El canto de las sirenas, Martin Scorsese.

by samuelr77

“Las luchas de cuerpo son tan despiadadas como las luchas del espíritu”. Esta frase del novelista griego Nikos Kazantzakis nos sitúa violentamente en el centro del problema: la existencia es lucha, es batalla final constante y siempre inacabada.

Martin Scorsese (New York, 1942) presenta un mundo de fantasmas que, desde su espectro de plata, hablan con una voz áspera y profunda del mundo que nos tocó vivir. El marco que elige el director neoyorkino es antiguo y actual a un tiempo; las luchas de un hombre consigo mismo pueblan su imaginario cinematográfico. Scorsese logra situarnos en las contradicciones y dolores del hombre de hoy; en sus filmes, el campo minado de la existencia aparece ante el hombre y en cada detonación nos dice que debemos enfrentar la ardua lucha en el interior para después encarar al terrible exterior que nos circunda. Esta visión del mundo aparece en sus obras más destacadas, desde “Rangin Bull” y “La Ultima tentación de Cristo”, hasta “Pandillas de Nueva York” o “Buenos Muchachos”. En algún punto de estos filmes los protagonistas tendrán que enfrentarse en la arena de su interior a las más potentes vicisitudes, para luego encarar lo incierto del exterior. No hay descanso posible.

El tema tiene grandes antecedentes: “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde” de Robert Louis Stevenson, Acab del “Moby Dick” de Herman Melville , los personajes de los maestro rusos bregando todo el tiempo con la decadencia y la corrupción, y sobre todo los personajes bíblicos, hartos de conflictos y contradicciones insondables y dolorosos. Scorsese ha tenido la gran virtud de incorporar a su trabajo elementos de la gran tradición literaria de occidente, consiguiendo así una necesaria actualización del tema de las batallas del espíritu en la sociedad posmoderna. Sus personajes, siempre habitados por la angustia, describen la acentuada decadencia del sistema de valores imperante que arrastra al individuo en una escalada de violencia y desgaste espiritual.

En “Taxi Driver”, por ejemplo, Travis Buckle, protagonista del filme, experimenta en carne propia la violenta caída de los valores en una sociedad decadente. Travis, un excombatiente de Viet Nam, guerra que ha avergonzado a toda una sociedad, ha sido arrastrado por un discurso incompetente y ha experimentado de primera mano los horrores de la destrucción. El mundo en el que habita es percibido como una gran cloaca, como un receptáculo de basura y perdición; el hombre se pregunta si ha merecido la pena luchar tan arduamente por una sociedad enferma y desgastada, y duda entre dejarse arrastrar por la corriente o intentar una redención. La densa oscuridad, la mentira y la confusión reinan; Travis carga sobre sí mismo el peso de todas las desgracias de su tiempo. Desea reparar su mundo exterior, sabe que algunos de los valores en los que se cimentó la sociedad han arrojado un fatal desgaste; algo en su interior lo urge a movilizarse.

Estamos ante un héroe extraviado, un héroe posmoderno que a cada paso que da corre el peligro de quedar diluido en el centro de la miseria que lo rodea. De pronto, en medio de la terrible confusión, Travis encuentra su detonante. El personajes de Iris Steensma, interpretado por una maravillosa Jodie Foster, ha vendido a des ocultar su verdad. Travis encuentra un motivo por el cual activar su espíritu y se prepara entonces para intentar una redención del mundo; entiende que preservar y proteger la inocencia es el camino para logar romper el ritmo de maldad que hunde a toda una sociedad.

“Taxi Driver” es una meditación sobre lo decadente, es el momento de furia que se agita y se condensa en el espíritu desgarrado de todo aquel que ha visto los males que nos circundan y decide actuar para intentar una redención en medio de la fatalidad.

En contraposición, en “El Lobo de Wall Street”, Socrsese apunta a un mundo igual de desgastado y enfermo que el que describe en “Taxi Driver”, salvo que ahora, la potencia del panorama es tan arrasadora que el individuo no tiene defensa y se pierde en la batalla hasta caer derrotado.

“El lobo de Wall Street” es la poética de la degradación en donde la sociedad contemporánea, entregada al vicio del poder por el dinero, enfrenta al joven Jordan Belfort consigo mismo. Una atmósfera que parece boyante acaba por ser disolvente, los personajes se revuelcan en el más denso nihilismo. No hay lugar para los héroes. Belfort es un hombre devastado, el mundo se le ha venido encima y él no lo sabe, es un hombre sediento de éxito y ebrio de miseria que no logra ver su derrota y que ha sucumbido ante lo terrible de la batalla de los deseos disolventes de un cuerpo enfermo contra el espíritu.

Entre ambos films median 30 años, el mundo ha cambiado, no así nuestros devastadores enclaves. Si bien, en “Taxi Driver” la responsabilidad de un mundo indeseable apuntaba hacia presupuestos políticos, hoy, con el “Lobo de Wall Street”, Scorsese centra su mirada en un enemigo más hábil: el poder del dinero. Esta es la fuerza que invade y corroe nuestro presente y contra la que aún no tenemos defensa, esta fuerza, que el director entiende como arrasadora, acabará por alterar a los héroes, por diluirnos y dejar en un punto oscuro la posibilidad de la redención. El dios dinero ha ganado la batalla.

Estamos en el centro de la noche, Scorsese lo sabe. Los héroes fueron seducidos por el canto de las sirenas.

Martin-Scorsese

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