SAMUEL RODRIGUEZ

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. " Borges.

En algún lugar de tu cuerpo.

 

En algún lugar de la noche un cuerpo de mujer me espera.

Me asecha en las calles de la ciudad,

aparece entre la hierba,

en alguna esquina.

 

Cuerpo de mujer,

laberinto que arde en sus propias paredes,

isla extraña a donde el mar no llega,

ave pasajera que vuela boca arriba,

fuego encendido por el aliento de la muerte la noche primera,

fin de este día,

agua dulce para la sed de la memoria.

 

Esta noche la ciudad intenta un suicido,

las estrellas tiemblan en silencio,

el rumor del río llora bajo los puentes.

Es entonces cuando aparece tu cuerpo.

Mis ojos heridos por el misterio que te nombra rompen la tiniebla sólo para verte,

para deletrearte como un ciego deletrea la hora de su muerte.

 

Tu cuerpo navega entre las horas como una barca en libertad.

 

Es tan amplio el mar pero cabe en tus ojos.

La  ciudad te piensa y se desarma.

El día se levanta, la noche se abre.

 

En algún lugar de tu cuerpo la noche me espera.

En la nostalgia de ti,

la noche me desea.

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Diego de Velázquez.

Diego de Velázquez tenía un trabajo jodidisimo, tenia que hacer ver bien a toda la mierda esa de la Monarquia Española de la época, además de retratar a Papas, cortesanos, duques, condes, y todos esos cerdos enfermos de poder.

Los gobernantes viven del vicio de la imagen, sus inseguridades las paga el dinero público, el afán de poder hace que la infamia de su rostro se desborde sobre el mundo en una marea inmunda que invade todos los rincones de la vida diaria.

Velázquez sin embargo, bucea en la realidad de su època y logra rescatar la belleza épica y poética de la gente de calle. Sus retratos de bufones, enanos, borrachos y caminantes lo sitúan en un lugar de privilegio en el imaginario artístico; Velázquez ensancha el mundo, lo aumenta espiritualmente en una larga reflexión sobre la belleza del rostro humano sin precedentes por sus registros pictóricos y por sus alcances poéticos.

En contraposición a otros pintores de la época como por ejemplo Murillo, Velázquez no idealiza a su modelo, lo deja acontecer desde su propia humanidad dotándolo de un impulso luminoso que suavemente roza los cuerpos para hacer a sus modelos participes del mundo y dignos del arte, en una especie de pre impresionismo metafisico delirante y verdadero.

Los gobernantes tienen que gastarse 34 mil millones de pesos para generar simpatías, mismas que nunca consiguen, la mierda donde quiera es mierda; Velázquez exploraba las calles y hacia visible a dignidad del mundo, la relanzaba hasta el infinito, hasta el sitio donde la mirada despierta.

Si tú, lector, respondes con mayor prestancia a los estímulos del poder a través de los medios y no te conmueve el rostro del bufón Calabacillas, si te conmueve más la visita del Papa que apreciar la dignidad de la mujer friendo huevos, preocupante, te jodieron la educación y la sensibilidad.

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Goya.

Si bien, sus pinturas negras se consideran fantásticas, es notorio que La Romeria de San Isidro tiene más verdad en su tinta que La Pradera de San Isidro.

En la Romería, aparece la profundidad insondable de la miseria y la locura humana, una locura que nos pronuncia, que nos desnuda en una tensión macabra y veraz a un tiempo. Esos rostros nos describen, capturan nuestras angustias, nuestras incertidumbres, amplifican el dolor efervescente que atraviesa las edades como un rayo negro. La obra deja entrever que las ficciones religiosas tienen una parte febril, que hace emerger la desmesura; así la religión es superada por los instintos que arrollan el instante en un juego tenebroso. Goya nos revela nuestra propia humanidad en un movimiento lacerantemente y vivo, orgánico e inmortal, imposible y presente; su pintura es de una hondura inexplicable en la que extrañamente nos reconocemos.

Las obras se llevan veinte años de diferencia. La primera es parte de la historia relevante de la pintura, la segunda es eterna.

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Noche abierta.

