SAMUEL RODRIGUEZ

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. " Borges.

El campo

Cerca de mi casa hay un campo de fútbol o el esqueleto de un campo de fútbol. Las líneas de meta son borrosas, las medias lunas son cuartos menguantes, y el centro es un sol  imaginario en un continuo ocaso de cal. Una zona de casas bajas rodea el campo, las calles no tienen un sentido preciso, el polvo se levanta cada cierto tiempo y nos llena de nubes el pensamiento.

Nunca entendí el afán de mi padre por venir a la ciudad, aquí todo era desolación y soledad. Un día salí de casa impulsado por el aburrimiento. Vagué por los callejones, un grupo de chicos me lanzó piedras y el más arrojado me retó a golpes. No respondí, seguí caminando ante las burlas de todos. Me sentí perdido, todo me resultaba ajeno. De pronto, en medio de ese laberinto, tuve una revelación: el campo de fútbol se abrió ante mí como un mar silencioso. El caos parecía respetar ese orden en donde se podía estar sin tener aquella terrible sensación de extravío. Con el tiempo el campo se convirtió en un refugio. Lo que más me llamaba la atención era como la realidad experimentaba una variación mágica, era un universo dentro de otro, una dimensión paralela donde la gente sufría una transformación milagrosa. Algunos que afuera eran maltratados, en el campo se convertían en seres legendarios, como el caso de Mario Donoso: “el Madono”. Su amor por el fútbol era tan famoso como su amor por los hombres. La primera vez que lo vi jugar quedé impresionado; era alto, fino, elegante, cuando pisaba la pelota el universo parecía detenerse. Bajaba balones imposibles, y lo más importante, entendía el juego, sabía que el fútbol era el arte del engaño, de la anticipación, de la sorpresa. Madono siempre estaba una jugada adelante, su existencia era cuestión de regates, para escapar de alguna piedra, para citarse con algún amante; Madono entendía el fútbol como una extensión de la vida.

Al principio, cuando empezó a jugar, era presa fácil de patadas criminales. Un día, su mente, plena de estrategias, encontró la solución al problema. Antes de un partido dispersó el rumor de que sólo se dejaba pegar por los chicos que le gustaban. Cinco minutos antes de que empezara el juego el rumor cobró una fuerza  vertiginosa. La víctima  fue un defensor del equipo rival a quien hasta hoy se le conoce como “el amante”. Madono avanzaba con balón controlado, había reventado a dos rivales a base de piernas, se encaminaba al área; de no sé donde salió un defensa que le tiró una barrida criminal. Madono quedó tendido, con una sonrisa de satisfacción surcándole el rostro.  Frente a la porra del equipo rival dijo en voz alta: “me gustan cuando saben pegar”, la porra calló, una voz gritó de entre la gente: “este es el próximo amante del Madono”,  las carcajadas destrozaron los ánimos del defensor, la gente empezó a llamarle “el amante del Madono”. La costumbre pulió el sobrenombre hasta quedar simplemente en “el amante”. Después de ese incidente, Madono jugó y vivió más libre que nunca.

Recuerdo el día en que me llegó el momento de crecer. Eran una tarde cálida, yo pateaba el balón contra una pared. A lo lejos vi a mi padre acercarse, traía una mochila en la mano. Al llegar me dijo:“lávate la cara, vamos a ir a un lugar; ya es tiempo que te hagas hombrecito” . Las piernas me fallaron  Lo primero que pensé fue en lo que le había pasado a mi amigo Manuel, su padre le había dicho más o menos lo mismo, y juntos habían visitado la calle 13, donde Manuel pasó de niño a hombre por 150 pesos. En el camino tropecé un par de veces, mi padre miró con dureza y me dijo: “si aquí te fallan las piernas, imagínate cuando estés allá”. Mi mundo entero se nubló. En realidad nos dirigíamos al campo, mi padre me había conseguido lugar en uno de los equipos. Dejé de temblar, entendí que en la maleta llevaba un uniforme de juego. El partido inició, me quedé en la banca, mi equipo dominaba. Se acercaba el momento de mi debut, mi padre observaba el partido atentamente. Faltando veinte minutos alguien me llamó:  “flaco, caliente; va a entrar”. Mis instrucciones fueron precisas: “si no la haces, te corremos del equipo”. Entré al campo con más pánico que energía, en la primer jugada me tiraron un túnel, la porra rival se partía de risa. En la siguiente jugada tomé el balón, eludí a un rival hacia el centro, un jugador me aplaudió, eso me dio la confianza que necesitaba. Empecé a participar más del juego; de pronto, un balón para mí, lo alcancé en la raya, con un amague me saqué a un rival, y avancé; vi como un defensa cruzaba la cancha para encararme, sentí en sus pisadas a un búfalo que venia a reventarme. No tuve miedo, lo encaré, finté a la derecha y salí a la izquierda. El defensor se tragó el engaño, o eso fue lo que pensé, me dejó pasar, sólo para tirarme el hachazo más salvaje que me dieron en mi vida. El impacto fue justo debajo de la rodilla, di varias vueltas. Cuando me levanté tenía la cara ensangrentada, y dolor en el  estomago. Fue entonces cuando mi mirada y la mirada de mi padre se encontraron como si nos uniera un extraño hilo de silencios entendidos. Supe entonces lo que quería decirme: hacerse hombre en estos lugares significa aprender a cuidarse solo,a atacar si era preciso y a levantarse después de cada golpe por más demoledor pudiera ser. Ese esa el mensaje, había llegado mi tiempo de crecer y él lo sabia.

