El cisne desnudo.

by samuelr77

Conocí a Ángela Ferrari en el mítico Café Iberia, en la Avenida de Mayo, de Buenos Aires Argentina. Eran las tres de la mañana, a esa hora Buenos Aires se debate entre la vida y la muerte.

Entré al Café buscando el último trago, ese que concentra todos los jugos de la noche. Mi acompañante se percató que solo había una mesa disponible, las demás eran ocupadas por chicas solitarias en espera de la suerte nocturna. En el centro del café estaba Ángela, misteriosa y única, sonriéndole a la nada, viendo por la ventana, satisfecha de sí misma.

El Café Iberia es un lugar difícil de explicar. Es un elegante café en pleno centro de la  ciudad. Afuera, una placa con el nombre de García Lorca funge como numen protector, quizá por esto se reúnen  aquí los espectros nocturnos. La barra es larga y bien pulida, el trato de los meseros raya en la elegancia, la música es suave y melancólica. El poder transformador de la madrugada ha convertido este lugar en un refugio para las humildes navegantes de la noche.

Nos sentamos en silencio poseídos por las sombras, en el centro de la sala una mirada indomable revolvía los huesos de la noche. Las chicas entraban y salían discretamente, algunas reían justo al  pisar la calle, como si se guardaran de no despertar a alguna deidad dormida en el Café. Las chicas iban y venían, eran llamadas por la noche y ellas acudían al llamado en un oleaje subterráneo que capturaba mi mirada y mis pensamientos.

No tardamos en hacer amistad con Ángela; su sonrisa, a pesar del desgaste del tiempo, era fresca y sincera, invitaba a poseerla. Nos contó de su vida durante la dictadura de Videla, de cómo se llevaron a su marido en la madrugada, nos contó que en Buenos Aires la miseria y el encanto andan de la mano y esculpen el rostro de la ciudad.

La belleza de Ángela es una belleza desgarrada, es la belleza de un árbol que ha perdido todas sus hojas, un árbol largo y misterioso cuyas ramas dejan al descubierto sus nudos, sus contradicciones, sus dolores; un árbol solitario que se corresponde íntegramente con el dolor de todos los atardeceres.

El llamado de la noche puede ser terrible. Ángela, sin embargo, aprendió a deslizarse entre las sombras con la elegancia de un cisne desnudo que se pasea por un pantano incierto, su belleza relampaguea en la oscuridad, anda por la vida con la elegancia de una hoja moribunda que supo navegar entre las brumas del otoño.

La gente quizá la vea como una prostituta gastada por los años. Para mi es un cisne desnudo que nunca se dejó vencer por el oleaje de las sombras. Para muchos Ángela Ferrari es solo una prostituta vieja, para mi Ángela es el rumor más sutil de la noche.

A las cinco de la madrugada nuestra amiga se despide, las luces del café se apagan, la ciudad parece apunto de despertar, las calles están heridas.

Una mujer atraviesa el instante, se ha visto cara a cara con la noche y ha ganado la batalla.

La sonrisa de Ángela Ferrari es más poderosa que todos los Videlas del mundo.

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