Entre Pablo Escobar y el aroma del café.

by samuelr77

La literatura es generosa en abismos. La maldad en su máxima expresión fue captada por el ojo del poeta, por la penetrante pluma del novelista, por el temor del místico, por el sueño del religioso. Nos interesa el mal, lo llevamos dentro de nosotros como una sombra constante de tal manera que, cuando lo reconocemos en el exterior, no podemos más que  dejarnos cautivar por una seducción inmemorial que nos atrapa y nos repele como un oro maldito.

Un personaje en particular pobló de pesadillas el páramo de mis sueños. Me refiero  al viejo Pew de la novela  “La Isla del tesoro” del extraordinario escritor escocés Robert Louis Stevenson. Un odio seco y profundo gravita en el alma de ese personaje. Recuerdo vívidamente la sensación de desasosiego que experimenté cuando el viejo Pew tapa la boca del pequeño Jim Hawkins y lo aprisiona entre sus manos con las peores intenciones. Recuerdo que sentí sobre mí el aliento de la maldad, un veneno poderoso recorrió mis venas y el miedo se apoderó del instante como un incendio silencioso. Nunca un personaje real o de ficción animó  en mi ser semejante sensación; ni la fatalidad  de la infame Jezabel, ni el profundo e inmisericorde rencor de Joe el Indio, ni la perversa sed de sangre del predecible Nosferatu, ni el plomizo cíclope Polifemo, despertaron en mí semejante inquietud. El viejo Pew encarna la maldad  desde el anonimato, su odio es el odio de la sombra. No detenta el poder de los dioses, ni tiene una personalidad envolvente  lista arrasar con su presa; representa algo más simple, más primitivo. El viejo Pew nos hace sentir que somos frágiles como un niño, y  que en las sombras nos asecha una trampa antigua, lista a taparnos los ojos, a asfixiar cualquier intento de esperanza y acabar así con la aventura humana.

El año pasado me encontré con otro de estos abismos que de tiempo en tiempo aparecen en el horizonte de la especie. Me refiero al turbulento narcotraficante colombiano Pablo Escobar Gaviria, representado con una precisión casi quirúrgica por el actor caleño Andrés Parra.  La serie de televisión “El patrón del mal” me atrapó en seguida; al principio lo atribuí al placer que produce en mí el escuchar ese acento que trae consigo el sabor del café y rememora las  conversaciones con mis grandes amigos colombianos que enriquecieron mi vida en  distintos  momentos. Al final seguí la serie hasta su conclusión por que me di cuenta que tocaba un tema muy importante no solo para la historia de Colombia, sino también para el colectivo humano. La serie logra explorar esa parte oscura, destructiva y misteriosa, del hombre; habla sobre  eso que también somos y que nos consume cuando emerge  en toda su fuerza.

La serie es en sí misma un intento de entender el duro trance que experimentó la sociedad colombiana durante el último tramo del siglo XX,  muestra un afán muy honesto por  recuperar su presente, por ponerse a cuentas con una parte terrible de su historia y por  rescatar del olvido nombres  y héroes que  son un ejemplo vital y verdadero para el hombre de hoy.

La figura de Pablo Escobar  nos presenta  una visón de nuestro propio mundo. Los valores en los que se funda nuestro tiempo se precipitaron sobre sí mismos, y su desplome fue terrible. Pablo Escobar encarna la caída de un tipo de hombre  y la erosión de toda una sociedad. El culto al dinero, la  falta de oportunidades para un gran sector de la comunidad, la corrupción de  las autoridades, la inoperancia social de las clases educadas, el fracaso de la religión como una visión del hombre, la avidez destructiva de los giros negros, la falta de un proyecto social eficaz que prevenga el abuso de drogas; estos factores, entre otros, se concentraron en la persona de Escobar y lo que emergió fue un  monstruo de dimensiones  mitológicas listo a devorar a la sociedad que lo produjo. Debemos reconocer que estos monstruos son alimentados por nuestro propio impulso. Esto me hace pensar que una sociedad que no reflexiona sobre su estilo de vida acabará por ahogarse en su propio veneno.

La historia de Escobar es la erupción del mal en su potencia más alta. Es también un recordatorio escarlata de lo que somos capaces de producir. La maldad apareció y una sociedad entera tuvo que revisarse a fondo para lograr salir del abismo de sangre y muerte en el que se vio inmersa.

A mí Colombia me ha llegado en un eco. Durante mis estancias en el extranjero, ya sea por estudios o por placer, he tendido la fortuna de encontrarme con amigos y compañeros  colombianos que me han mostrado los distintos rostros de una misma realidad. En todos ellos reconozco un genuino amor por su tierra y un profundo deseo de recomponer con su trabajo el prestigio, a veces maltrecho, de su querido país. Entre golpes de aguardiente, música de los valles y tazas de café descubrí un tipo de gente muy particular, profundamente enraizada en la vida, con una gran urgencia por recuperar su presente y  por  relanzar a su país desde la educación y el esfuerzo diario. La historia de Colombia es la historia de una bella mujer que cayó en la casa del dolor y que hoy busca recobrar su actualidad. Esta historia no puede más que afectar a nuestro  propio país, y mostrarnos un ejemplo sumamente enriquecedor sobre la forma de lidiar con nuestros propios demonios.

Es cierto que Pablo Escobar cundió como un veneno sobre la bella Colombia, también es cierto que en medio de ese vértigo de sangre y fuego nunca el aroma del café dejó de enamorar al viento. Por cada viejo Pew existe un Jim Hawkins, contra todo Pablo Escobar existe el aroma del café que puebla de esperanzas el instante.

Salud.

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