Oración.

by samuelr77

No soy religioso, alguna vez he pensando en la idea de Dios, pero cada vez que lo hago me parece estar entrando en un laberinto infinito que sé jamás podré sondear.

Siempre he imaginado a Dios como un abismo, como la nada inconquistable de la que nadie sale vivo. San Pablo lo explica en sus cartas, “ya no vivo yo, más Cristo vive en mí”, San Juan lo confirma cuando dice enfáticamente: “es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe”. Ese abismo disolvente ha alimentado mis más terribles pesadillas desde que tengo memoria.

Un día de verano, de esos veranos insoportables del norte de México, me encontré de frente con el abismo, lo vi a los ojos, y nada pude hacer sino elevar una sorda oración de humo y cenizas que aún hoy lastima mi memoria y carga mi alma de una fastidiosa pesadez.

Mi adicción a los abismos me llevaba cada verano a ofrecerme como voluntario en un pueblo de la frontera norte, en ese pueblo había surgido años antes uno de los grupos delictivos más peligrosos en la historia de este país. El miedo se sentía en la calle, los ojos de la gente estaban habitados por la incertidumbre, el terror andaba suelto como una yegua que recorre las sombras. Mi labor consistía en colaborar en la construcción de casas y habitaciones para personas de todo el país que llegaban hasta ahí con la esperanza de cruzar la frontera. Cada historia era un drama y cada conversación un abismo.

Pronto me hice amigo de los migrantes, aprendí su lenguaje, escuche su historias, comí y bebí con ellos, entendí que eran hombres y mujeres que estaban en el viaje y que padecían la inmersión, la oscura inmersión en busca de la vida nueva, en busca de la sobrevivencia y el pan. Nunca conocí gente más valiente. En cada uno de ellos descubría a un Eneas, a un pequeño sol errante listo a encontrar su paraíso perdido.

Las casas eran construidas en pleno desierto. En esa nada irreconocible tratábamos de abrir un espacio habitable para estas familias increíblemente necesitadas. Un día me di cuenta que una nube de humo negro flotaba continuamente sobre el pequeño pueblo, amenazando con nublarlo todo. El humo no se iba nunca, estaba ahí como un continuo recordatorio de la extrema maldad que se vivía en ese lugar, como un símbolo la tristeza y la desolación que se sentía en ese pequeño pueblo perdido en el desierto. Paradójicamente el letrero de bienvenida a la entrada de la plaza mayor lo anunciaba con el lugar más hermosos de la región. Ahí estaba yo, en ese falso paraíso yendo de abismo en abismo, rondando todas las tragedias a mi alcance.

Pregunté por la procedencia del humo, que era tanto y tan constante que era imposible no inquietarse. Me dijeron que venia del basurero público y que el fuego había estado activo durante más de 30 años sin que nadie supiera como empezó ni como apagarlo. Pedí que me llevaran. No puedo describir con precisión lo que vi en ese lugar, eran montañas de basura negra que se apilaban terriblemente sobre el paisaje, el aire era nauseabundo, esa nube de silencio era como un espectro maligno que se agitaba sobre nuestras cabezas. Recuerdo que era pleno medio día, sin embargo, el lugar estaba todo el tiempo poseído por las sombras. De ponto, de entre las montañas de basura, aparecieron algunas personas, eran los trabajadores de lugar, tenían la humilde labor de seleccionar los restos de basura. Aún me estremezco al ver esos rostros marchitos; hombres, mujeres y niños fantasmales salían de todas partes, sólo podíamos distinguir sus ojos.

Vivían entre la basura, ahí pasaban sus días y sus noches, entre el humo y la ceniza; ahí hacían el amor y procreaban, ahí lloraban y reían, ahí tomaban sus alimentos y quizá soñaban. Yo iba acompañado por un amigo periodista, un hombre mayor increíblemente inquieto en el que aun pervivía un agridulce humor irlandés. Por esa época presidia el club de reporteros de la ciudad de Nueva York, habíamos trabado amistad y por la inquietud propia de su trabajo decidió acompañarme.

El reportero me pidió que recorriéramos el sito, que camináramos un poco por ese lugar de pesadillas. Uno de los trabajadores se ofreció a acompañarnos pero nos abandonó a medio camino ante la llegada de un nuevo camión cargado de basura al que debía atender para ganar su sustento. Caminamos solos por esas avenidas de humo, descubrimos chozas hechas de materiales inimaginables, desde cartelones con el ominoso rostro de los gobernantes, hasta pedazos de madera de algunas mesas finamente talladas. Era el verdadero fin del mundo.

Un aroma a muerte subía al cielo, la tristeza del paisaje entraba lentamente en nosotros, a unos pocos metros encontramos un hueco enorme, un pozo oscuro que parecía no tener fin. En ese pozo era arrojado el vidrio sobrante que ya no tenia ningún uso practico. En este hades terrible vi algo que nunca podré olvidar. Algunos rayos de sol se filtraban hasta los picos de las botellas rotas, en medio de ese páramo de muerte percibimos movimientos irregulares en una pendiente cercana; nos acercamos con curiosidad y descubrimos que en la pendiente, en medio de toneladas de vidrios rotos, estaba un niño, un pequeño de ocho o nueve años buscando extraer de las botellas algo que sin duda consideraba valioso. El periodista y yo nos quedamos petrificados, el niño nos miró sorprendido, llevaba en sus manos tres o cuatro pedazos de cristal,a sus espadas un mar de botellas rotas se abría como una boca lista a tragarlo inmisericordemente, estaba solo. Sus ojos temblaron al vernos. Nos acercamos lentamente y preguntamos su nombre, “Santos” dijo tímidamente, el periodista le hizo una seña para que se acercara, y yo me apresuré a sacarlo del pozo.

Santos nos contó que buscaba etiquetas y corcholatas entre las botellas, que llegaba a las siete de la mañana y aprovechaba todo lo que podía la luz del sol, nos dijo que su padre era uno de los trabajadores del lugar y que su madre había muerto hace poco, una lágrima negra bordeaba sus mejillas, tenia hambre y sed. Múltiples cortes zanjaban sus piernas y sus manos, de las que brotaban lentas gota de sangre negra. No puedo imaginar un abismo más lacerante que ese. Pensé que así tenía que ser dios en nuestros tiempos, un sitio inimaginable que nos lacera a cada paso, un abismo con más sombras que luces, un sitio de soledad que se abre como una boca de cristales rotos listos a devóranos al menor descuido.

El periodista, un hombre religioso y devoto, no pudo más que elevar una bella oración en la que hizo referencia al humo, le pedía a la divinidad que transforma esta negras horas de ceniza en oraciones de alabanza a Su nombre. Su elocuencia y el sito en el que nos encontrabamos lograron conmoverme. Santos,con los ojos cerrados, rezaba también. Siempre me preguntaré que palabras estaría pronunciando ese niño. ¿Qué oración surge de entre las fauces del abismo.? El periodista lloraba y en un gesto instintivo cargó al niño y lo llevo con los demás trabajadores. Yo los seguí con un paso un poco más lento, aquello era insoportable, ¿de verdad podía salvarlo?

Recuerdo que las veces que regresamos a ese lugar durante el verano Santos corría abrazarnos, dejaba todo lo que estaba haciendo y venía con una sonrisa fresca y sincera. Hoy aún pienso en ese niño, pienso sobre todo en sus ojos y en el abismo de cristal en el que lo encontramos sumergido. Me pregunto a menudo si en verdad una oración es capaz de sacarnos de la nada, de la oscuridad total y de la terrible desolación a la que estamos sometidos en este mundo perecedero.

Creo que nunca encontraré una respuesta.

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