Instantes después mi padre se fue caminando como quien medita, se perdió entre los callejones de la calle 13.  Sin duda, había cumplido con su labor.

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Futbol para amar.

Un poco de fútbol pa estar a tono con el ritmo del mundo.

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Entre Pablo Escobar y el aroma del café

 

Una reflexión sobre el probelma del mal y un homenaje a mi querda Colombia.

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El Quijote bajo fuego.

Una defensa apasionada del idioma español.

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Carta a Jaime Sabines.

A los poetas les gusta jugar a  la muerte.

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Bienvenida.

El periódico El Horizonte, me ha invitado a participar en su aventura editorial con una columna sabatina que he nombrado “El despertar de la mirada”. Te invito a que juntos exploremos en los avatares de nuestra sociedad y que realizamos la necesaria pregunta por el arte; es un espacio en el que podremos encontrarnos en el sueño de la palabra listo a bucear en la melancólica y en la alegría que se proyectan en la vida.
Bienvenidos todos. Carpe Diem.

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Elogio al barman

 

 

“Cantinero que todo lo sabes, he venido a pedirte un consejo…”

 “ El cantinero” .

José Alfredo Jiménez .

Agua, aire, tierra y fuego, los cuatro elementos se sienten en la garganta. En el bar el mundo gira, los pensamientos se agolpan, las emociones se encienden. El que quiere gritar, grita, el enamorado se derrama en un beso, el moribundo mira directamente a los ojos de la muerte y sonríe, el poeta aúlla. En medio de este remolino, un hombre misterioso permanece en paz, su condición lo sitúa por encima del instante, quizá porque sabe ha descubierto la fórmula mágica que, al menos por unas horas, alivia todos los males.

El barman es un ser misterioso, su trato diario con la gente, esa  lejanía en la que habita todo el tiempo,  le ha dotado de una sensibilidad mística. Su oído es fino como el de un lobo, sus ojos, siempre despiertos, saben distinguir la temperatura de las miradas. Su estampa callada y enigmática revela que es un hombre de respuestas pero también de preguntas.

Si bien, es un personaje reciente en la historia, sus antepasados son ilustres: es descendiente directo de los antiguos sacerdotes ancestrales, de esos seres impenetrables que  eran  dueños de los secretos del mundo natural y del mundo espiritual. Estos oficiantes legendarios se  situaban en la frontera de dos realidades y abrían las compuertas de la percepción a través de bebidas espirituosas. Estas bebidas contienen en su espíritu la posibilidad de revelarle al hombre su verdadera voz y llevarlo al otro plano de la conciencia, a otra dimensión. Aún hoy estos brebajes fatales nos hacen hablar lenguas intraducibles y nos deparan momentos de larga reflexión, mientras hacen girar la tierra a velocidades insospechadas.

El barman es el heredero directo de esos secretos, de esas fuerzas; es un  sacerdote inconsciente de su investidura, un sacerdote al revés, cuyo signo no es lo santo, sino lo profano. Su espíritu inmemorial está entrenado para la mágica labor de repartir el elixir sagrado en dosis justas y medidas. No es casualidad que las bebidas queden siempre por encima de ellos mismos a manera de ídolos que habitan en un plano superior, como pequeños dioses líquidos a la espera de hablar a través del hombre que los beba.

En el ámbito del bar los brebajes son sagrados y sólo pueden ser tocados por las manos elegidas, profanar esta ley sería un verdadero sacrilegio. El barman es por lo tanto un privilegiado, es el único que tiene el poder de acercarse al gran altar en busca del liquido primordial y entregar al hombre común los  secretos del vino y  las verdades del sueño y del olvido. El barman un sacerdote audaz y verdadero que nos lleva hasta al otro lado de la vida, allá donde el mundo se transforma según nuestros ángeles y nuestros demonios.

En sus manos todo cobra sentido por unos breves instantes, la niebla se disipa de los ojos del que bebe, el tiempo  deja de pesar en la mirada, los fantasmas huyen, la música es un bálsamo, la risa aparece debajo de las mesas, el corazón es una sonaja de llena de monedas nuevas. Cuando la noche termina, el sacerdote declara silenciosamente que la vida puede seguir su marcha, entonces, la gente deja el bar con la sensación de haber sacado de su corazón una espina  ardiente que les impedía andar ligeramente por la vida.

