Elogio al cine o la vuelta a la caverna.

by samuelr77

    Las pinturas de las cuevas de Altamira han cobrado vida: se mueven, giran, se golpean, caen, se levantan, danzan sobre la piedra. El mundo ha encontrado su doble.

    La incesante marcha del universo encuentra su espejo en la sala de cine, el inquietante movimiento del mundo se comprime en un filme para acudir al encuentro con el espectador. Como en las cuevas de Altamira, las imágenes dicen algo. El movimiento de la imagen está ungido por la mirada del director, ese hechicero contemporáneo que tiene el don de extraer de la agitación infinita instantes privilegiados que nos harán visibles las fuerzas que pueblan la existencia.

    Entrar a la sala de cine es experimentar un arrebato mágico; el mundo se oscurece, el ambiente es otro. Un súbito crepúsculo se cierne sobre el instante, la oscuridad sólo es rota por el haz de luz que aparece en el fondo de la sala, las imágenes rompen la tiniebla. Éste movimiento mágico es en realidad un triunfo sobre la incertidumbre, la magia de la imagen-movimiento nos acoge. Una vez entregados a este encanto, el recuerdo de la caverna es sumamente notorio.

    Las inscripciones en la cueva prehistórica emitían signos en los que el hombre probablemente encontraba una autocomprensión. Los signos grabados en la caverna le daban al espectador primitivo coordenadas no sólo físicas sino sobrenaturales; la imagen-movimiento del cine contiene también signos luminosos que van cargados de resonancias espirituales y despliegan toda una visión de la existencia.

    En la sala, el cine habla desde la luz, el espectador escucha desde la sombra; el espectador entra en el transe de la pausa, la pantalla en el transe del movimiento. Las imágenes cobran vida, el bisonte de Altamira respira sobre nosotros. De pronto nos damos cuenta de algo que parecía olvidado, mientras el nuevo bisonte de Altamira respira y deambula de un lado a otro de la pantalla nadie puede hablar, los movimientos bruscos resultan indeseables, el mundo de afuera debe quedar en la lejanía, mientras dure el filme el teléfono debe callar.En el cine, el tiempo y el espacio sufren una súbita sacralización. La sala es un paréntesis sagrado en un mundo cada vez más profano.

    La vuelta a la caverna nos promete ese acto de recogimiento, el cine, en su papel de cueva contemporánea, cumple la promesa al exigir de nosotros un voto de silencio mientras dure la función. Por unos instantes el hombre debe callar y ver, la luz y la imagen hablaran del mundo. Como nuestros antepasados, hemos visto a los espíritus dentro de la caverna, hemos hecho el esfuerzo por interpretar los mensajes de la gruta, el mundo nuevamente se ha revelado en lo profundo de una cueva. Al final regresaremos transformados al exterior.

    El cine despierta esa parte íntima de nosotros que ha permanecido intocable durante milenios. El bisonte móvil y luminoso que aparece en todos los filmes, embiste directamente al primer hombre que habita en nosotros, ese que acude a la caverna para elevarse sobre el tiempo y el espacio.

    Asistir a un filme potencia la experiencia estética, su influencia en el espíritu es clara. Reducir esta experiencia a entretenimiento sería otorgarle el más simple de los roles. En una época pobre de reflexión y de recogimiento, el cine propone un encuentro con las esencias originales, una vuelta a la caverna milenaria, a ese sitio sagrado donde el hombre no tiene más remedio que enfrentarse con las fuerzas vivas que habitan el instante.

    Artículo publicado en la Revista “Meridianos” edición Febrero de 2015.

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