 

De tanto caminar la tierra el corazón se apaga.

En esas noches llenas de hojas secas,

tierra,

polvo,

clavos oxidados,

en donde la memoria sale en busca de su olvido,

el corazón cae en un pozo sin fondo,

sangran las paredes del recuerdo y

la gente se cuelga de los límites inciertos de la cuidad en ruinas.

 

Una alcantarilla atrapa las plumas de un ángel terrenal,

la luna deja caer su mirada de hielo sobre los desesperados.

 

La ciudad se sabe sombría esta noche,

hoy hasta los muertos piden permiso para quedarse en sus tumbas.

 

A estas horas, la noche canta su canción velada,

los ojos de los árboles se apagan,

la ciudad bebe lagrimas de anciano,

el fantasma del río corre solitario bajo el puente vacío.

 

En noches como ésta debería repetir tu nombre tres veces,

fumarme un cigarro con tus silencios.

El corazón traiciona y recuerda aquello que no debe recordar.

 

A los románticos y a los suicidas que los hagan dormir temprano,

que les canten una canción de cuna,

y que se vayan a la cama antes de las diez.

 

¿Por qué no aparece un relámpago incandescente que ilumine el corazón de los condenados?

 

Por hoy voy a dormir unos instantes,

hasta que caiga el rocío de la madrugada y le quite la sed a mi nostalgia.

En busca de Mario Benedetti. (Completo)

El 2008 llegaba a su fin, yo me encontraba en Montevideo Uruguay, caminando por Las Ramblas, perdido en el borde del fin del mundo. En dos días debía regresar a Buenos Aires a terminar un curso de arte y filosofía que había emprendido meses atrás. No tenía demasiado tiempo para buscar a Mario Benedetti, su vida terminaba y a mi el buquebus me esperaba implacable en el Río de La Plata.

Dos cosas me habían llevado a Montevideo: el libro ” La Tregua” y una bella cantante de ópera que había conocido meses atrás en Buenos Aires. Ambos partiríamos de regreso a nuestros países  al terminar nuestros respectivos cursos y decidimos viajar a Uruguay en busca de un época de oro para la memoria.

“La Tregua” es una novela de flores muertas; es una novela que produce en el espíritu una dulce asfixia. Así es Montevideo también, una dulce asfixia imposible.  Durante mi estancia en la ciudad “La Tregua” se convirtió en mi guía, en mi Virgilio de tinta que me enamoraba y me hería a cada instante. Buscaba las huellas de Laura Avellaneda y de Martín Santomé, buscaba a ese hombre que se fundía en ambos personajes. Buscaba el rostro de Mario Benedetti.

Recorrí Montevideo, me enredé en sus calles que se mueren lentamente en el fin de la tierra; aquí la luz del sol no es como en otros sitios,  aquí la luz del sol se desliza por las calles, las atrapa en un calor dulce que sube por el cuerpo de quien las transita,aquí la luz del sol es una miel densa, inagotable, primigenia. Es tan lenta la luz del sol en Montevideo.

Un pescador hilaba esperanzas en el río. Me acerqué a él; una noche antes la cantante me había dado un concierto íntimo con alguna aria de la Edad Media justo ahí, en el hueco de una roca de este río salobre  que siempre desemboca en el desconsuelo.   Hoy estaba yo solo con mi búsqueda imposible. ¿Conoce a Mario Benedetti? le pregunté al pescador a quemarropa, así ridículamente,  como acontece todo por acá en un absurdo total que sin embargo esta permitido por la cercanía manifiesta del fin de mundo. El pescador me miraba confundido, y,  ¿éste pelotudo?  la frase  parecía brotar como un géiser desde el fondo de sus ojos. ¿Qué si conoce a Mario Benedetti? El pescador seguía confundido, luego de un par de segundos me dijo, que si, que Mario a menudo pasaba a un café ahí por la calle de Ituzangó.  No podía creer en mi suerte, había recorrido toda la ciudad, me había  subido la fiebre, me había perdido por unas calles ruinosas, había enfrentado a un par de chantas que seguían a unas alemanas desquiciadas; en una plaza conversé con artesano ciego y drogado que me dijo que Benedetti era una invención literaria, que en realidad no existía; y ahora el pescador me revelaba que Mario Benedetti iba a tomar café  a un lado de mi hostal. Regresé a mi cuarto con la esperanza reluciente. Caminé las calles del centro nuevamente; algo hiere mi memoria cada vez que recuerdo esas caminatas, ahí, perdido en una ciudad taciturna, buscando a un poeta moribundo, el mundo parecía tan cargado de bellezas que aún hoy me es imposible soportarlo.