El barman tiene además otra cualidad: es también un químico cimarrón, un científico salvaje que busca la fuente de la felicidad; es un hechicero, y sabe que la tierra destila líquidos primordiales que nos hacen descubrir nuestro propio rostro, es el alquimista que busca incansablemente la fórmula oculta que nos libre de la tristeza. En tanto médium, ha heredado los elementos mágicos, los símbolos y los misterios que  curan al hombre de todos sus males aunque sea  por unas horas. Su labor no es una panacea, es el sueño de una panacea.

Las bebidas que mezclan llevan en su esencia fuerzas poderosas: El vino, sol en gotas de sangre antigua; el vodka, rebelde fuego helado, triste sonrisa transparente; el whisky, arroyo de lágrimas que rompen el invierno; el mezcal y su dolores; el tequila, llanto que  hiere como una espina mortal;  el aguardiente, fugaz y agreste como una amante rebelde;  la cerveza, dama antigua que enamora  sin permiso; el ron, hijo del mar y de la selva; el pisco, agua  de luna nueva.

Todo esto se combina hasta llegar a la garganta del hombre y hablarle de su destino. La verdad es que ciertas dosis de alcohol nos ayudan a flotar sobre las horas negras de la vida.

El Barman es un alquimista de hoy, sus manos combinan líquidos primordiales en nombre de la felicidad  momentánea. Es un extranjero en su propia tierra que  aprendió a jugar con el agua  que  destilan el sol, la luna y el corazón de la uva. Su  labor es necesaria para la continuidad de la especie. Sus brebajes llenan de silencios al que grita,  dan fuerza al que llora, provocan que el débil se sienta invencible unos instantes y pueda enfrentar su  lucha eterna contra la muerte mientras dure la noche de copas.

La magia de nuestro personaje acaba cuando cae la noche. Su presencia se disipa, se pierde, se borra de la mente de los demás. Sus cualidades de sacerdote desaparecen, el filósofo que habla a través de él cae en el olvido, el alquimista pierde sus poderes cuando aparece la primer luz de la mañana.

La noche lo traerá de vuelta y ríos de alcohol lo investirán de poderes, de palabras y de  símbolos que vienen desde las voces más profundas del pasado.

Posdata:

En mi vida he conocido multitud de barman, sin embargo, ahora mismo vienen tres a mi memoria. Los recuerdo como se recuerda a una esfinge, como se recuerda a un ídolo de barro que se desvanece lentamente en la memoria.

En Lima Perú conocí a un barman cuyo nombre he olvidado. Era un hombre anciano, sus manos, sin embargo, se movían con la naturalidad de una gacela que danza en lo profundo de una pradera. Tenía algo de sacerdote, no es casual que rigiera con sonrisa serena la barra de un bar llamado “La Gloria”. Hablé con él durante algo más de una hora. El bar apenas abría, era una de esas tardes grises que le dan a Lima un sabor a dulce tristeza. Me habló como hablan los sacerdotes, seguro y lejano a un tiempo. Hablaba alto, retando al viento. Detrás de él, una legión de licores lo protegían, eran en realidad un ejército de fantasmas listos a atacar el instante.

Otro barman viene a mi memoria. Gobernaba con mirada de hierro la barra del bar de un hotel en la fría Chicago. Era un hombre laborioso y preciso, un moderno alquimista entregado a la perfección del trago en cuestión. Su mirada de hielo calculaba la dosis justa, sus manos trabajaban por la pulcritud y el placer; no denotaba el más mínimo interés por su alrededor. El trago requería toda su concentración y toda su entrega.  Trate de forzar unas palabras con él, se limitó a ponderar las bebidas del sur de Estados Unidos, y a remarcar la preeminencia de los cócteles sobre los destilados en el gusto de los caballeros de la zona.  Era, sin duda, un trabajador de lo misterioso, un filósofo hermético.

Un tercer barman cierra este círculo. Desde su bar andaluz, Fuensanta le anuncia al mundo que es dueña de las llaves de la luz y de la sombra. Algo de hechicera tiene la mujer, sus ojos negros desnudan el instante. Sus manos aprendieron el milagro de la delicadeza. Cuando sirve un trago lo hace desde la certidumbre de que la magia existe; cuando se bebe el vino de Fuensanta, una leve estela de luz enciende el atardecer. Es la mejor amiga del vino, el vino es su duende, su talismán, ambos se han enamorado y me han enamorado a mí. Tanto que, aunque no estoy en ese bar, siempre estoy ahí, perviviendo en lo auténtico, en la magia de lo verdadero.

(En la foto: Fuensanta y  yo)

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