SAMUEL RODRIGUEZ

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. " Borges.

Pintura mexicana

Un artículo para el diario sobre la obra del pintor mexicano Rufino Tamayo, que es realmente un temblor, un terremoto en formas estéticas.

http://www.elhorizonte.mx/opinion/editorial/rufino-tamayo-o-la-mirada-imposible/2093126

 

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Rufino Tamayo, la mirada imposible.

La obra de Rufino Tamayo plantea una doble erupción volcánica: la primera, en la fuerza con que lanza el color y este sólo pasa por la mirada del espectador; su viaje verdadero es hacia la nada. La segunda en el interior de quien lo admira..

Desde mi punto de vista, la fuerza de este genio, radica en que logra una complicidad de ideas tan únicas como incontenibles, crea un universo salvaje y preciso a un tiempo. De tal manera que estar frente a su obra es estar frente a los limites de la mirada pictórica.

Tamayo utiliza composiciones muy firmes, rígidas , planeadas en la seguridad de las matemáticas, su obra, contrariamente a lo que parece en un primer momento, se soporta no en lo desmesurado sino en la exactitud de la geometría. Sin embargo, este soporte lanza y relanza una fuerza incontenible, esta vez de una estética prehispánica e incluso prehistórica capaz de arrancar del espectador emociones que permanecían en el interior como tigres dormidos que despiertan de una siesta de siglos.

Todo esto apuntalado en la expresión que se rebela en una revolución colorista que atrapa el mundo en una nueva estela de misterios y nos envuelve en una niebla milenaria, poderosa y fantasmal.

En esta obra que aparece abajo, Tamayo lanza la pregunta por el yo, que es máscara eterna, mientras un universo rojo detona a nuestras espaldas, colocándonos en el límite de la duda.

El genio habla, su voz se incrusta en la nada, la mirada rueda por la pendiente del mundo. La pintura palpita en un lago de colores imposibles.

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Lluvia.

 

Había olvidado el misterio de la lluvia.

Ayer, sin embargo, el rumor de la llovizna tocó a mi ventana como una pequeña y tímida niña que apenas podía hablar.

 

Gruesas gotas de agua dibujaban en el cristal notas musicales que fluían y se alargaban como si las escribiera un músico que llora sobre el papel.

La lluvia entró en mi corazón,

en mis sueños,

humedeció esta larga tristeza de días.

Entró en mi arterias,

en los secretos de mi voz.

El rumor de la lluvia que da esperanza al sediento,

que levanta al tigre de entre la maleza y hace reposar al moribundo.

 

Hoy dudo de mis palabras,

quizá no llovió y lo que vi fue una lluvia fantasmal que sólo ocurrió dentro de mí.

 

Quizá en verdad llovió.

y la hierba verde y enamorada ahora mismo se prepara para bailar con el viento una tierna música de esperanzas

¿Por quién doblan las campanas?

Ayer encontraron los restos del medico argentino Jorge Mario Roitman, desaparecido por la dictadura cívico-militar argentina el 2 de diciembre de 1976. Según las investigaciones, Roitman fue arrebatado de su familia bajo la sospecha de haber realizado cirugías e intervenciones medicas a lo miembros de la resistencia argentina, así como de hacerles llegar material clínico. ( https://elpais.com/…/2017/12/26/arge…/1514316589_479549.html )

No he podido dejar de pensar en su muerte desde que leí la nota ¿Por qué me afecta hoy aquí la muerte de este hombre? ¿Por qué esta noticia es capaz de cimbrar mi realidad asi como conmover y absorber de tal manera mis pensamientos?

Pienso en el poema de John Donne, ¿Por quién doblan las campanas? cuando dice que la muerte de cualquier hombre nos empobrece, cuando lanza a la eternidad la imposibilidad de ser una isla existencial y la necesidad imperiosa de reconocer en mí a mis semejantes.

Unos trabajadores de construcción que trabajaban cerca al hospital Posadas en el gran Buenos Aires encontrar los huesos del doctor a 60 cm del suelo Y es que los huesos de los luchadores sociales son tercos y no son fácilmente deglutidos por la maldad y por la muerte, resisten en las sombras y cuando son descubiertos siguen lanzando su mensaje libertario. Por eso son tan odiados por el poder y por esto mismo, son parte de nuestra conciencia.

Su muerte fue muy cruel, la dictadura deseaba eliminar la humanidad de sus enemigos a través de la tortura, su salvajismo fue un atentado demoledor contra el individuo, contra la libertad de conciencia. Perpetraron muchas atrocidades, pero no lograron borrar la memoria y la lucha por la libertad.

https://www.youtube.com/watch?v=NhsUcmV32HY

Nocturno.

El viento en olas desciende desde la montaña,

golpea las paredes de la casa como si tuviera urgencia de decir algo,

como si quisiera que los hombres salieran a preguntarle:

¿qué te pasa?

 

A las tres de la mañana el viento descansa,

se detiene igual que un animal cansado.

Es la garganta misma de la tierra que reposa en el centro del abismo.