La tarde caía sobre la ciudad como una cortina de lamentos que hacían eco en la profundidad del último cielo del año. La canción “Aprendizaje” de Sui Generis, subía desde un punto indeterminado de la calle: “viento del sur, quiero saber donde debo ir”. Frente a mí estaba el mítico “Café Brasilero”, que según el pescador y su alma, era el sito donde Mario Benedetti iba a beber con su sombra. Por un momento me quedé aspirando  los  suspiros del atardecer; entré al café buscando un fantasma, buscando a un poeta agonizante con la esperanza simple, pura y vana de darle un abrazo para que me dijera que la poesía aún vale la pena.

El “Café Brasilero”  se parece mucho a la cola de un piano,  el concierto imposible de la ciudad resuena dentro, un murmullo casi imperceptible sube desde las mesas, desde las huellas imborrables del piso, incendia los oídos con un fuego inmarcesible que sin embargo nunca acaba por disolvernos del todo.  Un par de chicas altas y esbeltas regían la barra como dos catedrales Neoclásicas que se elevaban bellamente sobre la nostalgia del paisaje.

Esperé en la barra imaginando mi encuentro con Mario; las chicas sonreían a los comensales, se sentaban junto a mi, discutían entre ellas, se reían del mundo, regeneraban la atmósfera del viejo café con sus sonrisas interminables y pasajeras. La noche avanzaba con lentitud etérea. Los parroquianos entraban al café sosegadamente, como si quisieran esconderse del mundo . Yo esperaba en la esperanza y en la espera, de un momento a otro la llegada de Mario reventaría en las olas del Río de la Plata.

Y, ¿Mario a qué hora toma el café? Le pregunte a una de las chicas, ¿Mario? ¿Qué Mario? Respondió ella. Mario Benedetti, me dijeron que acá venia a tomar el café. El que viene acá es Galeano, a Mario no lo vimos nunca.

La frase me dejó congelado, un abismo de incertidumbre se abrió bajo mis pies. El pescador me había engañado, el café era frecuentado por Eduardo Galeano, un respetable escritor uruguayo, que a mi no me había interesado nunca. Y así derrotado, con las bolas rotas, salí del café a relamer mi tristeza.

Me hundí en alcohol por las calles, la marea de la noche me ahogaba en su deriva interminable. Bebí con rabia, desordenadamente; bebí con extraños, entregué mi dinero a desconocidos con los que brindé  a la salud del poeta ausente, brindé por la muerte de la poesía, por el fuego que arde en la piel de los dioses muertos. Las calles se convirtieron en un gran río turbio de agua infame. Me recuerdo vagamente bebiendo en una banca del casco viejo, tomando alcohol barato con una grupo de chinos que reían estrepitosamente;  recuerdo que los reté a beber, eran como la gran estatua de una deidad oriental con mil ojos  y mil manos que se movían en el caos milenario, todos bebían y reían amontonados en la banca, era yo contra ellos, su fuerza contra la mía, su voluntad contra mi locura.  Esas risas intoxicaban la paz del fin del mundo, reían como enfermos que gozan su propia enfermedad, recuerdo que los insultaba, le rociaba cerveza en los pies, sus risas infames no paraban, me alejé de ellos mientras los injuriaba con todas mis fuerzas. Aquellos miles de ojos hambrientos aún pueblan mis pesadillas.

