Sobre “El Gran Cerdo” y otras formas de enfrentarse a la existencia.

by samuelr77

Caminar por las calles de Granada es aventurarse a un límite, es estar expuesto a sentir como el azar se abre sobre el caminante  como una vena herida . Las noches andaluzas están pobladas de presagios muy especiales, nada ahí sucede a medias, el instante en Andalucía siempre está cargado de potencias. Una de esas noches del sur  conocí a ”El Gran Cerdo” en un pequeño bar del centro de la ciudad.

Entrar al bar de Fuensanta es entrar al reino de lo imprescindible, de lo que no puede faltar en la vida. Una vez dentro estamos condenados a dejar una parte vital de nosotros mismos pegada a las paredes del lugar. Uno nunca abandona el bar de Fuensanta,  esta siempre  ahí, rondando con la música o perviviendo en el sabor de la noche.

La primera vez que visité el lugar fui recibido por una canción de otro tiempo, de otro calor, un calor diferente al de Granada, un calor de selvas y de soledades, de huídas y añoranzas. Entré cuando tocaban “Mi viejo San Juan” en voz de Javier Solís,  la voz de Javier Solís me deparo la extraña sensacion de estar en casa. A ésta se fueron sumando canciones francesas que llevan en su vientre el sabor de la eternidad, ritmos árabes y andaluces cargados de sol y de desiertos, boleros sudamericanos siempre al límite de la muerte. La magia de la música nos rompía y por un segundo nadie era extranjero, éramos todos simplemente hombres y mujeres listos a entregarse al vaivén azul de la noche andaluza.

El bar de Fuensanta tiene además un elemento bellísimo: está lleno de lámparas. Las lámparas recorren los estantes, están clavadas en las paredes, llevan en su historia la promesa de la luz. Hay lámparas rudas y humildes que sin duda iluminaron a algún campesino que alimentó su soledad con la suave caricia del pan nocturno. Hay lámparas pequeñas y breves, lámparas de mano casi secretas que darían luz al conspirador que planeó su primera estrategia para dar muerte al tirano en turno. Hay lámparas de mesa, dignas y elegantes como un vals o como una fuente prodigiosa en un jardín secreto. Fuensanta me reveló que las lámparas son el gran triunfo del hombre contra la penumbra, no el triunfo agobiante y soberbio de las fuentes públicas de luz, sino el triunfo íntimo y sencillo del hombre de calle, ese que  todos los días de su vida tendrá que enfrentarse al renio de las sombras.

El bar está dedicado al vino, ella misma es una reconocida sommelier granadina. Fuensanta no domina la barra como el barman común, más bien recrea el instante desde el sagrado corredor del vino que ella misma inventó para enfrentarse al mundo.

Andaluza, andaluza granaina, andaluza granaina sommelier, andaluza granaina sommelier barman, tanto potencia junta solo pueden provocar el advenimiento de un enigma, un enigma que se rompe con una copa de vino servida con la pasión de quien entiende que en el mundo existen cosas que uno no puede permitirse olvidar.

En una de nuestras tantas conversaciones noté que en este universo de botellas había una que ocupaba un lugar casi preferencial: “El Gran Cerdo”.  El nombre me llamó la atención, al principio me pareció un nombre horrendo, decadente, perturbador. ¿Qué tiene que ver un cerdo con la suprema dignidad del vino? Fuensanta me miró y sin decir palabra puso la botella frente a mí, la estampa narraba la historia de su nombre.

El Gran Cerdo” fue nombrado en honor a un gerente de banco. Los productores de la botella habían solicitado un crédito para solventar la producción, mismo que les fue negado bajo la excusa de que no podían otorgar un crédito a un producto que no era sujeto de hipoteca. Básicamente se les explicó que no sabían como hipotecar el vino y por lo tanto no podían otorgarles el préstamo. Los productores, un tanto exaltados, reunieron sus ahorros, vendieron propiedades y autos, y entre todos juntaron la cantidad necesaria para la producción. Eligieron un nombre bellísimo:”El Gran Cerdo”, en honor, según la estampa, a ese cerdo financiero  que les hizo entender que las cosas buenas de la vida no se hipotecan.

En estas líneas he tratado de traducir lo que tal vez sea imposible, he tratado de transmitir  el sabor mágico de un momento de revelación. Fuensanta, su bar y “El Gran Cerdo” me enseñaron que existen lugares en los que la vida se condensa y que son como un huracán en el que giran sombras y luces, un huracán de semillas que fecundan el instante de risas y de música, que llenan el alma de las esencias más puras,  y que tienen el poder de transformar a quien se acerca con los ojos listos a descubrir el otro lado del asombro. El bar de mi amiga es esto, una pequeña cueva de promesas, una fortaleza de luz a medias donde el vino nos habla de la existencia, y donde uno aprende a andar más ligero por la vida por que  se ha llenado  el alma de lo imprescindible.

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