Amor, juegos y penas.

by samuelr77

Conocí a Joan Manuel Serrat en Febrero de 1995, su música llegó a mí desde el misterio. Recuerdo que ese año el país estaba, como siempre, al filo del abismo. Era el año de la guerrilla en Chiapas,de la nueva caída de la economía, de la incertidumbre social, de la vergüenza por los asesinatos de políticos importantes. Un mundo sombrío se abría ante mis ojos.

En medio de este páramo de niebla, una voz vacilante y viva le dio de comer a mi nostalgia. El´95 fue un año difícil.

Recuerdo que los chicos de mi generación y yo éramos muy pobres, pobres de bienes y pobres de espíritu. Nadie nos decía que teníamos ante nosotros un futuro prominente, nadie nos dijo nunca que el mundo era nuestro, nadie nos dijo nunca que la poesía andaba todos los días a nuestro lado esperando a ser descubierta.

Fue entonces cuando escuché por primera vez a Joan Manuel Serrat,su música hizo de mi espíritu su casa, llovió en mi interior como una pequeña tormenta de alegrías. La historia ocurrió asi:

Mi padre me había regalado un pequeño auto compacto, era un auto humilde, soñador, destartalado y orgulloso, con un equipo reproductor de cassettes que con una furia fantasmal retaba a todas las maldiciones posibles. Mi padre también me regaló unos pesos extra para que llenara el tanque y acudiera a mis clases tiempo. En un México devastado como en el que vivíamos, esto era todo un lujo. Nunca supe que sacrificios tuvo que hacer mi viejo para que yo pudiera llegar a la universidad pero siempre tuve buenas notas, era mi forma de retribuir los secretos sacrificios que hacia por mi hermano y por mí. Nunca me lo exigió, era nuestro pacto silencioso.

Un día conocí a una chica, era una morena de ojos profundos que me enseñó la belleza de la palabra “si”. Nos escondíamos de la vida durante largas horas en los rincones cercanos a la universidad, y, cuando el dinero faltaba, los parques aledaños y las aulas de la universidad eran cómplices audaces de las más insensatas aventuras ligeramente eróticas. El mundo se estaba cayendo a nuestro alrededor, pero a nosotros no nos importaba, el sabor del pecado también puede ser dulce.

Un día me pidió muy sutilmente que le regalara música, ella se lo había ganado y yo , para ese momento, no tenía la más mínima posibilidad de negarle nada. A los 17 años declaré mi derrota ante las mujeres. Me pidió un cassette de un tal Alejandro Sanz, yo, un chico protestante criado en la más estricta moral presbiteriana, no tenia idea de quien era semejante personaje. Me di a la tarea de ahorrar un poco de dinero y dirigí mis pasos hacia el supermercado que habían abierto a un lado de mi escuela. Mientras buscaba, un dependiente se me acercó para hacerme una pregunta que hasta hoy agradezco mucho; me preguntó si conocía a Serrat, ante mi negativa activó el equipo de sonido e hizo sonar las notas de Mediterráneo.

Recuerdo que el universo físico se detuvo, suaves oleadas musicales llegaban hasta mí en una marea que me adormecía y me despertaba a un tiempo; las letras subían a mi cuerpo ,agitaban esa parte de mí que permanecía dormida. Un relámpago claroscuro hirió la penumbra, la vida misma se me revelaba. La voz me hipnotizaba, me dolía, y al mismo tiempo era un bálsamo milagroso que me era entregado para curar heridas futuras.

Mediterráneo se convirtió en mi amiga, en mi hermana de sal y de alabastro. Recuerdo que años después, cuando conocí ese mar en una playa del sur de España, mi corazón dio un salto de alegría. Ahí estaba yo ante ese animal sagrado que tantas veces había hecho eco en mi interior.

No dudé en comprar el cassette, lo escuché hasta el cansancio. Lo escuchaba con la felicidad de quien encuentra una moneda de oro en medio de la noche oscura. La morena lo escuchaba conmigo, a veces nos quedábamos viendo al infinito, ahí, desde nuestras humildes calles perdidas en el mundo, deambulando en un auto a punto de morir. La voz nos acompañaba, y esas palabras de amor sencillas y bellas se hundían en nuestros besos como un milagro de todas horas.

Hay voces que le arrancan belleza a la desgracia, que llegan de no se sabe donde, de un país imaginario donde la música reina y todo es más verdadero, más íntimo.

Así es la voz de Serrat: verdadera, hija de hombres, íntima como una plegaria, libertadora como un grito de guerra. Es la voz de un compañero fiel, de un hermano que no sabíamos que existía, de un compañero de armas que viene de atrás de las trincheras, de un árbol que no sabe perder las hojas, de un viento fresco que enamora a la madrugada; así es la voz de Serrat, honesta como un viejo camino, claroscura como los secretos del Mediterráneo, infatigable como el amor de todas las morenas del mundo. Así es la voz de Serrat un pequeño milagro amontonado en la arena donde hay amor, juegos y penas.

Salud.

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