Sobre como Gabriel García Márquez y su prosa de amor y caña brava lograron vencer el veneno de la terrible Señorita maestra de Literatura.

by samuelr77

Las clases de literatura en Preparatoria suelen ser devastadoras. Las garras de los malos profesores tienen el increíble poder de destruir el mágico mundo de las letras. De ese peligro me salvó para siempre Gabriel García Márquez.

Ni siquiera recuerdo el nombre de mi profesora. Recuerdo que era una mujer mayor maquillada hasta la ignominia, muy parecida a un pájaro. Sus uñas eran largas como una maldición; algo de espectro tenia la mujer. El primer día llegó a clase cinco minutos antes de su turno y esperó impacientemente afuera del salón como una enfermedad que se anunciara en el viento.

Su gran idea consistía en repartirnos autores latinoamericanos para que extrajéramos un resumen del libro en cuestión y subrayásemos las palabras que no entendiéramos. A mi me asignó “Los funerales de Mamá grande” de Gabriel García Márquez. Entre los autores estaban además Rubén Darío, Borges, José Donoso, Cortázar, Rulfo, Arreola, Carpentier, Quiroga y Fuentes. Cada nombre sonaba como una bala. Los chicos y yo acudíamos a recibir el cuento que nos era señalado como si aquello fuera un funeral. La mujer permanecía indiferente ante nuestra desazón. En el descanso uno de los chicos soltó una frase demoledora: “esto de leer es una mierda”.

El veneno de la bruja había surtido efecto, al chico le había tocado “Aura” de Fuentes, garabateó un resumen, subrayó un par de palabras y sin mucho ánimo entregó al día siguiente su tarea. La bruja le otorgó un diez. Los demás copiaron el método, y con la felicidad de la nota aprobatoria se olvidaron de Rubén Darío, quizá para siempre.

Por esas fechas construían un gran estacionamiento justo en la plaza frente a la entrada de la escuela; habían excavado un pozo gigantesco que ocupaba en su totalidad el tamaño de la plaza, de tal manera que al salir uno se encontraba con la boca del infierno desplegándose cruelmente como un súbito desfiladero que se abre de pronto para tragarse al distraído. Por ahí deambulábamos todos los días, entre la muerte de la literatura y el destino que se abría como una boca inmunda, entre ese pozo ominoso y la mirada seca de la profesora. Ahí andábamos todos, un poco perdidos y muy poco rebeldes.

Un día, a la hora del descanso, un chico llegó con una noticia milagrosa: había leído “El Aleph”. Es un cuento sobre un punto en el universo que contiene todos los puntos; dijo casi con placer. Los demás no lo tomaron en cuenta, a mí, sin embargo, el tema me sedujo inmediatamente. ¿Quién lo escribo?, pregunté con curiosidad, un tal Borges, fue la respuesta. Me pidió intercambiar el cuento y yo accedí; debo confesar que tampoco había leído mi asignatura, así que aproveché el largo viaje de regreso a casa para leer dos veces el cuento de García Márquez. Mientras leía, una lluvia de frescura inundaba mi interior, la palabras caían en mi mente como una tormenta de alegrías que transformó mi vida. Al día siguiente leí “El Aleph”, luego “Aura”, luego a Donoso, a Arreola, a Rulfo. Una nueva luz se había encendido para siempre elevándome sobre el hueco que se abría ante mis pies y anulando la terrible labor de la bruja que creía que la literatura era una tarea sin alma.

La dicha de leer había sacudido mi mundo, algo en mí había despertado. Los párrafos de “Aura” se incrustaban en el ambiente con una fuerza demoledora, “El llano en llamas” ardía en una incendio total que consumía la tristeza de lo cotidiano, el suave vaivén de Donoso me hacia amigo del mundo, Borges me agitaba las ideas; todo esto había liberado en mi interior un súbito y necesario amor por la vida.

Me di cuenta que las palabras tienen el poder de llenar el mundo de presagios, de hacerme amigo de lo existente, de ayudarme a ver, a través de un cristal prodigioso, la realidad que se abría ante mis ojos.

Esto fue desencadenado gracias a Gabriel García Márquez. Su prosa de amor y caña brava lograron vencer el veneno de la Señorita profesora de letras.Y es que Gabriel García Márquez, Borges, Donoso, Fuentes pasaron su vida luchando con la dura realidad para abrir un hueco entre la mentira y la miseria. Su fuerza es tan grande que tienen el poder de salvar el mundo.

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