 

Todo queda en silencio,

la gente duerme en la paz del que no sabe que la muerte lo asecha en la siguiente esquina.

Los enamorados reposan,

los niños apunto de nacer escuchan el murmullo de los sueños de los hombres.

 

Algo me pregunta el viento de la noche;

en su voz se presiente una duda vertiginosa,

falsa, llena de humo y de neblinas rasgadas.

 

¿Qué es el viento nocturno sino una plegaria revuelta,

un poema de ramas rotas,

un mar de voces a medias que se filtra hasta donde mi corazón no puede llegar?

¿Qué es el viento sino el beso de todas las mujeres que he deseado,

o la voz de mi abuelo que nunca conocí,

o la circulación de la sangre de Dios que pasa por encima de nosotros?

 

En silencio escucho los restos que deja el viento en su huida,

escucho como deja sus huesos en medio del patio.

 

El contorno de las sombras brillan más que otras veces, quedan árboles moribundos y estatuas de alas rotas con sangre en los labios que han sobrevivido al embate furioso del viento negro que esparce la vida y nos llena de polvo la conciencia.

 

 

 

 

José Alfredo Jiménez: la voz y el abismo.

José Alfredo Jiménez: trovador, sacerdote mexicano del tequila y de las canciones. Su voz es la entrada al abismo, es un temblor a punto de nacer, es el despertar a una tragedia inminente. Su poesía es árida y salvaje, oscura como un diálogo mortal, lacerante como una maldición. Cantar sus canciones es ser consumidos por la fascinación de un incendio repentino, es flotar eternamente entre la niebla de un páramo sin nombre.

José Alfredo Jiménez es el aullido que enciende la noche, es el cometa ebrio que vaga por un universo sombrío hasta chocar de frente contra el destino, es el lobo herido que tiene su amorío fugaz con la luz de luna, es el evangelista de la tragedia, un poeta imposible que aprendió a engañar a la muerte mientras se acuesta con ella. El día es su enemigo, sus ojos se acostumbraron a leer la penumbra; eligió la noche para desbordarse, para maldecir al azar, para levantarse como una torre de misterios que parece indestructible y que se derrumba invariablemente cuando el día despierta.

Como buen profeta de la tragedia, rasga con su voz el velo de todos los templos posibles. Su espíritu entendió mejor que nadie que cualquier sitio puede ser el lugar donde se ofrece un ritual por las penas de la vida diaria, que México es el gran Monte de la Calavera y se hace visible cuando alguien canta, de modo que en cada esquina hay una muerte y una crucifixión, una resurrección y un coro de lamentos. Su música es la voz más pura de nuestra gente. Nadie como él para entender que no le tememos a Dios ni al diablo, que no le tememos a la muerte ni a la vida, que a lo que le tememos verdaderamente es a la pérdida. El mexicano siempre está perdiendo algo: al amor, a la mujer, a sus tierras, a sus máscaras. Nuestra historia nacional y nuestros traumas surgen de la pérdida, y José Alfredo lo expresa en un huracán de suspiros; no puede hacer más.

Entre música y tragos, sus canciones son el hierro candente que marca la piel de quien las escucha. La cantina o la parranda son el teatro perfecto, el confesionario veraz y el sitio de la verdadera penitencia. En esta atmósfera de humos trasnochados, donde el alcohol y el desamor son a un tiempo salvación y perdición, José Alfredo levanta la voz: las emanaciones de su espíritu se convierten entonces en un canto colectivo que se eleva desde las entrañas de nuestro país. Es el hombre-espectro que le canta al héroe bocabajo, ese ser ajeno al ritmo del mundo, a nosotros que escuchamos el rumor de las edades y que sólo podemos avanzar hacia abajo, hacia lo hondo de la tierra, resignados, doloridos, ahogados en nuestro propio llanto. El héroe que José Alfredo describe está en el límite del tiempo, afuera, allá lejos, donde los elementos se agolpan y se confunden, donde la sangre da de beber a los jilgueros, donde la existencia es un llano en llamas o un diluvio inesperado.

Una intuición vibrante resuena en esta música de neblina y confesiones: el mar enardecido de la vida no ha sido lo suficientemente poderoso como para hundirnos. José Alfredo lo sabe, se vuelca en sus canciones, sufre, reclama, pero no se mueve; resiste. Esa resistencia nos recuerda decididamente a Arthur Schopenhauer cuando explica que la añoranza y el dolor de la poesía no describen a un sólo ser efímero y fugaz, sino que son el suspiro de toda una especie que se condensa, se oscurece y se arroja a la vida en un haz de luz tan mágico como doloroso.

Los poemas que este hombre lanza contra el mundo tienen un efecto existencial poderosísimo: nos enseñan a resistir en el vacío, a hacernos fuertes en la inclemencia de la nada. Las canciones de José Alfredo Jiménez son el aliento punzante de nuestra especie, una especie que aprendió a respirar en el ritmo incontenible de la música.

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Ritmos rojos.

Las horas,

los minutos,

marcan el ritmo del día.

 

Tus ojos,

tus silencios,

el roce de tus manos,

marcan el ritmo de mi sangre.