Recuerdo que entré a un bar, conversé largamente con una chica de ojos esquivos, me había visto horas antes hablando con el  artesano drogado; me dijo que Mario Benedetti moriría muy pronto, que mi búsqueda era inútil, que no debía perturbar la paz del moribundo, me dijo que la poesía sólo sirve a las almas sencillas, a los que no tienen ambiciones verdaderas;  me pidió que la acompañara a Punta del Este, ahí encontraríamos a sus amigos en una casa grande y fresca, y beberíamos hasta saciarnos. Me besó en la penumbra, yo la besé con rabia, nuestras manos se perdieron en las cuevas de nuestras noches. La gente nos retrataba mientras bailaban estúpidamente a nuestro derredor. Era el baile de la muerte de Mario, la danza de la muerte de la poesía; me sentí indigno, enfermo, miserable y pobre.  Bésame, perra, le decía, lo repetía como un mantra, como si el lenguaje en mí hubiera muerto y sólo me quedaran en la lengua esas dos palabras miserables: bésame, perra, bésame. La chica reía presa del alcohol, el bar era un ataúd abierto, la voz ebria de la gente se confundía con el aullido de los cerdos en la pocilga.

En algún punto de la ciudad, Mario Benedetti agonizaba en una cama que se hundía en las carnes de la muerte.

Desperté con la aurora, tirado en una banca cercana a la peatonal Sarandí. Ante mis ojos se abría mi último día en Montevideo. Las huellas de la noche me dolían en todo el cuerpo, una mujer entrada en años pasó a mi lado, llevaba dos cafés en la mano, uno fue para mi.

El oleaje del día me encontraría revestido  de nuevas   esperanzas.

El sabor del alcohol ardía en mi lengua, me envenenaba. Ese amanecer nocturno que se abría en el horizonte era una navaja afilada que rasgaba mi garganta como la de aquel prisionero en ese cuento de Borges en el que los cautivos corrían su última carrera con un tajo mortal en el cuello. Montevideo se cerraba como un aguacero interminable, pronto tendría que partir y regresar a Buenos Aires y perder para siempre la sombra de Benedetti.

Deambulé por el amanecer, mis pies doloridos se deslizaban tristemente sobre la nada igual que un moribundo que pisoteara las últimas flores de la tierra. La ciudad  despertaba, un lento bostezo de sangre subía desde Las Ramblas, inundaba los colores del día, me ahogaba en una marea iridiscente y terrible a un tiempo. De pronto me di cuenta que estaba solo,  que no conocía a nadie ni nadie me conocía, que estaba en la ciudad sin futuro, acorralado por el mar y por un vasto continente, preso de las voces de un poeta moribundo que estaba en una lejanía inalcanzable a pesar de su inminente cercanía sideral.  Caminé desolado, deshabitado de mi mismo, envuelto en una tristeza profunda y sin sentido.  Me detuve en la peatonal Sarandí,  el día se enarbolaba en el cielo sudamericano como si fuera el instante antes del fin del mundo.

Un vendedor de libros viejos se instalaba anacrónicamente en la calle, parecía inmortal. Era un oráculo imposible que se hacia poco reconocible a las miradas impacientes, estaba ahí,  reventando el silencio de la mañana. Me acerqué derrotado, tome un libro cualquiera, lo acaricié como a una pequeña niña indefensa que buscara en mi mirada a un padre ausente.

Vos sos escritor, me dijo una voz muy parecida a un arroyo nuevo. Me sorprendí que la voz provenía de un hombre bastante mayor que estaba  a un lado mío y que yo en principio no había notado. Recuerdo que su rostro era un camino de veredas abiertas que se congregaban en torno a unos ojos tan vivos que parecían eternos. Si, escribo cuando se puede, contesté sorprendido. Lo supe por la forma en que tomás el libro; esas cosas se notan, me dijo.

¿Qué hacés en Montevideo?, me preguntó con curiosidad sincera.  Sos extranjero, ¿no?,  ¿Colombiano?  Un poco mas arriba: México, le respondí amablemente. México, México, un país que duele. ¿Vos sabés que ahí tienen un genio? Rufino Tamayo, no ese Diego, ni esa Frida, Tamayo es el genio. En ese momento supe que seríamos amigos.

