Tchaikovski y el caos.

by samuelr77

   “A nuestro deseo le hace falta la música sabia.”

Arthur Rimbaud

La música se forma de lo que llueve en el interior del hombre, de ese exceso poético que hace surgir la vida generosamente suscitando una doble sensación de inmortalidad y confusión, de sueño y realidad. La música es el viento mismo que seduce al hombre con una frágil violencia. La música emociona, la música vibra en la piel del mundo, es el sueño más sutil, el sueño que se impacta en lo real con la fuerza de un huracán de armonías.

Una en especial se enredó en mi corazón; una subió a mis ojos, a mis oídos, descubrió en mí territorios inexplorados llenos de magia y de sortilegios de ámbar. Presencié El lago de los cisnes en un teatro gigantesco del centro de mi ciudad, la belleza de la puesta en escena contrastaba con el rudo edificio construido en una época en la que los arquitectos seguramente tenían el alma de plomo. Desde las primeras notas me di cuenta que El lago de los cisnes es en realidad una presencia, un ánima poderosa que revienta de belleza todo lo que toca. Su fuerza disloca las emociones, colma el instante, lo sobrepasa incluso;  el llanto y la risa se mezclan en una pócima de sonidos que  abren  la realidad y la seducen irremediablemente, una suave marea  inunda el ambiente y uno se sabe perdido en una selva incontenible que nos hace deambular entre lo eterno y lo fugaz.

El día que presencié la función ocurrió algo sumamente revelador. Detrás de mí una pareja disfrutaba de la puesta. La mujer, al hablar, dejaba escapar un sonido caótico y rebelde el cual era imposible pasar por alto. Empezar cualquier frase le suponía un esfuerzo enorme que acababa en una incompresible estampida de palabras que se derramaban en el abismo de la nada justo al dejar sus labios. Sufria algún grave problema que estaba superando gradualmente. Mientras la función avanzaba El lago de los cisnes hacia sentir su presencia, las notas bajaban desde el escenario, la música se balanceaba en los oídos con la dulzura de un mar enamorado. En esa música nos recogíamos todos, nos dejábamos ir inocentemente en el viento como si nuestras almas hubieran nacido junto con las notas musicales. La música tiene la cualidad de hacernos sentir que el mundo acaba de nacer, que todo es puro, que todo es  constante y efímero a un tiempo.

En medio de esta oración de sonidos la voz entrecortada de la mujer hacia un contraste casi surreal, las notas musicales se mezclaban en el aire con el caos doloroso que salía de sus labios. Era como si dos almas en fuga que súbitamente se han reconocido se abrazaran de pronto atrapándose en el instante. La mujer celebraba la música desde su dolor, desde la terrible frustración de no poder expresarse.

Mi atención cayó en este espectáculo que se armaba en el viento frente a mí, algo de caótico tenía ahora El lago de los cisnes y también algo increíblemente bello había en la voz entrecortada de la mujer. Entre Tchaikovski y la disonancia  me descubrí como humano, me vi, me refleje en los ojos del desorden, me descubrí en la  honda belleza de la música y, en ese momento increíble, en el que el caos  se besó fervientemente con la armonía, intuí el rostro de la existencia  que esta plagada de altas notas de belleza incontenible y de arduos y dolorosos momentos de caos. Descubrí que entre la desolación y la belleza estamos, nos movemos los hombres, entre la  suavidad de la música y la angustia profunda que habita en nuestras voces, ese es nuestro espacio natural, nuestro paraíso móvil de sombras y luces.

La función terminó, la gente se despedía como quien  despierta de un transe. Por alguna razón no pude ver el rostro de la mujer, permaneció todo el tiempo en la oscuridad y luego se perdió entre la gente, creo que fue mejor así.

Esa mujer también soy yo, también eres tú, esa mujer y su dolor me develaron que estamos sometidos al caos de lo real, pero también que tenemos la posibilidad de encontrarnos en el viento con la más sutil de las esperanzas: con la música.

 

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