A propósito del Islam.

by samuelr77

Debo prevenir al lector que aquí no encontrará una exhaustiva investigación sobre los orígenes del Islam, mucho menos una crítica feroz contra los miserables guerreros que destruyen imágenes y ciudades en la inmediaciones de Bagdad. Lo que mis improbables lectores están a punto de leer, es una humilde visión sobre algunos fieles del profeta Mahoma que tuve ocasión de conocer en la ciudad de Granada España, en el mes de Mayo de 2012.

El mirador de San Nicolás está diseñado para contemplar la belleza de la Alhambra, desde ahí se puede ver como ésta construcción milenaria descansa suavemente sobre la colina, está ahí, respirando nostalgias, satisfecha de sí misma, congelada en el tiempo y retando al espacio. A un costado del mirador está situada una Mezquita. Al amanecer y al anochecer, como es la costumbre, los musulmanes le rezan al Dios sin rostro. Debo confesar que siempre tuve curiosidad por visitar la Mezquita, me atraía la serenidad y la magia que emite un edifico dedicado a la fe; una fe que nace en el desierto más ardiente del mundo debe tener una fuerza muy particular. Esa fuerza me inquietaba. Un día de verano llegó a mis manos una invitación para celebrar una fiesta ofrecida por la comunidad musulmana justo en la Mezquita. No dude en aceptar, ahí encontré a un par de amigas que, quizá en su interior, buscaban también el rostro del profeta.

Un grupo de muchachos de Argel tocaba sus instrumentos tradicionales, los últimos rayos de sol descendían sobre nosotros con una paz infinita, y parecían prolongarse en el viento siguiendo la estela de las notas musicales. La sonrisa de la gente nos inundaba de alegría y hasta los ateos nos sentíamos hijos de Dios. Así, con el corazón pleno de alegrías, nos hermanamos súbitamente con estos hombres y mujeres que ofrecían sinceramente su música y su conversación. Nunca he visto gente más digna. En un punto de la celebración, y gracias a mi distracción natural, terminé sentado en un lugar que estaba prohibido a los visitantes, era, debo decirlo, el mejor sitio para observar la tarde, nadie me reclamó, ni escuché un solo reproche. La gente que pasaba cerca de mí me sonreía suavemente, algunos se tocaban el pecho con el puño cerrado mientras hacían una elegante reverencia con el rostro. Si bien intuía que algo no estaba bien, nadie me hizo sentir incomodo. El cuidado del otro que tenían los anfitriones me reveló el tamaño de su espíritu y me hizo recordar un incidente fatal que me ocurrió en una pequeña iglesia del sur de México.

No pertenezco al rito católico, de hecho, siento una marcada incomodidad ante ese espectáculo sangriento y aterrador que nutre las paredes de las iglesias de este país. Un día, sin embargo, en un viaje, decidí entrar a escuchar una misa. Esta vez también mi distracción crónica me llevó a sentarme en un sitio prohibido. Un hombre mayor y decididamente indeseable reprochó generosamente mi atrevimiento, me obligó a cambiarme de asiento, y me recordó que ciertos lugares estaban destinados sólo para los representantes de Dios en la tierra. Naturalmente abandoné el lugar, no sin antes otorgarle una seña muy particular que el hombre merecidamente había conquistado.

Esta vez fue diferente, los amigos musulmanes atendían a sus invitados con una dulzura y una dignidad exquisitas. Ofrecían té y dulces típicos, las mujeres llevaban sus vestimentas tradicionales con quien lleva una perla. Sus rostros denotaban una serenidad que hacía la tarde más apacible. Nos invitaron a entrar al salón a presenciar la oración. Yo, por prudencia, no quise hacerlo; decidí dejarlos en su paz, sin incomodarlos con una probable mirada inquisitiva. Después de todo, era el momento más sagrado del día y yo no tenia derecho a intervenir.

Es verdad que ciertas ramas del Islam ofrecen una tradición sumamente destructiva, basta con ver las recientes imágenes de la destrucción de los tesoros asirios para darse cuenta que un religión también puede vehicular el odio y el resentimiento de los hombres. Sin embargo, me cuesta pensar que la gente que conocí ese día esté de acuerdo con sus correligionarios. El cuidado del otro que demostraron esa tarde es superior a cualquier manifestación de bienvenida que yo haya visto.

Si existe un Islam así, entonces creo en Mahoma. Si existe una sonrisa verdadera y una tarde en la que el sueño de los hombres fue posible gracias a la música de unos chicos de Argel, entonces el Corán es un destino. Si existe un imán magnánimo que no reprende al que invade sus terrenos por ignorancia, entonces enfilaré mis pasos hacia La Meca. Si existe la belleza en los ojos profundos de una mujer musulmana que ofrece una taza de té al sediento en el mirador de San Nicolás, entonces Alá es bienvenido en mis versos. ¡Salud!

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