Dante Ferrer Saravia, no olvidaré ese nombre. Me tomó del brazo como un padre; caminamos un poco por la calle, me dijo que era pintor, que tenia casi noventa años, que la pintura era el lenguaje más largo hacia los caminos de la memoria.  Le dije que había ido a Montevideo en busca de Benedetti, algo en mí buscaba en el fin del mundo un poco de certidumbre poética, necesitaba saber si la poesía seguía viva. Le conté el infierno de la noche anterior, de la danza ebria sobre la agonía del poeta, le conté de mi camino por un Montevideo tenebroso en donde la ausencia de Mario ya se sentía en cada uno de los ladrillos muertos de la ciudad. Dante hizo una pausa, me miró a los ojos y dijo:  Mario no murió ni en la dictadura, ni los milicos de mierda pudieron matarlo, sigue vivo, está en la calle mientras la recorres, en los versos de un escritor novato que se pierde entre rimas imposibles, esta en los llantos de todos los exiliados del mundo, en la rebeldía natural que brota de nuestra tierra irrefrenablemente . No se si vivirá un año más, se que su cuerpo no cabe en la garganta de la muerte. Al buscarlo por la ciudad  lo que encontrase fue su poesía, esa poesía oscura y luminosa que  aprendió a escribir en la horas más negras de este país inverosímil ; en este fin del mundo, como tu lo llamas, los poetas son la presa y el cazador al mismo tiempo  y eso es lo que tú encontraste, no busques más.

Una serena llovizna purificó el casco viejo de la ciudad, la lluvia entró en mi corazón, en mis huesos;  la voz de Dante se fundía con el ritmo azul de la llovizna, un huracán de misterios se revolvía sobre nosotros dócilmente, llenando de calma  el rostro de las cosas cercanas.  Pasamos unas horas juntos, caminando por un Montevideo renovado, hablando de cosas simples,  y de cosas profundas que en las palabras del pintor se transformaban en imágenes místicas y mágicas.

Me despedí de Dante al atardecer, lo vi alejarse por una calle sin nombre, con su paso lento y firme como un viento apacible.

Su voz aún resuena en mi memoria, su voz trae a mis recuerdos el recorrido de mis pasos  en el límite incierto de un Apocalipsis individual y mi encuentro con la poesía en carne viva aquel  verano sudamericano en el que Mario Benedetti me presentó a Dante Ferrer Saravia.2B2.jpg

En busca de Mario Benedetti III. ( final)

El sabor del alcohol ardía en mi lengua, me envenenaba. Ese amanecer nocturno que se abría en el horizonte era una navaja afilada que rasgaba mi garganta como la de aquel prisionero en ese cuento de Borges en el que los cautivos corrían su última carrera con un tajo mortal en el cuello. Montevideo se cerraba como un aguacero interminable, pronto tendría que partir y regresar a Buenos Aires y perder para siempre la sombra de Benedetti.

Deambulé por el amanecer, mis pies doloridos se deslizaban tristemente sobre la nada igual que un moribundo que pisoteara las últimas flores de la tierra. La ciudad  despertaba, un lento bostezo de sangre subía desde Las Ramblas, inundaba los colores del día, me ahogaba en una marea iridiscente y terrible a un tiempo. De pronto me di cuenta que estaba solo,  que no conocía a nadie ni nadie me conocía, que estaba en la ciudad sin futuro, acorralado por el mar y por un vasto continente, preso de las voces de un poeta moribundo que estaba en una lejanía inalcanzable a pesar de su inminente cercanía sideral.  Caminé desolado, deshabitado de mi mismo, envuelto en una tristeza profunda y sin sentido.  Me detuve en la peatonal Sarandí,  el día se enarbolaba en el cielo sudamericano como si fuera el instante antes del fin del mundo.

Un vendedor de libros viejos se instalaba anacrónicamente en la calle, parecía inmortal. Era un oráculo imposible que se hacia poco reconocible a las miradas impacientes, estaba ahí,  reventando el silencio de la mañana. Me acerqué derrotado, tome un libro cualquiera, lo acaricié como a una pequeña niña indefensa que buscara en mi mirada a un padre ausente.

