Sauleme o el vendedor de universos.

by samuelr77

La primera vez que lo vi fue en lo alto de una montaña. Yo pasaba unas semanas en uno de esos pueblos sin nombre que lindan con el desierto. Recuerdo que nos hicimos amigos instantáneamente, sin preámbulos, como si fuéramos parte de la misma noche o lunas áridas del mismo planeta azul.

Sauleme pertenece a la tribu Huichol, su pueblo se dedica a entregar universos por todo el país. Sus grabados y paisajes hablan de un mundo mítico, de la creación de los hombres, y de los secretos orígenes de la tierra. Sauleme es uno de esos hechiceros inconscientes que atraviesan el corazón de este país ofreciendo su mundo original para poder poseer una parte de este presente confuso e inalcanzable.

Recuerdo que nuestra amistad siempre estuvo custodiada por el silencio. Yo llegaba a una de las bancas del pueblo, me sentaba justo en la más próxima al mirador que daba al desierto, y ahí me quedaba como en transe, viendo la nada, asombrado por el inagotable y fugaz bostezo de la llanura. Minutos después llegaba Sauleme, vestido estupendamente con el traje típico de su pueblo; rasgo que le dotaba de una dignidad inalcanzable para esta cultura nuestra que está ya al límite de su resistencia.

Nuestra conversación se componía de largos silencios con intervalos de palabras a medias. Sauleme me enseñó la hermosura del silencio, y me enseñó que para ser amigos solo necesitábamos habitar en el mismo espacio, entregarnos a la meditación de la tarde y compartir rumores que eran absorbidos por la paz de la montaña.

Un día bajamos al desierto en busca del peyote; caminamos durante horas, hablando de muy pocas cosas. Sauleme siempre iba un poco más adelante que yo. Cuando llegamos a una llanura y encontramos algunas plantas fue que lo vi en toda su inmensidad. Ahí estaba yo, con ese niño de cien años cuyo rostro irradiaba toda la inocencia que nosotros hemos perdido. Comía peyote como quien come manzanas, su espíritu estaba en sintonía con la paz de la pálida llanura, era parte de un todo milenario que a mi me estaba vedado pero que en ese momento se me permitió ver y sentir. En ese paraíso perdido entendí que Sauleme era real, que el imaginario era yo, que su fuerza y su tranquilidad surgían de un lugar inalcanzable para mi y para todos los que son como yo, instalados en la confusión de nuestro tiempo.

Años después y por azar lo encontré en una de la calles de mi ciudad, vendiendo universos como siempre; estaba muy contrariado porque un inspector de la municipalidad le había prohibido vender sin permiso de la ciudad. Lo invité a beber algo; su mirada, sin embargo, estaba inquieta. Bebimos en silencio, luego me contó un poco de sus hijos, de su tierra. Recuerdo que me sentí increíblemente pobre, increíblemente desdichado, por más esfuerzos que hiciera yo jamás podría ofrecerle algo tan bello como su mundo.

Nos despedimos con un abrazo, el partía al día siguiente; partía a su mundo, a la lejanía de su misterio.

Mientras Sauleme recogía sus poderosos universos, me di cuenta que en un mundo tan pequeño y tan miserable como el nuestro un vendedor de universos siempre se sentirá asfixiado y fuera de lugar; si bien la fuerza de mi amigo es irreductible, es verdad que nuestro mundo se ha quedado ciego y no tiene la capacidad de distinguirlo. Vaya tragedia la que este profeta de la tierra viene predicando, la tragedia de nuestra propia ceguera.

Nuestro oscurantismo inicia en la invidencia voluntaria de la gente. Si un hombre como Sauleme anda por las calles de la ciudad como un fantasma, negado y amenazado por las fuerzas del progreso y por los valores que promueve el consumo y la educación imbécil que nos proponen en las escuelas, es que en verdad estamos ciegos y perdidos, revolcándonos interminablemente en la nada. Los fantasmas somos nosotros.

No he vuelto a ver a mi amigo, se que anda por ahí, con sus colores furiosos agitando el mundo entre sus manos. Se que anda por ahí con esa mirada de otro tiempo, sembrando soles y lunas como quien siembra flores, como quien siembra cantos.

Que la belleza de su mundo nos traiga un poco de luz, la suave luz de un mundo inocente, tan necesaria para curar nuestros ojos enfermos, hartos de sombra y malestar.

(El universo según los Huicholes)
huichol

Advertisements