La Pregunta.

by samuelr77

La primera vez que sentí la poesía fue en los labios de mi madre. Fue una tarde de verano, salvo que en la ciudad donde crecí el verano no nos abandona nunca. La poesía entró siguiendo la sombra de mi madre, a lo lejos una palmera se moría de angustia. No recuerdo que impulso me llevó a hacer esa pregunta, la pregunta mágica que me abrió las puertas del mundo, no para conquistarlo como un león hambriento, no. La respuesta de mi madre me abrió el mundo para algo más sutil y más elemental: las puertas se abrieron para que yo pudiera ver.

Desde entonces he pasado mi vida observando, recuerdo por ejemplo, la fascinación que ejercía en mi una chica en particular, no recuerdo su nombre, se que era sordomuda. Siempre se quedaba en la escuela esperando que llegaran por ella; mi casa estaba muy cerca de la entrada, de tal modo que desde mi ventana se apreciaba perfectamente la puerta y el pasillo central. Recuerdo que una tarde de lluvia sentí la oscuridad del pasillo consumiendo los silencios de la chica, sentí la serenidad de sus ojos, y el dulce palpitar de su mirada; ella esperaba inmóvil, como petrificada en el tiempo, eterna y fugaz como una llama de amor, llena de miedo, herméticamente sellada, temblando como una cierva blanca perdida en el bosque. Un día la chica dejó de ir a clase, sin embargo algo de su espíritu quedo cautivo en el pasillo de la escuela el cual siempre estuvo habitado por un silencio sin nombre que le daba de comer a la tristeza.

O aquel día que castigaron a golpes a un chico autista que había robado en una tienda de dulces. Era muy de mañana y yo había salido de casa a buscar alguna aventura, un hombre severo y de mirada oscura tenia un cinto en la mano y se disponía a cumplir con el castigo; aquello tenia mucho de ejecución. El chico temblaba, miraba a la nada como esperando un milagro improbable, los golpes cayeron lentamente, momentos después, el chico ya no expresaba gesto alguno, estaba, creo, recluido en su mundo interior, refugiándose hacia adentro. Mientras los niños que iban a la escuela se concentraban el terrible espectáculo el chico no hacia más que retar al exterior con una fuerza tan grande que reventaba el horizonte, resistía fieramente desde la inmovilidad. Al día siguiente mi hermano lo buscó y le regaló una bolsa de caramelos, yo dejé de usar cinto durante un tiempo, me parecía terrible llevar conmigo un instrumento de tortura tan eficaz y miserable.

Recuerdo también el día en el que un toro se escapó de algún lugar y surcó el patio de la escuela como un relámpago oscuro, era negro como la noche; de ese color que los aficionados taurinos llaman zaino. Iba furioso atravesando el instante, el tiempo se detuvo mientras el toro corría buscando la muerte. Salió por la puerta principal y se impactó con un auto que pasaba por la carretera muriendo ahí mismo enmarcado en un charco de sangre que aún se incendia en mi memoria. Nunca supimos de donde había salido el toro, venia quizá del fondo de los tiempos, huyendo de Teseo, o de las pesadillas de Borges. Lo cierto es que durante un momento el mundo y sus dramas se concentraron en ese patio perdido para mostrarse en toda su intensidad. Algo en mí se rompió con la muerte de ese noble animal. Recuerdo que surgió de pronto, de entre la niebla de la nada, expresando su naturaleza salvaje, poderoso e indomable como la marea. Paso en medio de nosotros y sentimos como el instante rebosaba de fiebre. El toro me reveló la fuerza de lo impredecible, de lo errático; despertó en mí la posibilidad del misterio, me hizo saber que el orden siempre puede ser roto por esa miel negra del azar que atraviesa todos los patios del mundo y nos lanza a la vida en un relámpago de furia.

La poesía entró a mi vida siguiendo las huellas de mi madre una tarde cualquiera en la que el sol atacaba con toda su ira y derretía las esperanzas del amanecer; una tarde perdida en la memoria en la hice que una pregunta sencilla y que en la respuesta de mi madre me reveló todas las lunas del tiempo, una pregunta inocente y peligrosa cuya respuesta, macerada en la tierna sabiduría de una mujer, despertó en mí el interminable y bello deseo de observar el mundo.

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Fotografia por Henri Cartier-Bresson.

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