Lisboa.

by samuelr77

Quien diga que no se pude vivir de sueños, es que no conoce Lisboa. La ciudad toda es un elogio a las sombras. Lisboa parece estar eternamente a punto de caer, de derrumbarse sobre si misma, sin embargo se sostiene.

Lisboa no se sostiene por la firmeza de sus construcciones, ni por la fe de los lisboetas, ni por la impresionante historia de sus navegantes, no. Lo que  la sostiene es algo más íntimo, más inocente. Lisboa se sostiene por la música frágil que sale del acordeón de una chica de 19 años que toca bajo el arco de la  Praça do Comércio.

La Praça do Comércio es el último gran bostezo de Europa, su larga explanada reposa sobre un silencio de mármol, sobre un silencio activo y a fuego lento que nos transporta al lugar más triste de nuestro propio corazón; es que Lisboa entristece como una bella mujer que esta a punto de morir; se desmorona todos los días mientras una lejana felicidad se pasea como una niebla entre los callejones rotos;  las calles cantan la  canción de la decadencia, los barrios beben oscuridad. Todo es frágil, incierto, azaroso. Nadie sabe a ciencia cierta si al despertar la ciudad seguirá ahí. Lisboa, sin embargo, amanece cada día, ebria de si misma.

La ciudad ataca suavemente por los cuatro costados, caminar por sus calles es dejarse seducir por el dulce aroma de todas las tristezas posibles. A orillas de la plaza, en la frontera de la zona comercial, y a unos pasos del Tajo una niña toca el acordeón;  sus notas lentas y seguras suben al viento escalando la nostalgia. Las notas embriagan, seducen, marchitan el viento, vuelan sin rumbo fijo, se adhieren a las columnas,  refuerzan los cimientos de las casas, inventan futuros, cavan en la tierra hasta hacer brotar el agua dulce. Las notas de ese acordeón impiden que la ciudad caiga sobre si misma, le recuerdan a Lisboa quien es ella.

La chica que toca está postrada en el suelo, su mirada rota no mira a ningún punto fijo, más bien sobre vuela el instante. Su manos, en cambio, se mueven con la agilidad de un colibrí, sus manos desnudan a la vida, cantan el dolor de una ciudad desecha, celebran los sueños, se enamoran de la súbita melancolía que aparece  entre las calles como pidiendo perdón. Si Lisboa sigue viva y se sostiene es por que la música de una acordeón le llena el corazón de verdad.

Creo no estar cometiendo un exceso poético cuando digo que Lisboa se sostiene en su música. Nosotros, como una Lisboa andante, también estamos a punto de caer, la existencia se nos revela  como fragilidad; aunado a esto, este tiempo nuestro se revuelca en una decadencia feroz  que nos arrastra a todos. Sin embargo, dentro de nosotros, en una parte íntima de nuestro ser, una música de alegrías vence al reino de las sombras y nos levanta, no solo para sobrevivir sino para crear, para hacer y construir; esa música  que sale de nuestro propio corazón, es capaz de levantar a los muertos, de revelarnos las cuatro verdades, de purificar nuestra sangre, de vencer a todas las hidras posibles, esa música sencilla y milagrosa que brota de  nuestro interior impide que caigamos estrepitosamente sobre nosotros mismos.

Lisboa es una región  perdida en nuestro interior, es la aldea del pan y de los silencios musicales, es un largo sueño que enamora. Lisboa es un agua bendita que se filtra desde lo imposible.

Quien diga que no se puede vivir de sueños, es que no conoce Lisboa.

Salud!

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