Vos sos escritor, me dijo una voz muy parecida a un arroyo nuevo. Me sorprendí que la voz provenía de un hombre bastante mayor que estaba  a un lado mío y que yo en principio no había notado. Recuerdo que su rostro era un camino de veredas abiertas que se congregaban en torno a unos ojos tan vivos que parecían eternos. Si, escribo cuando se puede, contesté sorprendido. Lo supe por la forma en que tomás el libro; esas cosas se notan, me dijo.

¿Qué hacés en Montevideo?, me preguntó con curiosidad sincera.  Sos extranjero, ¿no?,  ¿Colombiano?  Un poco mas arriba: México, le respondí amablemente. México, México, un país que duele. ¿Vos sabés que ahí tienen un genio? Rufino Tamayo, no ese Diego, ni esa Frida, Tamayo es el genio. En ese momento supe que seríamos amigos.

Dante Ferrer Saravia, no olvidaré ese nombre. Me tomó del brazo como un padre; caminamos un poco por la calle, me dijo que era pintor, que tenia casi noventa años, que la pintura era el lenguaje más largo hacia los caminos de la memoria.  Le dije que había ido a Montevideo en busca de Benedetti, algo en mí buscaba en el fin del mundo un poco de certidumbre poética, necesitaba saber si la poesía seguía viva. Le conté el infierno de la noche anterior, de la danza ebria sobre la agonía del poeta, le conté de mi camino por un Montevideo tenebroso en donde la ausencia de Mario ya se sentía en cada uno de los ladrillos muertos de la ciudad. Dante hizo una pausa, me miró a los ojos y dijo:  Mario no murió ni en la dictadura, ni los milicos de mierda pudieron matarlo, sigue vivo, está en la calle mientras la recorres, en los versos de un escritor novato que se pierde entre rimas imposibles, esta en los llantos de todos los exiliados del mundo, en la rebeldía natural que brota de nuestra tierra irrefrenablemente . No se si vivirá un año más, se que su cuerpo no cabe en la garganta de la muerte. Al buscarlo por la ciudad  lo que encontrase fue su poesía, esa poesía oscura y luminosa que  aprendió a escribir en la horas más negras de este país inverosímil ; en este fin del mundo, como tu lo llamas, los poetas son la presa y el cazador al mismo tiempo  y eso es lo que tú encontraste, no busques más.

Una serena llovizna purificó el casco viejo de la ciudad, la lluvia entró en mi corazón, en mis huesos;  la voz de Dante se fundía con el ritmo azul de la llovizna, un huracán de misterios se revolvía sobre nosotros dócilmente, llenando de calma  el rostro de las cosas cercanas.  Pasamos unas horas juntos, caminando por un Montevideo renovado, hablando de cosas simples,  y de cosas profundas que en las palabras del pintor se transformaban en imágenes místicas y mágicas.

Me despedí de Dante al atardecer, lo vi alejarse por una calle sin nombre, con su paso lento y firme como un viento apacible.

Su voz aún resuena en mi memoria, su voz trae a mis recuerdos el recorrido de mis pasos  en el límite incierto de un Apocalipsis individual y mi encuentro con la poesía en carne viva aquel  verano sudamericano en el que Mario Benedetti me presentó a Dante Ferrer Saravia.

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En busca de Mario Benedetti II.

La tarde caía sobre la ciudad como una cortina de lamentos que hacían eco en la profundidad del último cielo del año. La canción “Aprendizaje” de Sui Generis, subía desde un punto indeterminado de la calle: “viento del sur, quiero saber donde debo ir”. Frente a mí estaba el mítico “Café Brasilero”, que según el pescador y su alma, era el sito donde Mario Benedetti iba a beber con su sombra. Por un momento me quedé aspirando  los  suspiros del atardecer; entré al café buscando un fantasma, buscando a un poeta agonizante con la esperanza simple, pura y vana de darle un abrazo para que me dijera que la poesía aún vale la pena.

El “Café Brasilero”  se parece mucho a la cola de un piano,  el concierto imposible de la ciudad resuena dentro, un murmullo casi imperceptible sube desde las mesas, desde las huellas imborrables del piso, incendia los oídos con un fuego inmarcesible que sin embargo nunca acaba por disolvernos del todo.  Un par de chicas altas y esbeltas regían la barra como dos catedrales Neoclásicas que se elevaban bellamente sobre la nostalgia del paisaje.

