La canción más hermosa del mundo.

by samuelr77

Escuché a Joaquín Sabina por primera vez en un canal de televisión local. Pasaban un video bellísimo sobre una pareja de enamorados. Un hombre solemne y con cara de pillo cantaba desde una azotea.

La seriedad de su rostro parecía una mascara a punto de caer; la voz dolía como un golpe bajo. Algo de sacerdote y de ladrón tenia el cantante, su voz atraía como un sol y dolía en el alma como un brebaje milenario. De pronto el video se interrumpió, la cadena de televisión continuó con su programación normal.

La voz y la cara del cantante quedaron grabadas en mi memoria. ¿Que había ocurrido?,¿un lapsus musical?, ¿un error?, ¿algún rebelde bohemio había tomado el control de la estación para lanzar un mensaje de amor desesperado?. El canal de televisión no dio ninguna explicación, los conductores del noticiero continuaron como si nada hubiera pasado; sin embargo el daño ya estaba hecho, Joaquín Sabina había entrado a mi vida.

Años después, una chica de esas selváticas que nos rescatan de la pubertad y nos lanzan decididamente a los laberintos de la noche, dejó en mi casa un disco de Joaquín Sabina junto con una nota bastante bella que contenía todas las groserías del mundo. No era para menos, con el tiempo uno aprende que las chicas selváticas que nos rescatan de la pubertad lo hacen con el fin de que uno ceda su libertad para disfrutar de ciertos derechos, lo malo es que cuando uno ha disfrutado de esos mismos derechos en otras legislaciones es difícil mantener las apariencias.

No entendí muy bien lo del disco, sin embargo lo disfruté enormemente. La voz de Sabina me hipnotizaba, y es que Sabina canta desde la bilis; su voz es una hoguera que lentamente se suicida, es una sinfonía ebria que enamora a las serpientes, que arrastra ramas y ángeles caídos, que desata tormentas, que penetra a las vírgenes, que asesina a los razonables, a los sensatos, a los que no tienen ganas de vivir.

Recuerdo que un día mi vieja Lap Top IBM se tragó el disco de Sabina, lo tuvo dentro más de 3 meses. El sistema de reproducción estaba dañado y las canciones entraban a destiempo, podían sonar a la hora menos pensada: en clase, en un funeral, a las tres de la mañana. A veces llegaba a casa y el disco de Sabina estaba puesto. Para mi era un bálsamo saber esa voz árida y furiosa inundaba la soledad como un conjuro que se despliega en el viento y que misteriosamente me ayudaba a cruzar el laberinto del día. La anarquía propia de Sabina había vencido una vez más a todos los sistemas operativo posibles.

La música de Sabina se desliza entre las aguas de lo incierto, su vocación bohemia le deja siempre al borde del abismo; desde ahí se recupera milagrosamente tomado de la mano de la poesía de lo cotidiano, de eso que parece desgastado pero que cuando es tocado por la voz y la guitarra del trovador adquiere un nuevo brillo, una nueva lucidez lista a seducir a cualquier precio.

La música de Joaquín Sabina va desenterrando pequeños soles cotidianos que dan luz a las noches de todo aquel que conserva intacto el deseo de navegar a contracorriente.

Esa voz inasible me enseño que la canción más hermosa del mundo reposa y esta lista a despertar en la belleza interminable de lo común, de lo que esta ahí frente a nuestros ojos, esperando a ser descubierto por quien que no tenga miedo de entregarse a sus sueños, aunque estos, en principio, estén habitados por la niebla.

 

 

 

 

 

 

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