lacerante de convencionalismos sociales que lo atan y lo reducen, se hace reconocible en la música, despierta de su letargo de siglos, para que la vida transformada, ya sea en deseo, o en ira, o en grito suicida, tome posesión del instante.

La verdad sobre la experiencia humana tiene así un aliado indispensable: el poder envolvente de la música operando en el interior del hombre. Si la realidad y la música, como anuncia Nietzsche cáusticamente, no concuerdan, peor para la realidad. La música nos redime de la miseria de los gobernantes, de la maldición de la fe, de la torpeza de los sistemas educativos. La música nos salva de las malas formas del amor y de la terrible aridez de la moral.

En una escena especialmente reveladora, Ulises, el más hábil de los hombres, va en busca de Aquiles. Lo necesita para tener a los dioses de su lado durante la guerra de Troya. Aquiles,un adolescente aún, se encuentra estudiando en un refugio para señoritas en algún lugar secreto, debe permanecer incógnito para preservar la vida. Ulises descubre el lugar, sin embargo no puede encontrar a Aquiles, quien se pierde entre las risas de las niñas y una apariencia andrógina. Ulises nota que en la entrada de la escuela hay un gran escudo de acero, con su espada golpea fuertemente el borde del escudo, extrayendo de él notas sumamente inquietantes, la real y verdadera música de la guerra. Las niñas huyen despavoridas, todas menos una, el niño/niña Aquiles queda fascinado por el sonido arrollador de la guerra, se despoja de sus ropajes de adolescente y pide un arma. La música ha logrado extraer de él su verdadera imagen.

Este acto de liberación aparece cuando el poder de las notas musicales se hace efectivo en nosotros. Nos libera de lo que alguien más nos ha fabricado, nos obliga a ser quien somos; rompe en un solo movimiento fatal y necesario la imagen que nuestros padres, nuestros amigos, la sociedad, o una academia ha logrado formar en nuestra vida y nos sitúa inmediatamente en una batalla a muerte contra las huestes de lo falso.

La música, es por lo tanto, una necesaria violencia, una veneno activo que ataca directamente a los engaños del mundo, un ariete contra la malas artes, un escudo contra los mecanismos miserables de la fe. La música nos anuncia a nosotros mismos, nos desoculta, nos reta a disolvernos en la nada, hace de nosotros un ser para la vida, por más lejana que ésta promesa pueda parecer.

En los albores del siglo XX un anciano andrajoso viajaba en una diligencia con una bella dama de la sociedad londinense, atravesaban una región particularmente lúgubre de la campiña inglesa. Un silencio incomodo se formaba entre ellos. De pronto, una tormenta asesina se dejó sentir en el bosque, truenos y relámpagos herían decididamente la penumbra. En medio del estruendo, el anciano sacó la cabeza y boca arriba se dedicó a contemplar la tormenta durante más de media hora, volvió al interior de la cabina empapado y sonriente. La mujer, sin poder contener su curiosidad, le preguntó que buscaba ahí afuera, el anciano dio una respuesta tan enigmática como reveladora: he visto cosas maravillosas y nunca antes vistas. La mujer instintivamente se sintió arrebatada por un impulso incontenible y sacó la cabeza para apreciar con sus propios sentidos la música imponente de la naturaleza. Vio por ella misma los paisajes maravillosos de los que le hablaron. Cosas maravillosas y nunca antes vistas se desplegaron ante sus ojos, no volvió a ser la misma. La terrible y verdadera música de la naturaleza fue capaz de lanzarla más allá de sí misma; la movilizó y reveló en ella las más inquietante sensaciones.

Este es el poder de la música, el poder de arrancarnos de nuestros límites naturales, el poder de enfrentarnos a lo terrible, a lo desmesurado, de negar los engaños milenarios a los que somos sometidos cruelmente y que han fabricado en nosotros un ser para la muerte, inmóvil e inauténtico.

Es entonces cuando las palabras de Nietzsche cobran una profundidad interminable: “Sin música, la vida sería un error.”

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