Ave María.

by samuelr77

A las seis de la tarde el Ave María de Schubert suena en mi ventana. Viene desde la torre de una iglesia cercana; la música trasciende las sombras mientras a lo lejos el  horizonte se llena de presagios.

El Ave María de Schubert se desgarra en el instante y, como una luna rebelde, nos muestra el otro lado del asombro. La música sube al aire igual que un ejercito que conquista una ciudad amurallada, envuelve el cuerpo en un incendio repentino que hacer arder el  interior del hombre, sube a los oídos en una enredadera de luz que por un segundo nos preserva de la muerte.

No es el hecho religioso implícito en esta ópera lo que me conmueve, es algo más, algo terrenal y poderoso; tan poderoso que tiene la fuerza de enfrentarme a la necesaria presencia del presente.

No hay nada sobrenatural en el Ave María de Schubert, el milagro se despliega en la tierra y ocurre en el filo de la tarde.

Escuchar lo profundo de esta música es reconciliarnos con lo profano, con el polvo que somos, con la vida misma que brota de un pozo oscuro y nos invita a cantarle al presente; a ese momento inasible y frágil que es quizá lo único que realmente nos pertenece.

La música nos libera en el instante, incendia las oscuridades de la vida,  llena de verdad el espacio. Sus notas hirientes nos retan a conquistar para nosotros este mundo lleno de dudas, a entender que el aire es nuestro aire y la tragedia de la existencia nuestra tragedia, que la esperanza nos pertenece, como nos pertenecen nuestros sueños.

El Ave María fue compuesto para dioses que lentamente van  desapareciendo; desde esta orfandad positiva en la que habitamos hoy día, la verdad de una voz nos pide que tomemos posesión del presente. La fuerza de sus notas nos lanza a la conquista de ese espacio único e irremplazable en donde se concentran las fuerzas de la vida. Su lenguaje abre la tierra, no el cielo; en  lo hondo de estas notas el mundo se transforma en un vergel, en un jardín de instantes a conquistar en el que la muerte y la vida se enredan en un sueño lucido que despierta todas las células del cuerpo.

En lo profundo del Ave María un nuevo mundo nos aguarda, el mundo que siempre estuvo ahí, el mundo milagroso de lo real, el mundo que sabe a uva nueva, que impregna el aire de preguntas, el mundo terrible donde las peores pesadillas  ocurren  y a las que tenemos que enfrentar irremediablemente, el mundo donde el cuerpo de nuestros amantes nos lleva a la victoria sobre la muerte; el mundo real, esta tierra nuestra, única y verdadera, imparable, contradictoria y bella.

La vida se despliega en las notas del Ave María de Schubert, se revela para quien quiera escucharla. La música irrumpe como una revelación vital, como un relámpago en medio del eclipse y trae consigo el  último latido de una era  decadente y el primero de un mundo por descubrir, esta ahí, como la fruta que comimos el día que fuimos expulsados del paraíso  insostenible de la fe;  es nuestro alimento y nuestro  aliento, es el aire que llena nuestros pulmones y  la carta que dejaremos a nuestros hijos.

A nuestro mundo, como dice Rimbaud, le hace falta la música sabia.

Salud.

 

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