Historias del fin del mundo.

by samuelr77

Lo que voy a relatar es un intento por atrapar lo imposible.

Todo ocurrió en una ciudad que el mundo entero reconoce como bohemia, quizá hasta el paroxismo. Puede ser Granada, o Venecia, o Montevideo. Por comodidad literaria digamos que fue en Montevideo. La historia que contaré sucedió en uno de esos años axiales, ( salvo que todos, a su modo, lo son) en los que en cuestión de días, el mundo cambia para siempre, de tal manera que lo teníamos por familiar desaparece sin dejar la menor huella. Pudo ser el 68, o el 94, o el 2010. Digamos, por mor de la verdad, que fue en el 2010.

Montevideo es una ciudad falsamente gris. Los edificios decadentes hablan constantemente de maravillas por descubrir. En Montevideo hay que acercarse a las cosas para apreciar su belleza, es una ciudad que exige la cercanía. Uno descubre que los tonos grises y ocres de los edificios y las plazas esconden colores y formas tan elegantes como vivas, que se impregnan para siempre en la memoria del caminante.

La ciudad habita en la fragilidad del fin del mundo, no se revuelve en una lucha constante frente al río como Buenos Aires, su hermana; más bien reposa y se deja acariciar por los últimos estertores de una corriente salobre que se funde con la inmensidad del mar.

En este fin del mundo me refugié durante algún tiempo. Es extraño refugiarse en una ciudad que en otro tiempo fue hostil con Benedetti.

Recuerdo que caminaba esas calles como quien recorre un lugar imaginario. Caminaba, bebía como soñando, como sí un transe inmemorial me poseyera y me abriera el oído para escuchar los rumores de la ciudad.

Así descubrí que en una de las esquinas habitaba un payaso vagabundo al que le faltaba una pierna, nunca sonreía, nunca lo vi sin maquillaje, no pedía dinero, ni nada. Saludaba a la gente con las hipérboles más cursis de la buena voluntad. “Paz y bien”, decía, “se feliz que hoy es tu día”, “alégrate de la creación” y cosas por el estilo. Un día me acerqué con unos pesos para él, los rechazó con un gesto amable pero decisivo. “Vaya en paz”, me dijo. Era, sin duda, un maniático de la felicidad.

Otro día, caminando por las ramblas, un chico solitario me invitó a beber con él, no hablaba mucho, usaba unos lentes de sol y era dueño de una sonrisa tranquila que combinaba muy bien con su amor por las drogas. ¿Sabés?, me dijo tranquilamente mientras su mirada se perdía en el horizonte, nosotros los uruguayos somos como argentinos que se han tomado un té para los nervios. Fue todo lo que me dijo, o todo lo que recuerdo.

En cada encuentro, tenía la impresión de estar descubriendo la poesía más sencilla y honesta del mundo. Una poesía sutil, sin pretensiones, llena de gracia y de verdad.

En el centro de Montevideo está situada la catedral. Me llamó la atención el tamaño y la discreción del edifico. Era, debo decirlo, una construcción breve y tímida, que se levantaba del suelo con muchísimo esfuerzo, como pidiendo perdón. No tenia la impertinencia de esas catedrales imponentes y soberbias, que se hacen dueñas del panorama con una obesidad arquitectónica que hace daño al paisaje y eliminan toda posibilidad de redención.

La catedral de Montevideo esta ahí, avergonzada, como si supiera que el fin del mundo se encuentra a un par de calles de distancia, como si la proximidad del abismo hubiera atemperado la eterna sed de poder de los jerarcas católicos, y una sabiduría espectral hubiera reducido al mínimo su necesidad de dictar normas sobre el más allá. El fin del mundo tiene ese efecto, irremediablemente pone a cada quien en su lugar.

Por las noches solía pasear, caminar con mis soledades. Recuerdo que la plaza Independencia, que es amplia y generosa como un viejo misterio, estaba generalmente habitada por parvadas de chinos que tenían la extraña costumbre de acomodarse en una sola banca. De tal manera que, a pesar de que la plaza no carecía de las mismas, a menudo se encontraba uno con quince chinos empalmados unos sobre otros, retorciéndose y muriéndose de calor ocupando ridículamente una sola banca, sin duda extrañando su querido Shanghái. Y es que el sur de continente tiene ese efecto, lo abierto y la cercanía con el abismo trastornan a cualquiera. No recuerdo que hablaran, estaban ahí, juntos, apretados como en cualquier buque de carga, quietos, asustados ante la inmensidad de la nada. Presas, sin duda, del palpitante fin del mundo que ya se anunciaba en las tenues olas del Río de la Plata.

Al final, vagar por Montevideo ha sido uno de los placeres más reveladores que he experimentado en mi vida. La ciudad posee un espíritu soñador que acaricia al distraído. No promete nada y sin embargo, al estar ahí, respirando ese aire cargado de nostalgias el mundo se vuelve soportable. Al pasear la mirada entre las ramas de los últimos árboles del tiempo, uno se siente ligero, tan ligero que puede flotar sobre la nada del mar y sobre la promesa del abismo. Estar ahí, en una ciudad que se mece en el fin del mundo, depara al visitante la necesaria sensación de fragilidad y de calma, indispensable en estos tiempos de vértigo e impaciencia.

Montevideo

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