Renoir o el profeta del presente.

by samuelr77

 ( Sobre la obra “Bañista sentada” de Auguste Renoir ,1883. Universidad de Harvard)

Una mujer reposa en el campo, su mirada es un hilo tendido entre nuestros ojos y lo infinito. Una poesía de tonos azules y dorados recorre el paisaje con la prisa serena de un enamorado. Detrás de ella, en las profundidades del cuadro, el agua corre hacia lo incierto, la luz se arrastra como pidiendo perdón; en medio de esta dulce furia de colores, la mirada de la mujer permanece suspendida en el aire mientras se impacta en la mirada del espectador. No espera nada, está satisfecha en sí misma, es perfecta, no añora ni desea ni reta, no se fuga con el agua del río, ni se levanta en busca de la luz liberadora del sol, está ahí, persistiendo en el presente en armonía con los ruidos del bosque y al filo de la luz, suspendida en el abismo de lo real.

En el cuadro se presiente una agitación, una vibración constante y poderosa, algo físico está ocurriendo. Los cuadros de Renoir no solo se ven sino que también se escuchan. Se escucha lo imposible, se escucha el rozar del agua con la rocas, se escucha  la luz del sol cayendo como una suave brisa sobre el instante, se escucha la meditación del musgo y la tristeza del otoño, se escucha la mirada de la mujer rompiendo la tela de la realidad y rasgando delicadamente el aire hasta llegar a nuestro presente. Sin embargo, el sonido más poderoso aún está por revelarse. Algo tiembla en las manos de Renoir, vibra más que los otros elementos del cuadro, resuena como un panal de abejas furiosas, como un redoble de tambores que anuncian la llegada de la gloria.

El cuerpo de la mujer es esa música rebelde y elegante a la que me refiero; existe una correspondencia directa entre la mirada  y su cuerpo, ambos están suspendidos en el instante, y vibran con una magia  sutil y milagrosa.

El tiempo en Renoir es sublime.  Una fuerza  muy poderosa  sube de las profundidades del cuadro.

Un pie está ligeramente encima del otro, se sostiene en el aire con un movimiento pendular que marca el ritmo de todo el cuadro, juega con el viento y el viento juega con él. Un poco más arriba, una sábana a punto de caer por completo cubre las piernas y parte de la cadera, da una vuelta por atrás de la mujer y se pierde destronada en el pequeño abismo que se forma en el borde de la piedra. La sábana es el único elemento mudo del cuadro, tiene que ser así, es la encargada de develarnos el vibrante sonido de la carne, es un telón que cae y se arrastra vencido por el efervescente sonido de los pechos que gritan y ya se anuncian por debajo de los brazos.  Este recorrido nos lleva nuevamente a  la mirada, que se despielga en un presente  continuo que compartimos con  la chica. Nuestro presente es su presente, es el presente por definición. Estamos como ella, rodeados por el sonido milagroso del agua, y por la muerte próxima de la tarde, estamos como ella, sostenidos en el instante por nuestra mirada, perfectamente instalados en lo momentáneo.

Nuestra mirada y la de la chica crean un puente de vibraciones efímeras que nos comunica con las fuerzas del  instante. Esta es la magia de Renoir, la penetración sutil a lo actual que nos pertenece.

La exposición del cuerpo, el triunfo de la carne, la aparición de los pechos, el preciso acaecer de la luz; todo se concentra en el único lugar donde el hombre tiene derecho a sobrevivir plenamente. Este cuadro es el reino del presente,  de la presencia del presente  que arde como un fuego primordial, que  se abre ante nosotros y nos invita a poseerlo.

Al final, cuando en verdad penetraremos en el cuadro, la victoria  de lo terrenal emerge del mundo mismo en esa eterna resurrección que surge de la aceptación del instante y se hace activa en nuestros ojos cuando en verdad nos decidimos a ver.

 

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