Los misterios de un hombre muy particular.

by samuelr77

En una larga avenida, confusa y revuelta como un río que se cubre de miseria, hay una funeraria bastante lúgubre,( salvo que todas lo son) a la que he asistido varias veces a presentar mis respetos a inconsolables deudos.

No hace mucho tiempo tuve que ir nuevamente. Estaban ahí las mismas flores marchitas, los mismo Cristos agonizantes, el mismo aroma gris, las mismas lágrimas inmóviles respirando nostalgias y dolores eternos.

Estos sitios no cambian, se mantienen fieles a su triste función. Ahí, un dejo de dolor inacabable nos invade los huesos. No es para menos, estar en un sitio así, tan cerca de la ciudad de los dolientes de Dante, nos transforma a todos en viajeros del infierno, en habitantes temporales del cielo sin estrellas que describe el mismo poeta.

A un lado de la funeraria, sin embargo, encontré a un ser que había olvidado y que siempre despierta en mí las más inquietantes reacciones.

Es un músico, o al menos eso aparenta, pasa todo el día a un lado del camino, frente a la larga avenida, ofreciendo espacios para estacionar los vehículos de los dolientes que llegan. Uno le da algunos pesos y él se encarga de cuidar el automóvil mientas la gente acude a enfrentarse con el rostro de la muerte. Carga una acordeón desafinada y torpe, siempre esta iniciando una melodía, se detiene, inicia de nuevo y vuelve a parar.

Nunca lo vi terminar una canción, esta más bien instalado en la nada, eternamente en pausa como una ola que no terminara de romper sobre la playa negra de un mundo miserable.

Su rostro es duro y bien definido, como una estatua milenaria; sus manos son grandes y toscas, casi obscenas. Su mirada se pierde en el desconsuelo, sonríe siempre, así, impersonalmente, como un banquero o un oficial de tránsito. Esa figura mortecina me resulta incomoda, esta siempre ahí, junto a un río del olvido que desemboca en la muerte, observando el dolor de los que llegan, intentando arrancar del acordeón no se que música interminable que nunca se decide a nada. Su mirada terrible parece decir lo que dice el barquero de Dante: “Ay de vosotros, almas perversas”.

Esa mirada amarga esta presta para llevarnos a la otra orilla del rio, ahí donde habitan las eternas tinieblas del dolor. Es sin duda un Caronte actual, un heredero del antiguo barquero de la muerte.

Su función es transportarnos de un mundo a otro, del río iracundo e incontrolable de la vida, a la inmovilidad intransigente de la muerte. El hombre pasa el día tocando un música que no termina, aburrido de la eternidad, esperando a los deudos, abriendo una ventana al más allá inconquistable, ahí donde, ante la verde mirada de la muerte, todos nos volvemos filósofos por un instante breve y luminoso.

Caronte ha cambiado y no ha cambiado. Sigue siendo el mismo, sigue ahí, a un lado de la vida, esperando a aquellos que caminan hacia las sombras, esperándonos a todos, en una larga vigilia interminable y necesaria. Sin embargo, ya no es el viejo aquel amargo y miserable, la música lo ha transformado. Ha elegido el ardua acordeón quizá porque sabe que le sobra el tiempo.

¿Qué música misteriosa saldrá de un ser así, el día que termine de componer su interminable pieza? ¿será una música de muerte y soledad, de desolación y polvo?, ¿será una música de sonidos y furias que acabará con la poca esperanza que nos queda? ¿o será una música de alegrías luminosas que nos enseñará para siempre a celebrar la vida?

La respuesta nos espera pacientemente justo en el filo de la nada.

Ilustración de Paul Gustave Doré (1832- 1883)
b3f1a96979a9b3ee08111de6fa140101

Advertisements