Esperé en la barra imaginando mi encuentro con Mario; las chicas sonreían a los comensales, se sentaban junto a mi, discutían entre ellas, se reían del mundo, regeneraban la atmósfera del viejo café con sus sonrisas interminables y pasajeras. La noche avanzaba con lentitud etérea. Los parroquianos entraban al café sosegadamente, como si quisieran esconderse del mundo . Yo esperaba en la esperanza y en la espera, de un momento a otro la llegada de Mario reventaría en las olas del Río de la Plata.

Y, ¿Mario a qué hora toma el café? Le pregunte a una de las chicas, ¿Mario? ¿Qué Mario? Respondió ella. Mario Benedetti, me dijeron que acá venia a tomar el café. El que viene acá es Galeano, a Mario no lo vimos nunca.

La frase me dejó congelado, un abismo de incertidumbre se abrió bajo mis pies. El pescador me había engañado, el café era frecuentado por Eduardo Galeano, un respetable escritor uruguayo, que a mi no me había interesado nunca. Y así derrotado, con las bolas rotas, salí del café a relamer mi tristeza.

Me hundí en alcohol por las calles, la marea de la noche me ahogaba en su deriva interminable. Bebí con rabia, desordenadamente; bebí con extraños, entregué mi dinero a desconocidos con los que brindé  a la salud del poeta ausente, brindé por la muerte de la poesía, por el fuego que arde en la piel de los dioses muertos. Las calles se convirtieron en un gran río turbio de agua infame. Me recuerdo vagamente bebiendo en una banca del casco viejo, tomando alcohol barato con una grupo de chinos que reían estrepitosamente;  recuerdo que los reté a beber, eran como la gran estatua de una deidad oriental con mil ojos  y mil manos que se movían en el caos milenario, todos bebían y reían amontonados en la banca, era yo contra ellos, su fuerza contra la mía, su voluntad contra mi locura.  Esas risas intoxicaban la paz del fin del mundo, reían como enfermos que gozan su propia enfermedad, recuerdo que los insultaba, le rociaba cerveza en los pies, sus risas infames no paraban, me alejé de ellos mientras los injuriaba con todas mis fuerzas. Aquellos miles de ojos hambrientos aún pueblan mis pesadillas.

Recuerdo que entré a un bar, conversé largamente con una chica de ojos esquivos, me había visto horas antes hablando con el  artesano drogado; me dijo que Mario Benedetti moriría muy pronto, que mi búsqueda era inútil, que no debía perturbar la paz del moribundo, me dijo que la poesía sólo sirve a las almas sencillas, a los que no tienen ambiciones verdaderas;  me pidió que la acompañara a Punta del Este, ahí encontraríamos a sus amigos en una casa grande y fresca, y beberíamos hasta saciarnos. Me besó en la penumbra, yo la besé con rabia, nuestras manos se perdieron en las cuevas de nuestras noches. La gente nos retrataba mientras bailaban estúpidamente a nuestro derredor. Era el baile de la muerte de Mario, la danza de la muerte de la poesía; me sentí indigno, enfermo, miserable y pobre.  Bésame, perra, le decía, lo repetía como un mantra, como si el lenguaje en mí hubiera muerto y sólo me quedaran en la lengua esas dos palabras miserables: bésame, perra, bésame. La chica reía presa del alcohol, el bar era un ataúd abierto, la voz ebria de la gente se confundía con el aullido de los cerdos en la pocilga.

En algún punto de la ciudad, Mario Benedetti agonizaba en una cama que se hundía en las carnes de la muerte.

Desperté con la aurora, tirado en una banca cercana a la peatonal Sarandí. Ante mis ojos se abría mi último día en Montevideo. Las huellas de la noche me dolían en todo el cuerpo, una mujer entrada en años pasó a mi lado, llevaba dos cafés en la mano, uno fue para mi.

 

El oleaje del día me encontraría revestido  de nuevas   esperanzas.

 

Continuará…

 

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