Intuiciones vibrantes entre la noche y la neblina.

by samuelr77

José Alfredo Jiménez: juglar, trovador, sacerdote mexicano del tequila y las canciones. Su voz es la entrada a un abismo, un temblor a punto de nacer, es el despertar a una tragedia inminente.

Las canciones de José Alfredo son el eco fatal de lo que resuena en el horizonte. Su poesía es árida y salvaje, oscura como un diálogo mortal, lacerante como una maldición. Está cargada de presagios negros y al mismo tiempo aparece plena de esperanzas de humo. Cantar sus canciones es consumirnos en la fascinación de un incendio repentino, es flotar eternamente entre la niebla de un páramo sin nombre.

José Alfredo Jiménez es un grito, un aullido que enciende la noche y se estrella en el corazón de una mujer, un cometa incandescente que vaga por un universo oscuro hasta chocar de frente contra el destino. Es un lobo que aprendió a hablar, un lobo herido que tiene un amorío con la luz de luna, que aprendió a engañar a la muerte mientras la llama a su lado.

José Alfredo es un evangelista de la tragedia, está siempre listo a devorar el instante, a caer muerto en una lucha feroz contra las sombras. Sus ojos aprendieron a leer la oscuridad, el día es su enemigo, eligió la noche para desbordarse, para maldecir al azar, para levantarse como una torre de misterios que parece indestructible y que naturalmente se derrumba cuando el día despierta. Como buen evangelista, José Alfredo rasga con su voz el velo de todos los templos posibles y deja escapar a los espectros que habitan en quien lo escucha. Su espíritu entendió mejor que nadie que en este mundo cualquier sitio puede ser el lugar donde se ofrece un ritual por las penas de la vida diaria, y que en este país en particular El Monte de la Calavera aparece súbitamente cuando alguien canta, de modo que en cada esquina hay una muerte y una crucifixión, una resurrección  y un coro de lamentos.

Su música es la voz más pura de nuestra gente. Nadie como él para entender que no le tememos a Dios ni al diablo, que no le tememos a la muerte ni a la vida, que a lo que le tememos verdaderamente es a la pérdida. El mexicano siempre está perdiendo algo: el amor, a la mujer, sus tierras, sus máscaras. Nuestra historia nacional y nuestros traumas surgen de la pérdida, José Alfredo lo expresa en un huracán de llantos, no puede hacer más.

Entre música y tragos sus canciones son el hierro candente que quema la piel de quien las escucha. La cantina o la parranda son el teatro perfecto, el confesionario y el sitio de la verdadera penitencia. En esta atmósfera de humos trasnochados, donde el alcohol y las mujeres son a un tiempo salvación y perdición, José Alfredo levanta la voz; las emanaciones de su espíritu se convierten entonces en un canto colectivo que se elevan desde las entrañas de nuestro país. José Alfredo canta lo que todos los demás callan, es el poeta más lacerante y verdadero de nuestra historia musical, sus canciones revelan y esconden, dicen y callan, enamoran y arrancan corazones; su voz es la lengua viva de todo este pueblo triste y palpitante que se llama México. Es el hombre-fantasma-hombre que le canta al héroe boca abajo, a ese ser ajeno al ritmo del mundo, a nosotros que escuchamos el rumor de las edades y que sólo podemos avanzar hacia abajo, hacia lo hondo de la tierra, resignados, doloridos, ahogados en nuestro propio llanto. El héroe al que José Alfredo describe está en el límite del tiempo, afuera, allá lejos, donde los elementos se agolpan y se confunden, donde la sangre da de beber a los jilgueros, donde la existencia es un llano en llamas o un diluvio inesperado.

Una intuición vibrante resuena en esta música de nieblina y confesiones: el mar enardecido de la vida no ha sido lo suficientemente poderoso como para hundirnos. José Alfredo lo sabe y lo canta en una canción, sufre, reclama pero no se mueve; canta nuestra tristeza mientras cae en el pozo de la existencia, resiste.

Algo muy poderoso respira en estas notas, se agita y cuando no puede soportarse más, sale disparado por los aires como una roca incandescente. Es la sensación de que, como dice Shopenahuer, la añoranza y el dolor de la poesía no describen a un sólo ser efímero y fugaz, sino que son el suspiro de toda una especie que se condensa, se oscurece y se arroja a la vida en un haz de luz tan mágico como doloroso.

Las canciones que este hombre lanza contra el mundo tienen un efecto existencial poderosísimo, nos enseñan a resistir en el vacío, a hacernos fuertes en la inclemencia de la nada.

Las canciones de José Alfredo Jiménez son un suspiro punzante de nuestra especie, una especie que aprendió a respirar en el ritmo incontenible de la música.

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